José María Herrera | Sábado 18 de septiembre de 2010
A estas alturas probablemente ustedes habrán oído hablar de Sally Davies. La señora Davies es responsable de un original experimento. En vez de comerse una hamburguesa con patatas de McDonald´s, ha tenido la curiosidad de ver cómo evolucionaba ante la acción del tiempo y los microorganismos. Cada día toma algunas fotografías y las exhibe en internet. Tras cinco meses, apenas se aprecian cambios. El caso de las patatas es realmente asombroso. Si en las hamburguesas percibimos cierto endurecimiento, fruto de la deshidratación, ellas perduran milagrosamente en el estado alcanzado el día en que las frieron.
Sally Davies ha tenido una buena idea con su experimento, aunque lo ha interpretado mal. Esto que les sucede a las hamburguesas McDonald no demuestra como ella cree que sean perniciosas para la salud. Llevamos siglos soñando con detener el movimiento de la materia hacia la disolución y ahora que descubrimos el medio de hacerlo nos escandalizamos con ello.
La importancia del fenómeno de la incorruptibilidad de las hamburguesas y las patatas McDonald (los alumnos logse pueden hacer aquí un subrayado) no es dietética, sino teológica. Resulta comprensible que la señora Davies, fotógrafa profesional, no se haya dado percatado, pero sorprende que no lo haya hecho ningún anticlerical dispuesto a atacar la idea de que Dios rompe a veces el orden natural impidiendo, por ejemplo, la descomposición de los cadáveres de los santos. El argumento se construye solo, máxime teniendo en cuenta que los productos de que estamos hablando son picadillos procedentes de diversos organismos, hecho que torna imposible la interpretación de la incorruptibilidad como efecto en la materia de la presencia previa de un alma pura e inquebrantable. Cualquier anticlerical, a poco que tenga un poco de sutileza escolástica y no se empeñe en quemar iglesias, podrá burlarse ahora de los meapilas que no hicieron caso a Lutero cuando recomendó depurar la fe de elementos idolátricos.
El culto a las reliquias es más antiguo que el cristianismo y descansa en la creencia de que la fuerza de los individuos excepcionales persiste en sus cadáveres o en las cosas que les pertenecieron. Entre el canibalismo de las tribus que devoraban a sus jefes para no perder su energía y la compra por un capital, no quiero imaginar con que intención, del inodoro de John Lennon, ha transcurrido toda la historia. No crean, sin embargo, que estas supercherías han empezado a combatirse ahora. La propia Iglesia trató a menudo de erradicarlas, sin éxito. Quizá hayan oído hablar de un obispo que mandó retirar en 1702 “el ombligo de Jesucristo” de Notre Dame. Por poco no lo matan dos curas que se disputaban entre sí el derecho a exhibir el prepucio de Cristo custodiado en sus respectivas parroquias. Claro que tampoco deben pensar que estas supersticiones han desaparecido definitivamente con la secularización; los ateos, cuando profesan credos justicieros, son también muy proclives a revolver tumbas y cadáveres.
Entre las reliquias destacan sin duda los cuerpos incorruptos, aquellos que, sin emplear medios artificiales, no se corrompen. La momia de Lenin es reliquia, no cuerpo incorrupto; las hamburguesas de MacDonald no son reliquias, pero podrían haber sido consideradas cuerpos incorruptos en aquellas épocas en las que se desconocía el papel de aditivos y conservantes. Hago esta precisión porque la ciencia puede explicar hoy naturalmente la incorruptibilidad de los santos, fenómeno que dejaba atónitos a nuestros antepasados.
Los cuerpos incorruptos, a diferencia de otras reliquias, poseen un valor real superior a su valor simbólico. Ellos mismos constituyen la prueba de aquello que atestiguan. Esto no quita que sean manifiestamente inadecuados. La exhibición de muertos o de fragmentos de muertos es, a mi juicio, una falta de respeto, un robo a la tierra y una prueba de mal gusto. Además, cuesta comprender cómo una fe que menosprecia el cuerpo perecedero venera el envoltorio material de un santo. Nuestra tradición ha vinculado demasiado fuertemente lo sagrado y lo tétrico. En esto se ve la influencia de tantos piadosos energúmenos. Lutero atinó sin duda al recomendar a los creyentes que rebajaran con agua el vino de los apóstoles. Experimentos como el de la señora Davies quizá ayuden a entenderlo.
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