Opinión

ANDRÉS FAGALDE LUCA DE TENA

Luis María ANSON | Sábado 11 de septiembre de 2010
Nieto del fundador de ABC, destacado empresario, administrador general del periódico durante varias décadas, Andrés Fagalde Luca de Tena falleció en Madrid el lunes pasado. Reproducimos a continuación el artículo que Luis María Anson le dedicó en el diario El Mundo.

Besó a su amigo en la frente y le apretó la mano muerta. Era Nochebuena. Andrés Fagalde dejó las celebraciones familiares y voló a Colombia para identificar en el tanatorio de Cali el cadáver de Vicente Zabala, devastado en un accidente aéreo. La grandeza de espíritu presidió los actos todos de la vida del personaje ayer desaparecido, al que Zabala de la Serna dedicó en este periódico un bello artículo necrológico.

Fue Andrés Fagalde el mejor de los nietos del fundador de ABC. Heredó de él la inteligencia clara, el discreto señorío, la generosidad sin límites. Sabía reconocer el mérito allí donde se producía. Era liberal profundo. En los debates que se planteaban en el periódico, brillaba siempre su juicio equilibrado, la moderada palabra, la sagacidad para interpretar los acontecimientos. Tendría defectos, todos los tenemos, yo apenas los advertía. Le horrorizaba molestar. Buscaba siempre los segundos planos. Era la discreción permanente. Esa fue su más alta virtud. Hombre cabal, de religiosidad profunda sin beaterías ni estridencias, Andrés Fagalde encontró en Totó a la mujer ideal que compartió con él los trabajos y los días hasta que en la madrugada de ayer vino la muerte a llamar a su puerta diciendo como en el verso de Jorge Manrique: “Buen caballero”.

A Andrés Fagalde le hirieron muchas veces desde los lugares que más podían dolerle. No se quejó nunca. No pronunció una palabra pública de crítica o rechazo. Las heridas le cicatrizaban enseguida. Aguantó tropelías y desmanes sin un aspaviento. Todos sabíamos que su hijo Ignacio era el hombre que necesitaba ABC. Reunía las cualidades del fundador del periódico. Nos asombraba su sagacidad periodística. Pero no pudo ser. Se le impidió demostrar en el periódico su valía. Andrés se sentía orgulloso de todos sus hijos, mención aparte Rocío que era y es la bondad, la inteligencia, la belleza. La vi hace unos días en los toros. Habíamos quedado Manolo Lozano, Fagalde y yo para ver al Juli en la corrida de San Sebastián de los Reyes. Andrés no pudo acudir a la cita. En los ojos de Rocío, tan tristes, se adivinaba lo que iba a ocurrir. Para su padre, tras una vida de gran intensidad, empalidecía ya el esplendor en la hierba, se apagaban las antiguas risas, apretaban los viejos dolores enterrados.

¡Qué lejos las tertulias en casa de Sebastián Miranda, agasajados todos por la cocina de la Sariega! Acudía yo a ellas en el chalecito de Moncloa con interés creciente. Allí estaban Juan Belmonte, Domingo Ortega, Pinohermoso, el Caña, Juan Cristóbal, Ignacio Aguirre, a veces Luis Calvo, a veces Foxá, siempre Fagalde, que derrochaba el sano humor que nunca le abandonó.

Se había situado Andrés por encima de los taimados y los perversos. Trapisonderías y cabronadas pasaban por él sin romperle ni mancharle. La muerte le ha descargado de algunos fardos abyectos, de tantos húmedos rencores, de las ácidas injusticias. Con él se ha ido el hombre que representaba la grandeza del ABC verdadero. Esa es la pura realidad. Cuando alguien ordenó que no se citaran en ABC los nombres de Blanca Berasátegui, José Antonio Sánchez, el mío propio, tampoco el diario La Razón, Andrés Fagalde, con el sentido de la dignidad que heredó de su abuelo, decidió asistir a todos los actos públicos del nuevo periódico. Fue el mejor amigo de sus amigos, el más leal y consecuente, el que nunca fallaba, el que nos espera con los brazos abiertos tras la oscura penumbra del más allá. Así es que hasta pronto, Andrés, amigo, hasta muy pronto, que tenemos todavía que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero.

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