Viernes 17 de septiembre de 2010
Según el artículo 19 de la Constitución, los españoles tienen derecho a “circular por el territorio nacional”, llámese Barcelona, Sevilla o Melilla. Esta última ciudad ha sido la elegida por Mariano Rajoy para realizar una visita y, de paso, mostrar a los melillenses un apoyo del que no andan precisamente sobrados. Hasta el día de hoy, Marruecos sigue hostigando a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado -especialmente a su personal femenino- sin que el Gobierno español haya hecho nada al respecto. Rabat orquesta periódicamente campañas de acoso contra las ciudades autónomas españolas del norte de Africa, esgrimiendo al mismo tiempo una serie de presuntas razones históricas carentes de todo fundamento.
Marruecos existe como tal desde 1957. Hasta entonces no fue sino una amalgama de tribus unidas durante la época colonial en torno a la actual dinastía alauí. Francia, la propia España y hasta Portugal tuvieron un papel predominante en la zona; de hecho, si alguien podría argüir algún tipo de reivindicación basada en el pasado es justamente Portugal, antiguo titular de la soberanía melillense. Pero no Marruecos, del que jamás formaron parte. Simplemente, porque Marruecos –tómese la referencia histórica que se quiera- es muy posterior a Ceuta y Melilla. El único título que puede aducir Marruecos es de naturaleza geográfica, una característica que difícilmente justifica una reclamación de soberanía. Además, basta preguntar a ceutíes y melillenses bajo qué reino prefieren estar, o simplemente comprobar el número de españoles que ponen rumbo al país vecino en comparación con los marroquíes que hacen otro tanto.
A España le conviene llevarse bien con Marruecos. Es más, le interesa el éxito político y económico de su vecino. Hay mucho en juego como para obviarlo por mor de una serie de torpezas políticas. Las cuales, curiosamente, proceden casi siempre del mismo lado. Pero mantener unas relaciones diplomáticas lo más estrechas posibles, no está reñido con la defensa de los intereses españoles, aunque ello implique mostrar firmeza y determinación. Algo que jamás ha hecho el PSOE, cuya permisividad ante las continuas provocaciones y desaires de Rabat es contraproducente. Desde Ferraz no se han atrevido a cuestionar la libertad de movimientos de Rajoy -sólo faltaba-, aunque han tildado su viaje de “oportunista”. ¿Cuándo, entonces, habría sido más oportuno viajar allí? ¿Hay que esperar a que sigan agrediendo física y verbalmente a la Policía y la Guardia Civil, o quizá a que los títeres de Rabat vuelvan a cortar la frontera para desabastecer los mercados melillenses? El problema no es la presencia de Rajoy, sino la ausencia de algún miembro del Gobierno, que no ha estado a la altura en ningún momento.
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