Si usted sabe de lo que le hablan si le mencionan el nombre de Nagorno-Karabaj, será del pequeño porcentaje de la población que sabe lo que ocurre en esta pequeña república no reconocida del Cáucaso más inhóspito. Enclavada en una de las regiones más olvidadas por la comunidad internacional, este enclave armenio en territorio azerí ha dejado 30.000 muertos en 15 años de conflictos sin que la comunidad internacional haya logrado pacificar la región. Recelos religiosos, odio generacional, orgullo patrio. Nagorno-Kabaraj es un cóctel explosivo en medio de la indiferencia generalizada.
Pasear por Stepanakert, capital de la no reconocida República de Nagorno-Karabaj, es lo más parecido a viajar en el tiempo. Enclavada entre Rusia, Irán y Turquía, con una extensión inferior a la de Baleares y una población como la de Tarragona, sus rectilíneas avenidas, sus adustos edificios de piedra y los inmortales Lada que aún circulan por sus calles recuerdan el
sobrio espíritu soviético. Sus habitantes, descendientes de los señores de las estepas de Asia Central, llevan décadas sin conocer la paz. La de Nagorno-Karabaj no es una guerra cualquiera, es un conflicto estancado en el tiempo y en el que las fronteras se desdibujan mientras las víctimas, que se cuentan por decenas de miles, caen fácilmente en el olvido.
Tras el terremoto sociopolítico que supuso la Revolución Rusa de 1917 y la llegada de los bolcheviques al poder,
Iosef Stalin, oriundo de la vecina Georgia, reorganizó la región que va desde el mar Caspio hasta el Negro a golpe de represión y miedo. De este modo, nació la Federación Transcaucásica, una entidad que los lugareños no reconocían y que abarcaba el territorio que hoy en día ocupan Armenia, Azerbaiyán y la propia Georgia.
Incómodos con las imposiciones provenientes de la lejana Moscú, los numerosos grupos que convivían a duras penas, enfrascados en reincidentes
disputas étnicas y religiosas, lograron que el territorio se reorganizara de nuevo y la región de Nagorno-Karabaj, de población armenia y confesión cristiana, pasó a formar parte de la recién creada República de Azerbaiyán, de mayoría azerí y, por tanto, musulmana.
Fuente: El ImparcialEl precario
status quo se mantuvo durante décadas amparado por el estricto control que ejercía el Moscú soviético sobre sus territorios satélites, incluidos los más remotos como los del Cáucaso. Durante las décadas que siguieron a la Revolución Rusa y hasta el desmembramiento de la URSS, en Nagorno-Karabaj se respiró una tensa calma regada con esporádicos enfrentamientos entre las dos comunidades predominantes. La convivencia no era nada fácil, más aún teniendo en cuenta el predominio de la población armenia (75 por ciento del censo) sobre las minoritarias azerí, rusa, persa y kurda.
El caos generalizado que siguió a la caída de la URSS, con regiones proclamando su independencia a lo largo y ancho del imperio caído, provocó que los armenios de Nagorno-Karabaj renovasen sus intenciones de escindirse de Azerbaiyán. El por entonces adormilado
movimiento nacionalista reverdeció de la noche a la mañana aupado por una población deseosa de verse libre tras décadas de represión. De este modo, en 1991, tras la declaración unilateral de independencia de los rebeldes armenios, Azerbaiyán decidió retirar su apoyo a la región e iniciar un conflicto armado contra la resistencia secesionista.
Durante tres años, los combates se fueron recrudeciendo. La entrada de Armenia en el conflicto en defensa de sus "hermanos" de Nagorno-Karabaj, condenada por la ONU hasta en
tres resoluciones, no hizo sino aumentar la violencia de los enfrentamientos. La población civil, tanto de uno como de otro bando, huía en masa de la región. Al ser ambos ejércitos herederos del de la URSS, los dos estaban equipados y uniformados de la misma manera, lo que ayudó a multiplicar la confusión entre los refugiados, que no sabían si los soldados que les daban el alto eran amigos o enemigos. Además, tanto armenios como azeríes se dedicaron a plantar minas por toda la región convirtiendo Nagorno-Karabaj en una de las regiones más minadas del planeta.
Con un saldo de
30.000 muertos, en lo que ha sido calificado por las autoridades azeríes como genocidio;
un millón de refugiados vagando por las repúblicas adyacentes y con los frentes paralizados en unos enfrentamientos baldíos, tanto Armenia como Azerbaiyán aceptaron firmar un alto el fuego el 12 de mayo de 1994 auspiciado por el Grupo de Minsk de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (Francia, Rusia y Estados Unidos).
Un conflicto sin finEl cese de las hostilidades dio paso a 16 años de inútiles negociaciones a dos bandas que hoy en día continúan: el gobierno armenio reclama el control sobre la región en disputa además de una zona desmilitarizada entorno a Nagorno-Karabaj bajo control internacional y Azerbaiyán, con el apoyo de la comunidad internacional y el amparo de la jurisprudencia de Naciones Unidas, solicita que el territorio sea reincorporado completamente a su soberanía y se convierta en una "autonomía autogestionada". Y, mientras tanto, la población local, armenia de origen en su mayoría, sigue aspirando a la independencia plena.
Mientras las negociaciones a dos bandas se suceden periódicamente patrocinadas principalmente por Moscú (la última tuvo lugar en París en 2006), la vida en Nagorno-Karabaj discurre a la expectativa de una pronta resolución ajena a todo lo que ocurre alrededor. En los últimos años, las autoridades locales, ávidas por legitimar su independencia, han ido creando instituciones, fomentando el nacimiento de diferentes partidos políticos y hasta se redactó una
constitución nacional en 2006 bajo la supervisión de una comisión multinacional.
A pesar de que el nivel de democratización es muy alto y de que las libertades individuales han encontrado en Nagorno-Karabaj un oasis en una región donde suelen brillar por su ausencia, la comunidad internacional se niega a reconocer la legitimidad del autogobierno. El Grupo de Minsk elaboró una hoja de ruta de 15 pasos para pacificar la región en torno a un estado compartido, pero ninguna de las partes involucradas da su brazo a torcer. Lejos de la normalización, las escaramuzas se suceden. Las columnas de soldados se han sustituido por pequeños
grupos de mercenarios que siembran el miedo en la región amedrentando a los civiles con todo tipo de crímenes.
Pero el conflicto de Nagorno-Karabaj cuenta con determinadas particularidades que lo convierten en una partida de ajedrez a seis bandas. Por un lado, están los tres actores directamente involucrados (Armenia, Azerbaiyán y la propia Nagorno-Karabaj). Por otro, las fuerzas de influencia en la región representadas por
Rusia,
Turquía y la
Unión Europea. Moscú ha firmado recientemente un acuerdo con Armenia para prolongar su presencia militar en el país hasta el 2044, lo que asegura el poder de disuasión de una potencia militar de primer orden en caso de que se retomen las armas. Ankara, tradicional aliado de Azerbaiyán y enemigo acérrimo de Armenia, financia al primero y promociona el conflicto entre la comunidad musulmana, especialmente en Irán. Y Bruselas no puede permitirse un conflicto en su esfera de influencia y menos con el mastodóntico gaseoducto Nabucco (que pretende reducir la dependencia gasista de la UE con respecto a Rusia y el norte de África) pasando por la cuna de conflicto (parte de Bakú, capital de Azerbaiyán).
Prueba de que el conflicto está lejos de desaparecer son las declaraciones recientes del presidente de Azerbaiyán, Ilham Alíev, en las que señalaba que la diplomacia no bastaba para solucionar el conflicto y defendía la fuerza como el recurso más efectivo. De todos es bien sabido que la diplomacia internacional va despacio, más aún si lo que está en juego es la pacificación de una región fantasma que en raras ocasiones goza del eco mediático que demanda. Decenas de miles de víctimas silenciosas aún aguardan que la paz llegue a Nagorno-Karabaj, bajo el status político que sea, pero que llegue.
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