Opinión

Concepciones erróneas sobre nuestra presencia en Afganistán

Álvaro Ballesteros | Jueves 02 de septiembre de 2010
“El problema de la torpeza de nuestros políticos en su visión del mundo es que siempre ha ido acompañada del empeño por mostrarse como grandes estadistas. Lanzan políticas novedosas sin ninguna base histórica o analítica, ignoran los consejos de sus propios diplomáticos, contradicen sus propias políticas y sólo les interesan las relaciones exteriores si sirven para meter el dedo en el ojo de la oposición. Luego van por el mundo diciendo que somos una de las 10 grandes potencias y se sorprenden (Zapatero) o irritan (Aznar) cuando en ningún sitio nos tratan como tal. ¿Se pierde el mensaje de España en la traducción o en su propia nulidad?”

“Zapatero: Lost in translation”
David Jiménez
Blog Crónicas desde Asia, 30.08.2010


Es difícil hacer un diagnóstico más acertado que el arriba presentado por David Jiménez a la hora de entender las razones lógicas que explican por qué nuestra política exterior es un desastre y por qué España tiene mucho que cambiar políticamente si quiere mejorar su incoherente y pobre actuación de puertas afuera.

El reciente episodio del ataque talibán en Qala-E-Now, asesinando a dos Guardias Civiles y a un traductor español, ha servido para que nuestros políticos profesionales hayan vuelto a lanzarse acusaciones “sin ninguna base histórica o analítica” buscando una vez más el mero rédito electoralista, sin preocuparse de la situación de los españoles que sirven fuera de nuestro país en las misiones internacionales, ni de si las operaciones internacionales en las que España participa están consiguiendo sus objetivos. Muchos han abordado a la ligera la realidad en Afganistán, de modo que los mensajes que llegan a la opinión pública española son partidistas, irreales e incompletos; algo que debe ser subsanado, si aspiramos a regenerar nuestra democracia y nuestra acción exterior.

Se ha escuchado que “fue Aznar el que envió las tropas a Afganistán”, algo dicho como un intento más de presentar al PP en la mente de la ciudadanía como el partido vinculado a la parte más dura del envío de tropas españolas al exterior. Si se desarrollan bien las tareas llamadas “humanitarias”, el PSOE saca pecho ante las cámaras. Si hay muertos en Afganistán, se le recuerda al público que fue Aznar el que envió las tropas allí. Esto es tanto decir la verdad como querer manipular a la audiencia. Sí, es cierto que fue Aznar el que envió las tropas españolas a Afganistán, igual que lo hubiese hecho Felipe González, Adolfo Suárez o Calvo Sotelo si hubiesen sido los gobernantes del momento. Los soldados españoles no fueron allí por un volunto político de derechas o izquierdas, sino porque España es (al menos lo fue durante un tiempo) un actor coherente y responsable en la ONU y en la OTAN. Y dado que el ataque del 11-S contra EE.UU. puso en marcha los mecanismos de solidaridad y defensa mutua entre los miembros de la Alianza Atlántica, Madrid no tuvo otra que enviar a sus tropas a Afganistán. Importa ahora bien poco pues quién las envió primero.

También se ha oído mucho en boca del gobierno lo de que “la misión en Afganistán es legal y legítima, por haber sido acordada en 2001 por mandato de Naciones Unidas”. Esto ha sido mencionado hasta la saciedad buscando desacreditar al gobierno Aznar por mandar tropas a Irak en 2003, una operación entendida en contraposición a la de Afganistán como ilegal e ilegítima. Es obvio que tanto los voceros del PSOE como la mayoría de la opinión pública española eligieron hace mucho olvidarse de que el episodio del bombardeo de Serbia y la guerra de Kosovo en 1999 (con activa participación española, apoyada plenamente por el PSOE y la opinión pública en aquel momento) se llevaron a cabo también sin mandato alguno de la ONU. Pero nadie entonces habló de que fuese una operación ilegal e ilegítima, ni se cuestionó el envío de nuestras tropas a Kosovo, lo que no deja de ser llamativo ante tanta vehemencia posterior a la hora de analizar la participación española en Irak y Afganistán.

Se ha repetido también en los análisis que hablan de retirada, que “dado el número de soldados muertos en Afganistán, esta misión es la más costosa de todas en las que ha participado España”. Recuerdo que en 2009, cuando los aliados exigían a Madrid que aumentase el número de soldados en el país asiático, el Ministro Moratinos se negaba recordándole a la OTAN que España había sufrido muchas bajas en Afganistán, coincidiendo con los analistas que se refieren a esta operación como “una guerra en la que hemos sufrido ya casi cien bajas”. Sin embargo, lo cierto es que de los caídos españoles contabilizados en la misión de nuestras Fuerzas Armadas en Afganistán (94 a día de hoy), la inmensa mayoría fallecieron muy lejos del teatro de operaciones afgano: 1 en Kenia, 1 en el Océano Indico, y 62 en Turquía, a bordo del infame Yak-42. La mayoría de las muertes están más vinculadas pues con un caso de nefasta gestión política a la hora de transportar a nuestros efectivos, que al empuje de los propios talibanes. De los 30 efectivos españoles fallecidos realmente en Afganistán, 17 cayeron en lo que el Gobierno Zapatero presentó como un “accidente aéreo” (el del helicóptero Cougar en Shindad), 1 falleció por infarto, dos por accidentes de tráfico, y 10 por ataques varios de los insurgentes vinculados con Al-Qaeda. Es decir que de las casi 100 bajas que se mencionan en los periódicos en España, oficialmente solo 10 fueron producidas por ataques de los talibán. Y aun incluso aceptando la explicación extraoficial de que el Cougar fue derribado por un ataque insurgente (algo mucho más creíble que la versión del accidente aéreo impuesta por el tándem Bono-Zapatero), de los casi 100 muertos atribuidos a la misión de nuestras Fuerzas Armadas en Afganistán, solo 27 fallecieron en dicho país por ataques de los guerrilleros yihadistas. Las cifras son impactantes, y deberían haber provocado un profundo análisis/debate en España sobre la gestión gubernamental de las misiones internacionales.

Otra recurrente afirmación de los que piden la retirada del contingente español de Afganistán, es la de que la situación en el país es un fracaso, que “Afganistán es una batalla perdida” y que ni hay democracia ni las mujeres viven mejor. Consiguen ignorar los que firman estos comentarios que, a pesar de las deficiencias y errores del Presidente Karzai y de las dificultades para consolidar la democracia en Afganistán, hay multitud de ejemplos que nos muestran que hay muchas cosas que han mejorado con respecto a la época de poder talibán. Niños y niñas en colegios, acceso de la población civil a servicios médicos hospitalarios, mujeres que desafían al empuje talibán participando en la vida política y abriendo sus propios negocios, campesinos que desarrollan cultivos alternativos al opio, etc. Todo eso está sucediendo, pero desgraciadamente parece que la única interesada en mostrar esta información al público es la propia OTAN (en la página web de la ISAF, que no visita nadie en España aunque se costea en parte con nuestros impuestos). Lo que atrae a nuestros medios de comunicación son los atentados, los bombardeos, los “daños colaterales”, y todo lo que sea macabro. De las pequeñas grandes victorias humanas de los afganos y afganas en su lucha por sacudirse el yugo talibán después de décadas de guerra apenas se habla. Pero sepan que todo eso sucede, día a día, y que es una razón muy poderosa para no rendir nuestro esfuerzo a los asesinos fanáticos del odio religioso y tribal. Afganistán es una democracia en cuidados intensivos, sin duda, pero eso no hace más que legitimar el discurso de los que rechazan la retirada prematura y la rendición ante los talibán.

Si algo queda claro es que debemos echar el resto y combatir activamente a los enemigos de la democracia, porque no hay nada más humanitario que eso: apoyando la estabilización del país para mantener unos niveles de seguridad mínimos que permitan la reconstrucción y la democratización de Afganistán. Y ello requiere que asumamos nuestras obligaciones internacionales, que combatamos activamente a los talibanes y que demandemos de nuestro gobierno que acabe de jugar a las peligrosas contradicciones permanentes.

Aunque la mayoría de los ciudadanos de a pie no lo sepan, el Ejecutivo Zapatero ha doblado el número de tropas españolas desplegadas en Afganistán desde que llegó al poder, pero ello no es bastante para conseguir el éxito en nuestra misión por la paz, la seguridad y la estabilización de Afganistán. Todo ello no es suficiente si no se abandona el discurso pusilánime del pacifismo simplón; no es suficiente si no se cambian los erróneos protocolos de actuación de nuestras tropas (esos que permiten que los talibanes lleven siempre las de ganar cuando se preparan para atacar a nuestros soldados, a los que se les impide cualquier acción ofensiva); no es suficiente si no se explica con claridad a nuestra opinión pública qué es lo que la Comunidad Internacional está haciendo en Afganistán; y no es suficiente si no hacemos entender a todos qué es lo que está en juego para toda nuestra civilización en tierras afganas. De eso se trata, damas y caballeros, y queda aun mucho por hacer.

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