Sábado 04 de septiembre de 2010
El contingente español destacado en Afganistán desempeña una labor tan importante como peligrosa -pese a que Carmen Chacón se empeñe en venderla como una suerte de campamento de boy scouts con barniz de ONG-. Buena prueba de ello fue la muerte hace una semana de dos agentes de la Benemérita y su traductor. De ahí que el ministro Rubalcaba enfatizase ayer, en la despedida del relevo que partía rumbo a Qala i Naw, en la trascendencia de la misión llevada a cabo por el Instituto armado. Palabras justas y atinadas que, sin embargo, contrastan con la actitud que de un tiempo a esta parte mantiene el ministro del Interior hacia la Guardia Civil. No sólo amenaza con expulsar del cuerpo a aquellos que se manifiestan públicamente, sino que expedienta a los que se atreven a denunciar las carencias de medios con que cuentan -deplorable estado de las casas cuartel, vehículos y dispositivos técnicos-. Por si fuera poco lo anterior, además presiona a los agentes para que multen más, acusándoles de hacer una huelga de “bolígrafos caídos”.
En primer lugar, poca autoridad moral tiene para sugerir que se cumpla la ley aquel que pertenece a un Gobierno que pretende conculcarla mercadeando con transferencias a cambio de votos para los Presupuestos o circunvalando resoluciones judiciales firmes de nuestro más Alto Tribunal -la sentencia del Estatut- para dar a los nacionalistas aquello que la justicia ha dictaminado que no les correspondía. Y, en segundo lugar, porque el fin último de una sanción administrativa debe ser el de sancionar conductas impropias con ánimo disuasor, y no meramente recaudatorio. La Guardia Civil está para velar por la seguridad vial, entre otras cosas, y no para aumentar los ingresos del Estado vía multas. Que deje tranquila el señor Rubalcaba a la Benemérita y se dedique a otros menesteres más provechosos: ideas, capacidad de trabajo y competencia no le faltan a uno de los pocos ministros serios del Gobierno Zapatero.
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