Víctor Morales Lezcano | Lunes 13 de septiembre de 2010
Si los días de Agosto han sido unas fechas accidentadas en el Oriente musulmán, el Magreb no se ha quedado a la zaga.
Primero, y antes que otra consideración, debido al deselance (feliz) del cautiverio sufrido por dos cooperantes españoles en el Sahel -rehenes de Al Qaeda durante nueves meses-. Un rescate final, a sueldo, que no ha dejado de tener una repercusión, crítica, en medios institucionales franceses debido al trágico desenlace que tuvo el cautiverio de Michel Germaneau -una síntesis de “alma piadosa” y activo defensor del diálogo con las gentes del África sahelí. A la repercusión crítica francesa se suma la propuesta del gobierno de Argelia de no primar a los captores con recompensas monetarias.
Permanece envuelto en cierta nebulosa el grado de independencia de AQMI (Al Qaeda del Magreb Islámico, fundada en 2006), con respecto a la Central del núcleo jihadista más próximo a Ossama ben Laden.
El bandolerismo o piratería en el desierto procura a sus fautores substantivos rescates con los que proseguir sus hazañas, gracias no sólo a la complicidad del entorno geográfico, sino también de la débil policía de los países más expuestos a sus estragos: Mauritania, Malí, Níger, Chad y Sudán. De ahí el comunicado argelino al que se ha hecho mención antes.
El flamante responsable de comunicación de AQMI, Salah Kasmin, no ha tardado en advertir que la organización procederá a secuestrar a otros ciudadanos extranjeros si se cruzan en el camino (de sus militantes). Pende todavía, por tanto, la amenaza de experimentar los desmanes del cautiverio en el Sahel, a menos que haga uno las visitas de oficio bien pertrechado -esto ha sido así siempre-, y mejor custodiado.
De Egipto a Marruecos, no obstante las filtraciones integristas que vienen experimentando las sociedades norteafricanas en los últimos quince años, un reconocimiento somero de su territorio político autoriza a prever estabilidad en el seno de sus sociedades; aunque sean Egipto y Argelia las repúblicas más amenazadas desde dentro por los sectores sociales de militancia islamista marcada.
Si paramos mientes en el territorio habitual de los rifirrafes hispano-marroquíes, Agosto ha sido también pródigo en salpicaduras.
El escenario más llamativo se ha situado en torno a Melilla y sus asendereadas fronteras con el retropaís rifeño.
De partida, recordemos las notas de queja por parte de Rabat a causa del trato (supuestamente vejatorio) dispensado por la policía de fronteras a los traficantes al menudeo que por miles cruzan Farhana (frontera occidental) y Beni-Enzar (frontera oriental). En segundo lugar, apoyo de estas protestas gubernamentales por parte de un ¿fantasmático? Comité Nacional para la Liberación de Ceuta y Melilla, demasiado gesticulador en sus desplantes anti-españoles. Consiguiente revuelo en los “medios” de ambas orillas, desahogo de pequeños brotes nacionalistas en alguna que otra pluma ceutí y melillense (decantada a priori hacia el PP); y mientras tanto, indulgencia diplomática por parte de La Moncloa y Exteriores con el vecino del Sur.
Finalmente, una visita relámpago de Pérez Rubalcaba a su homólogo Abdelmonaim Cherkaoui (23 de Agosto) vino a desactivar el ingenio pirotécnico del verano que animó el panorama de los arrabales. Buenas palabras y mejores deseos para el rey de Marruecos desde varios altozanos españoles, que aquí no ha pasado nada.
Luego, para rematar las incidencias variopintas del ferragosto, también entró en ignición otro punto inflamable donde lo haya en las relaciones hispano-marroquíes (Canarias y la costa frontera en el continente africano). El motivo de los incidentes que se registraron en El Aaiún ha residido en la visita, a esta villa, de una delegación insular representante de la Asociación Amigos Canarios del Pueblo Saharaui. La repulsa local al “desembarco” de los insulares (repulsa policial o civil, según que los portavoces emisores fuesen canarios o rabatíes) no se hizo esperar. Todo quedo, finalmente, en agua de borrajas. Y el gobierno, en Madrid, -como es habitual- vino a sancionar el “roce” como si de una bagatela se hubiese tratado.
Más rifirrafes, pues, para engrosar la colección; por si todavía no bastaran. Esta columna de El Imparcial -de la que me responsabilizo- ha defendido al respecto la necesidad de centrar un enfoque de diálogo permanente entre interlocutores ribereños. Interlocutores de cosecha intelectual y mediática que ayuden a disolver, o paliar notoriamente, la frecuencia de tantos percances bilaterales, muy poco edificantes por lo general, y, en ocasiones, grotescos.
Ninguno de ellos parece grave, en principio, aunque no es sano acostumbrarse a tales reincidencias porque la opinión pública, en ambas orillas, es sensible al envenenamiento gradual que le procuran muchos pescadores en río revuelto. Una redefinición del marco de las relaciones hispano-marroquíes es objetivo que se está volviendo apremiante.
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