Mariana Urquijo Reguera | Domingo 05 de septiembre de 2010
… imitaría un poco a los sindicalistas argentinos. Porque, hay que ver como en cada uno de estos países se dan dos modelos opuestos radicalmente.
Si en España tenemos pocos sindicatos, aglutinados fundamentalmente en dos que a veces no se diferencian entre ellos y ni siquiera se destacan de los propios políticos y patronales contra las que deberían enfrentarse…. En Argentina podemos encontrar, así, a grandes rasgos, 3.000 sindicatos. Quizá tampoco ellos se diferencien mucho de los políticos, pero esta multiplicación de las organizaciones da que pensar sobre como funciona una sociedad frente a otro modelo de concentración organizacional como es el español.
En un lado del charco si fuéramos trabajadores de la carne, podríamos elegir entre 72 sindicatos dedicados a este sector; si nos dedicamos a los garajes podemos elegir entre 23, en el sector químico entre 30 y si trabajamos en una farmacia entre 41, nada más y nada menos! Podríamos elegir la organización y prácticamente darles al dictado la lista de nuestras necesidades. De este modo, la lista de uno se suma a la de los compañeros y con esas exigencias, el sindicalista se echa a la calle y suspende su jornada de trabajo para reivindicar sus exigencias. De hecho, si queremos ser más fuertes, nos podemos contratar unos piqueteros que por un precio módico corten un par de calles principales de la ciudad o una entrada por autovía. Bastan un par de horas: se desbarata la ciudad, sale en todos los medios de comunicación y aunque en principio con una acción no se consigue nada, se pone en marcha el principio de acumulación: muchas acciones fastidian proporcionalmente, demuestran poder que luego se ejerce en los entornos políticos para conseguir leyes que favorezcan a los amigos del gremio que militan en el propio sindicato.
Así funciona la Argentina: entre paros, entre ejercicios de poder de subgrupos, entre una constante lucha por la visibilidad y por ejercer un poco de poder.
De este modo, los más amigos de los diferentes presidentes han logrado que un portero de edificio gane más que un médico, que un camionero bien sindicado gane más que un político (bueno, esto es una exageración,….permítanme tan solo esta licencia literaria…) y así suma y sigue.
¿Qué pasa en España entre tanto? Pasa que los monolíticos y decimonónicos sindicatos se pasan tres meses hablando de una huelga general que ni siquiera han convocado ellos, sino que viene convocada a nivel europeo por la Confederación Europea de Sindicatos coincidiendo con una reunión de ministros europeos. Y es que parece que la unión no ha hecho la fuerza. Europa se disipa entre tanta superpotencia tradicional o BRIC y al igual que en la gran política, se disipan los sindicatos españoles.
Como buenos europeos podríamos limitarnos a llorar cual plañideras que ven morir lentamente un modelo de vida, de pensamiento y de ilusiones, pero en vez de eso podríamos preguntarnos por qué un trabajador que se dedica a montar eventos (de esos que luego no pagan los partidos sino los amigos) y que es especialista en luz y sonido, se rige por el convenio colectivo de minas. Si, como si trabajara de minero. Y eso porque no hay ni siquiera un sector laboral que contemple la ejecución técnica de eventos. Igual que cuando vas al paro y no existe nada parecido a tu experiencia laboral en el listado para apuntarse a posibles ofertas de trabajo. Y si, eso pasa en un país en el que los sindicatos andan cual elefantes mareados.
Yo me apunto a una más de tipo argentina pero menos radical, más moderada, aunque sea para ver como reaccionarían los políticos si en vez de cerrar el metro de Madrid durante tres días, las ciudades se desabastecieran de agua, de cerveza, de pan, de tomates… porque las carreteras estuvieran cerradas y la huelga fuera algo cotidiano, no a nivel general sino por sectores, por gremios y por sindicatos. Con 3.000 sindicatos tocamos a más de 8 minihuelgas al día. Vean ustedes cómo quieren trabajar.
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