Lunes 13 de septiembre de 2010
La propuesta de reforma constitucional del primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, ha salido adelante por un margen lo suficientemente holgado -58 por ciento de respaldo- como para ser tildada de éxito político. Con todo, el que un 42 por ciento de los turcos que acudió a las urnas se mostrase en contra obliga a Erdogan a hilar muy fino a partir de ahora. Conviene recordar, además, que el AKP, partido islamista al que pertenece Erdogan, había conferido una gran importancia a este plebiscito no sólo a nivel interno, sino también con vistas a mostrar a Europa que el electorado turco respalda iniciativas que les acerquen al Viejo Continente.
Sin ser un giro copernicano, la reforma en cuestión pretende modernizar las estructuras de un país tan peculiar como importante. A caballo entre dos continentes, Turquía es la única nación en el mundo con mayoría musulmana e inspiración laica a la vez, lo cual la convierte en un experimento tan original como atractivo. Desde que en 1923 Atatürk la concibiese como tal e interpretarse la laicidad como un símbolo de occidentalización, no han sido muchos los cambios sustanciales, quizá por temor a desvirtuar algo de lo que los turcos se sienten, con buenas razones, tan orgullosos. Pero algo en lo que todos los sectores coincidían era en la necesidad de modificar unas estructuras demasiado ancladas en el pasado.
Así las cosas, el Ejército verá algo menguado su papel como garante del proyecto de Atatürk, atenuando así una suerte de pretorianismo que no acababa de ser bien visto por toda la sociedad. También parecen acertadas las medidas tendentes a dinamizar la administración de justicia, así como la creación de un Defensor del Pueblo y el fortalecimiento de libertades públicas, tales como el derecho a la huelga o al discriminación positiva a favor de las mujeres. Esto último no deja de ser un escaparate hacia Europa que, aunque positivo, es todavía insuficiente. Erdogan debe saber que si quiere algún día formar parte de la Unión Europea tiene que dejarse de aventuras propagandísticas como la de la Flotilla Libertad. También tiene que dejar de flirtear con el islamismo, por más velos supuestamente moderados que ponga, y tomarse el asunto de los derechos humanos más en serio, en lugar de utilizarlo como elemento propagandístico.
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