Antonio D. Olano | Martes 14 de septiembre de 2010
Hace unas horas dediqué mi ya alejada noctambulidad a permanecer, hasta las del alba, presenciando el grandioso espectáculo de la victoria, una más, del tenista Nadal en la pista principal de New York. Se anunciaba este torneo como la entrada definitiva del mallorquín en la mitología. Para mí ya estaba dentro de ella y coincido con la mayoría de los españoles en que, como leo en un certero artículo de Luis María Anson, que Nadal es el más grande deportista español de todos los tiempos.
Efectivamente, este joven de veinte y cuatro años ha dado un raquetazo contundente, una de sus rubricas a tres palabras: aquí estoy yo.
Pero lo que más llama y me llama la atención es la sencillez con que hace las cosas y la humildad con la que recibe los premios por él ganados. No solo está lejos de la petulancia habitual en casi todos los vencedores sino que abraza y hasta pide perdón a los que ha vencido.
También en actitudes es el número uno del deporte en general y del Tenis en particular. Solamente encuentro puntos de referencia en otros tenistas grandiosos como han sido Santana y pocos más. La petulancia parece gemela de los pequeños y grandes triunfos. Podría poner ejemplos muy actuales, pero prefiero no estropear el paso doble, es decir la marcha triunfal del español con más incidencia en universo mundo. Como es la esgrima son los suyos duelos entre caballeros. Pocas cosas tan integradas en las normas de caballería pueden igualar a los retos entre Nadal y Federer. Me recuerdan a esas batallas en las que uno de los contendientes invitaba al otro: “dispare usted primero” no he conocido a ningún grande, de materia alguna petulante. Entre los más importantes y sencillos debemos recordar siempre a Bahamontes, Coppi, Anquetil, Bobet, Indulain….sin petulancia engrandecían los partidos de futbol Guillermo e Izaguirre Cruif y, ahora la totalidad de los españoles que han conquistado la Copa del Mundo. Sin embargo, encabezo la relación de los más grandes con este Rafael Nadal al que debemos y agradecemos, tantas noches en vela esperando los despertares más ilusionantes de nuestra vida.
Se decía, y que doña Aído me perdone, que la vanidad era femenina. Y el orgullo masculino. Sin embargo, hay una igualdad entre los mediocres femeninos y masculinos que es la vanidad. Que se ejercita mayormente en esas repelentes tertulias entorno al famoseo. El orgullo, que no se pregona de la misma manera que todos intuyen el talento ajeno, es una cualidad que bien administrada favorece al que la posee y a los que aceptan.
Finalmente, se me ocurre para frasear:
“…y cierra España” afirmando: Rafael Nadal y sigue abriendo España. Sus horizontes solamente puede él ampliarlos y engrandecerlos con un golpe de raqueta que es ni más ni menos, un toque de gloria.
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