Tom Rachman: Los imperfeccionistas. Traducción de Juan Quesada Navidad. Ediciones Plata. Barcelona, 2010. 346 páginas. 17 €
Los imperfeccionistas es, sin ambages, una novela estupenda. Entretenida, ágil y profunda; divertida en ocasiones, sarcástica en otras, triste cuando se requiere, pero siempre inteligente. A través de las historias particulares de algunos de los trabajadores de un peculiar periódico de habla inglesa, con sede en Roma, Tom Rachman construye un certero retrato del mundo del periodismo escrito, de sus problemas y desafíos en pleno siglo XXI, en la era de Internet y de la imagen. El siglo en el que la información inmediata y sin pulir se valora por encima de la reflexión y análisis que –en ocasiones– distinguen a un periódico impreso de sus hermanos digitales.
Quien haya trabajado en un diario o tenga relación con el mundo del periodismo, se sonreirá en múltiples ocasiones al reconocer en la novela arquetipos de muchos de los personajes que pululan por las redacciones de todo el mundo, así como usos y manías propias del mundo del periodismo escrito. Al fin y al cabo
Tom Rachman –quien, a sus 36 años, lleva doce ejerciendo esta profesión– conoce bien tal mundillo: sus miserias y recovecos y las múltiples sombras que quedan detrás de implacable actualidad. De hecho, no estaría de más recomendar esta novela como lectura obligada de cualquier Facultad de periodismo, por su crudeza irónica a la hora de retratar una labor a la que muchas veces rodea un aura de misterio y heroísmo impropia en la mayor parte de las ocasiones.
Pero la cosa no queda ahí, en una novela por y para periodistas, sobre periodistas y, por tanto, de consumo limitado. Porque, por encima de todo,
Los imperfeccionistas es un libro que habla de personas: de sus miedos a la soledad, al olvido, a la muerte o a la pérdida de la juventud. Así, encontramos relatos como el de una autoritaria redactora-jefe que es incapaz de pedir ayuda mientras su vida sentimental se desmorona; la tragedia íntima que cambia el rumbo profesional del redactor de obituarios; o las peripecias de un imberbe corresponsal en El Cairo, del que se aprovecha un curtido reportero de guerra. También resulta conmovedora la historia de amor imperfecto de la acomplejada redactora de Economía, que se agarra, como a un clavo ardiendo, al novio menos convencional; casi tanto como la del jefe de redacción, que acepta cualquier humillación con tal de mantener a su lado a la mujer que ama. Pues, más allá de su posible imagen como jueces de la actualidad, los periodistas son de la misma condición que el resto de seres humanos, con los mismos miedos y deseos.
Por Regina Martínez Idarreta