Opinión

Por favor, Monseñor Munilla

Norberto Alcover | Miércoles 15 de septiembre de 2010
Está claro que los obispos que acceden a tal responsabilidad eclesial, por lo menos en España, muestran y demuestran la marca personal del cardenal Antonio María Rouco. Nuestro Presidente de la Conferencia Episcopal Española, miembro de la Congregación para los Obispos, buen amigo del actual Pontífice y líder de por lo menos tres quintas partes del episcopado español, es el hombre más relevante de la Iglesia a la que tantos de nosotros pertenecemos en nuestra España, tan luminosa como compleja y subterránea. A él se debe, sin lugar a dudas, el nombramiento para la diócesis de San Sebastián de Monseñor Munilla como sucesor del siempre sutil, inteligente y respetuoso Monseñor Blázquez, quien al dejar la diócesis, ahora entregada a Munilla, ha saltado hasta la sede arzobispal de Valladolid. Una forma sutil de elevar para remover.

Monseñor Munilla es un hombre de talante conservador, puede que también un tanto verticalista en su concepción de la estructura eclesial y por supuesto episcopal. No comparto tal visión eclesial y episcopal pero la respeto puesto que cada obispo es dueño y señor de su diócesis. El problema de verdad surge cuando gobierna como si sus sacerdotes y fieles, y por supuesto religiosos y religiosas, fueran súbditos de una multinacional, susceptibles de ponerlos y de removerlos en función de apreciaciones absolutamente subjetivas y que, para colmo, dejan caer en conversaciones privadas y hasta en comentarios mediáticos. Por ahí, no, Monseñor Munilla: ni afirmaciones sobre una urgente limpia de la diócesis, ni referirse a aguas sucias cuando se trata de alguien con responsabilidades diocesanas. La educación es siempre necesaria. Y nada digamos de la caridad fraterna.

Uno, que ama profunda e irremediablemente a la Santa Iglesia, se entristece ante tales métodos. Y se pregunta si son los métodos del Señor Jesús, el Buen Pastor.

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