Lunes 06 de septiembre de 2010
La respuesta no ha tardado en llegar. Al día siguiente de que su brazo político solicitase formalmente un gesto, ETA hacía pública este fin de semana su intención de no atentar “temporalmente”. En un lugar diferente, con otras circunstancias y distintos protagonistas, semejante anuncio invitaría al optimismo. Pero no en España. La última tregua sirvió para que ETA se rearmase, recuperase su capacidad operativa y se apuntase un tanto propagandístico de primer nivel con el atentado de la T-4 en el aeropuerto de Barajas que costó la vida a dos personas. Prácticamente la víspera, José Luis Rodríguez Zapatero había lanzado las campanas al vuelo acerca de una quimérica ausencia de violencia, que la cruda realidad se encargo de romper en añicos.
Siempre ha sido así. Todas las treguas que ha propuesto ETA durante sus largos años de existencia han acabado de la misma manera: con más muertes. Y conviene estar en buena sintonía con la realidad: ETA a nadie engaña porque una tregua es eso, un lapso de tiempo pacífico entre dos fases violentas. Un tiempo que ETA siempre ha utilizado para rearmarse y dar un respiro a su rama política para presentarse a elecciones y cobrar subvenciones. Los engañados han sido los demócratas en sus ilusiones de creer que los eusko-nazis son algo distinto de lo que son. La banda terrorista es incapaz de hacer otra cosa que no sea matar y causar daño. Lo ha demostrado sobradamente. Y si se le permite, lo volverá a hacer. De ahí que sea crucial no volver a tropezar con la misma piedra contra la que un cierto sector del socialismo vasco -cada vez menor, afortunadamente- y el nacionalismo vasco en su conjunto están deseando volver a darse de bruces. Todo lo que no sea comunicar la disolución de la banda y la entrega de las armas es papel mojado. Y además, una peligrosa trampa.
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