Beatriz Reyes Nevares | Domingo 12 de septiembre de 2010
El tema de la censura ha despertado la clasificación en “C” de la película El infierno, de Luis Estrada, hijo de mi entrañable amigo José “El perro Estrada”, que ha sacado a colación la senadora perredista María Rojo, ajonjolí de varios moles, y quién por cierto, sigue bailando muy bien el danzón, como en la excelente película que protagonizó; fue una pésima jefe de la delegación en el emblemático Coyoacán, igual de inepta que los hijos del Ing. Heberto castillo, todos perredistas, solamente dejaron mal sabor de boca a los sufridos habitantes, con trapisondas, corrupción, obra pública, y arreglos que se alargaban una eternidad, franco narco menudeo, en el jardín principal, vendedores ambulantes y remedos de hippies, pseudo intelectuales que hacen “artesanía chafa”, collares y sortijas, mientras fuman descaradamente yerba, mota, o doña juanita.
Para los memoriosos, casi amorosos, como el poema de Jaime Sabines, están todavía frescos los datos de los años 50, 60, y setentas, en los qué había censura de Torquemadas y Savonarolas, simples funcionarios de segunda, quienes nada más acataban órdenes de la Secretaría de Gobernación y del Presidente en turno.
Es histórica la prohibición férrea sobre dos grandes filmes que estuvieron enlatados por muchos años: La Rosa Blanca y La Sombra del Caudillo. Era políticamente incorrecto para las autoridades que el gran público las viera. Críticos de cine, intelectuales, universitarios, los que sí sabían leer, pocos cómo ahora, protestaban, denostaban a los mediocres, Jorge Ferretis y Carmen Báez. El brazo fuerte de dos grandes.
El director Julio Bracho, el guionista, escritor de talento incomparable, bohemio y genial Juan de la Cabada, en ese caso los del Sindicato de trabajadores de la Industria Cinematográfica, fue el gran censor. Era uno de los más poderosos e intocables; otros colegas también líderes de cine, casualmente fueron diputados al Congreso de la Unión.
La Sombra del Caudillo de la autoría de otro hombre ilustre, Don Martín Luis Guzmán, editor junto con el español-mexicano Jiménez Siles de Ediapsa, fundadores de las librerías de Cristal, corrió la misma suerte con ese filme.
El tema Plutarco Elías Calles era tabú, otra víctima, Roberto Gavaldón con La Rosa Blanca, basada en un libro de Bruno Traven.
Casi en coincidencia, había otro tipo de censura, la católica, encabezada por sacerdotes jesuitas, que publicaban cada domingo un boletín que en todos los templos se distribuía; lo editaban al igual que otras publicaciones, ahora con la editorial BUENA PRENSA y sus librerías exitosas, por cierto, cada domingo sacan la hoja de la misa dominical.
Eran tan estrictos que a los niños, a los jóvenes y a los padres de familia, nos amenazaban, por supuesto, con el infierno, si veíamos a finales de los años 40, 50 y 60, alguna peli, que no fuera de cine dulzón norteamericano, estelarizadas por Shirley Temple.
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