Opinión

El brujo

Antonio D. Olano | Jueves 09 de septiembre de 2010
Soy de una tierra llena de tradiciones que se confunden con la superstición. Baste con escuchar esa frase de “eu non creo en meigas; pero habelas, hailas”.

Pocos se atreven a confesar, o a mentir para no dar su brazo a torcer , que han visto el desfile de luces que se abren paso entre las sombras, de la Santa Compaña en la que las almas en pena siguen a un ser vivo, cirio encendido en mano, al que capturaron e hicieron rehén porque no hizo a tiempo una cruz en el suelo.

Todo ello justifica el miedo, respeto reverencial, que los gallegos sienten ante las cosas de acá; pero que no envían desde el más allá. De ahí las fabulación es en torno a los sábados de meigas que, volando sobre sus escobas, acuden al aquelarre que las reúne a todas. Una o dos veces al año invitan a las “xanas”, las vecinas brujas astures. Si la Xunta anunciase estas calabriadas como lo hace con “a rapa das bestas” o las afamadas peregrinaciones a San Andrés de Teixido, el turismo telúrico estaría asegurado.

Los curanderos estaban, y continúan su marcha sino ascendente, por lo menos estabilizada, haciendo la competencia a los profesionales de la medicina. Tanto es así que se conoce el caso de médicos titulados que consiguieron una buena clientela haciéndose pasar por curanderos.

Cuando dije a mis amigos mesetarios que, harto de una cojera, consecuencia de una implacable ciática que me habita desde hace un año, cojeando sin la elegancia de Lord Byron me marchaba a Pontevedra, boa vila, para ponerme en las milagrosas manos de “O Bruxo”. Más de uno me aplaudió mientras confesaba que él también creía en curanderos.

José Luís Torrado, esos son su nombre y apellido, es conocido universalmente por todos los atletas que participan en Juegos Olímpicos, porque es capaz, con la sabia ayuda de las hierbas que busca por todo el mundo, de acortar lesiones graves .Capaz de decir “levántate y anda”. Así contribuyó en mantener de pie y con paso firme, durante veinte años, a su amigo don Manuel Fraga Iribarne al que dedicó su cuidado personal y, desinteresadamente, centenares de horas.

Hace algunos años se tributó a Torrado un homenaje universal al que asistieron señeras figuras de todos los deportes. Y se publicó un magnífico libro, a Pedro Escamilla debido, con las aventuras de hombre que hizo posibles recuperaciones milagrosas.

Su homenaje se inició con una misa en La Peregrina. La ofició uno de sus atletas, Luis Felipe Areta, representante español en los Juegos Olímpicos de Japón. E importaban las medallas aunque ya estaba totalmente convencido de que su medallero auténtico no pertenecía a este mundo.

Hoy tomaron el relevo laboral de Torrado en el mismo centro de recuperación por él creado, los hijos del doctor Torrado, mil veces condecorado

Medalla de Galicia, medalla al Trabajo…Cocinero sublime sin interrupción.

Pero lo que más le importa es esa medalla invisible, perceptible para todas las sensibilidades, que representa a la amistad

Y eso sí, que todos nosotros sigamos llamándole “O Bruxo”. Capaz de sanar, en tres días, a los deportistas condenados a sufrir una lesión durante meses y años.

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