el presidente, en su peor momento político
Domingo 05 de septiembre de 2010
Los anuncios de tragua de una banda terrorista son beneficiosas para los gobernantes. Sin embargo, en esta ocasión, el "alto el fuego" oficial es menos sorprendente de lo que hubiera sido en ocasiones anteriores y, además, llega en un contexto de suma fragilidad del Gobierno y de su presidente.
Todo anuncio de pausa o aplazamiento de la actividad terrorista es una buena noticia y, como tal, beneficiosa para los gobernantes. Sin embargo, fuentes políticas de los principales partidos consultadas por El Imparcial entienden que en el actual momento español, el análisis es más complejo, pues ya había una cierta percepción de que Eta estaba en tregua tácita. Por ello, el anuncio oficial es menos sorprendente de lo que hubiera sido en ocasiones anteriores.
Eta, en esta ocasión, no añade calificativos a la tregua (temporal, parcial, definitiva, indefinida o cualquier otro). Lo que sí sugieren los terroristas es que es una tregua exclusivamente condicionada a la negociación. Es decir, si el Gobierno negocia, se mantendrá la pausa terrorista. Y si no lo hace, se reanudarán los crímenes.
Existe la percepción generalizada de que Eta llega a la tregua por su situación de debilidad (y eso sería un punto a favor del Gobierno). Pero, el anuncio llega también, o sobre todo, en un contexto de suma fragilidad del Gobierno y de su presidente.
Zapatero tiene una imagen labrada de gobernante débil. Eso, además de saberlo sus interlocutores, es un obstáculo importante para afrontar cualquier negociación, no sólo en su sentido estricto entre Gobierno y terroristas, sino ante la opinión pública. Porque ésta entendería cualquier alternativa negociadora por parte de Zapatero como cesión por cobardía o por interés, lo que no haría si el presidente del Gobierno fuera un modelo como Felipe González o José María Aznar (de quienes no se dudó de su firmeza). Luego, si Zapatero vuelve a intentar la negociación, a sabiendas de que potenciará su punto más flaco, el de la inconsistencia y fragilidad como gobernante, es porque aún puede soñar con un beneficio particular bajo el disfraz del interés general.
La clave para entender esto es triple: Zapatero intentó un proceso de paz, y fracasó. Después ensayó una política de firmeza y, aparentemente, acertó. ¿Por qué iba a intentar una maniobra arriesgada de nuevo con antecedentes de fracaso, y no continuar con la actual mano dura exitosa? La respuesta es obvia: sigue pensando que estaba acertado al negociar, y que gana más con esa línea, que con la de firmeza. Es decir, no confía en la victoria del Estado, sino en el perdón (ya que se supone que Zapatero habrá descubierto que Eta es difícil de engañar) de un adversario terrorista al que hay que apaciguar, ya que no se le puede derrotar. Y, sobre todo, porque la negociación le interesa, política y electoralmente, tanto o más que a la propia Eta.
Relacionado con lo anterior, es bastante evidente que Eta quiere aprovechar el tiempo de Zapatero en el Gobierno para negociar. Los terroristas, precisamente por serlo, no son criminales comunes, sino “políticos”, es decir, tienen un objetivo de poder, aunque su vía sea la violencia y no la democracia. El asesinato siempre ha sido para ellos un instrumento, y no un fin. Y, por eso, quieren aprovechar paradójicamente su debilidad para ponerse en la situación que deseaban también cuando estaban fuertes.
La clave no está, por tanto, en la debilidad de Eta como causa de la tregua, sino en la del Gobierno, que Eta puede aprovechar.
Justamente por ello, una tregua terrorista siempre es una trampa. Porque no se plantea obtener clemencia, sino para lograr ventaja. En el caso que nos ocupa, bastante evidente: reordenar sus gastados efectivos, volver a penetrar en las instituciones con la nueva piel de cordero, mejorar su información y su economía y, sobre todo, dar esperanza a sus bases, escondidas o encarceladas, y a sus potenciales reclutas más inquietos, con la posibilidad de victoria.
Las treguas siempre han sido un arma de los terroristas, que no se han recatado en ponerlo por escrito. La tregua no es un fin, como tampoco lo es la pistola. Ambas prácticas responden al mismo objetivo: la imposición de sus tesis proclamadas machaconamente: un País Vasco más o menos ampliado (desde luego, con Navarra como mínimo) independiente y socialista.
Nada de esto lo puede lograr por la vía de la revolución popular, luego sólo lo puede conseguir, en todo o en parte, por dación de un Gobierno. Pues, como toda organización independentista, Eta sabe que tiene dificultades para una victoria total contra un adversario estatal infinitamente más poderoso. Su estrategia, por tanto, es el debilitamiento del enemigo para provocar su desistimiento, su autoderrota. Se trataría, por ello, de erosionar paulatinamente al Gobierno y a la opinión pública española. Así actúan todas las guerrillas del mundo, desde España a Afganistán.
Eta cuenta con dos aliados para sus intereses. Algún apoyo internacional nacido de la ignorancia buenista encantada por protagonizar un “proceso de paz” (sin haber sufrido durante “el proceso de violencia” y sin haberse dejado víctimas por ello). Pero, mucho más, con un aliado interior: la imperiosa necesidad de los Gobiernos (singularmente del actual) de buscar éxitos mediáticos, especialmente en situaciones de crisis.
Esta alianza instrumental (porque obviamente no lo es moral, ya que ni este Gobierno ni ningún otro anterior tiene ni la más remota cercanía con los terroristas) es la que puede tentar a Zapatero, incluso a sabiendas de que debe enfrentarse a una opinión pública española desconfiada y herida por décadas de terrorismo.
No será extraño, en ese sentido, que vuelvan a la carga mensajes tales como que quien rechace la negociación es “porque quiere que sigan los asesinatos” o por “beneficio electoral para el PP”. Mensajes que partirían del Gobierno en sintonía total con los propiciados por Eta, que dice con otras palabras exactamente lo mismo.
En suma, lo que enseña la tregua de Eta es que las especulaciones sobre una nueva negociación con el Gobierno estaban bien encaminadas. Que el Gobierno tenía información sobre los movimientos etarras, y ahí se entiende el mensaje de sectores socialistas y nacionalistas sobre la necesidad de dar aire a los presuntamente reconvertidos a la “vía política”. Que la sombra de este proceso está íntimamente relacionada con el deseo indisimulado de Zapatero de pactar con el PNV, partido éste sustancial para la supervivencia de Zapatero, y al que no se puede contentar sólo con un par de transferencias.
El problema está en el futuro. Otra negociación puede alterar el mapa político vasco. Patxi López puede ser sacrificado. La sociedad española puede fracturarse otra vez por la negociación con el terrorismo. Las víctimas de Eta pueden sufrir una traición definitiva. Y de ello puede derivarse una crisis política letal, al superponerse con la institucional y la económica que España padece.
Zapatero puede tener la tentación de jugárselo todo a cara o cruz. Si le sale la apuesta, Eta dará la impresión de que puede desaparecer, al menos hasta las elecciones, con lo que Zapatero soñaría aún con la victoria. Si no le sale, pasará al desván de la historia después de dejar a España en jirones. Y, lo más dramático, es que todo dependerá de la exclusiva voluntad de una banda terrorista al borde de la extenuación que se ha encontrado milagrosamente con un interlocutor aún más moribundo que ella.
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