Sábado 18 de septiembre de 2010
Tras la revelación de un tiempo a esta parte de numerosos casos de abusos cometidos por personas vinculadas a la Iglesia, las intervenciones públicas de Benedicto XVI suelen generar una gran expectación. Máxime si éstas se producen en el marco de una visita tan importante como la que está llevando a cabo el Papa a Inglaterra. Sobre el papel, el objeto de dicha visita es claramente ecuménico, por cuanto lo más relevante de la agenda papal ha sido su ronda de encuentros con los líderes de otras confesiones. Como sumo pontífice que es, Benedicto XVI se ha propuesto tender puentes en una época donde el diálogo entre religiones se antoja sumamente importante. Y parece que los resultados han sido alentadores. Pero obviamente, el Papa no puede dejar de lado algo que la Iglesia ha ocultado durante demasiado tiempo, y debe afrontar de cara la lacra de los abusos a menores, y actuar en consecuencia.
Semejante actuación obedece a criterios de sentido común y humanidad y, aunque tardía, es de justicia ponderarla. Coincide además en el tiempo con los cientos de casos descubiertos en Bélgica, que están ahora saliendo a la luz. Desgraciadamente, el caso belga no es único. México se conmocionó con las revelaciones de la vida privada de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo y cuyo comportamiento personal resultaba lamentable y bochornoso. Y en Estados Unidos, Italia y Alemania, los casos de pederastia que salieron a la luz dejaron en muy mal lugar a una jerarquía eclesiástica que, o bien miró hacia otro lado, o bien procuró echar tierra sobre el asunto sin que el escándalo trascendiese. Pero trascendió, haciendo un daño terrible a una institución cuya torpe reacción la ponía bajo sospecha de encubrir crímenes “atroces”, como ha acabado reconociendo Benedicto XVI.
Esa es precisamente la clave: asumir que se hicieron cosas mal, pero no ya únicamente por los actos de pederastia, execrables en sí mismos, sino por haberlos ocultado. Admitir la existencia de un problema y pedir perdón por sus consecuencias no va a reparar todo el mal causado pero, al menos, es un paso dado en la dirección correcta.