Opinión

Diccionarios, enciclopedias y franquismo

José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 20 de septiembre de 2010
Los inicios de curso son siempre ocasión muy oportuna para visitar con asiduidad diccionarios y enciclopedias y establecer, claro es, un ranking particular en su uso; y también, desde luego, para comparar el valor entre los últimos, tal vez, de la galaxia Gütemberg y los de la era informática. De otro lado, sabido es que, en todo tiempo, se han tenido a diccionarios y enciclopedias, junto con las revistas intelectuales, como uno de los índices más infalibles y elocuentes de la densidad cultural de un periodo.

En los estertores del primer franquismo dos hombres de letras que padecieron cárcel en sus comienzos, Germán Bleiberg –con prisión dilatada en Alcalá de Henares- y Julián Marías –con aprisionamiento fugaz en Madrid-, dirigieron una pequeña -por su extensión- maravilla -por su calidad- de la erudición y el saber de la España del siglo : El Diccionario de Literatura española. Obra maestra por su alquitarada y ciclópea información, clasicismo de estilo y mesura y acuidad del juicio. Que en la España de la dictadura aún roborante del franquismo viese la luz un instrumento tan preciado y valioso como el mencionado obliga, bien se entiende, a revisar parte del mostrenco discurso historiográfico actual acerca de la etapa referida. Su aparición muestra cómo la vitalidad anímica e intelectual de la que el país diera tantas pruebas en su Edad de Plata y en los años anteriores a la guerra civil seguía casi intacta, y una ancha porción de sus élites intelectuales conservaban idéntico nivel que en la fase acabada de recordar. El cuadro de sus colaboradores lo ejemplificaba incuestionablemente. Seniores –v. gr., Salvador Fernández Ramírez, Alonso Zamora Vicente, José Manuel Blecua, Samuel Gili y Gaya, Rafael Lapesa, Jorge Campos…- y juniores –José Manuel Pita Andrade, Manuel Cardenal…- firmaban con rivalidad perfeccionista voces y artículos, haciendo el Diccionario a la vez de almáciga de nova et vetera y fecundo lugar de encuentro generacional. Al igual que en su primera travesía en el quindecenio anterior a la contienda fratricida, la Revista de Occidente amparaba una empresa a la par tan sugestiva y provechosa.

Un postrer dato confirma el valor y audiencia de la obra. Cuatro años más tarde de su salida al público -1949- se reeditaba por vez primera. Ello evidenciaba no sólo la solidez y relevancia del Diccionario, sino igualmente la existencia de una significativa demanda de obras de tal índole a cargo de una burguesía intelectual y profesional considerable y, sobre todo, muy cualificada culturalmente. La tercera edición del Diccionario de Literatura Española tardaría ya algo más de un decenio. Tal intervalo señalaba mudanzas significativas en el clima intelectual español, a las que en trascendente medida había contribuido, en su espacio, el propio éxito del Diccionario. La oferta cultural se diversificó y amplió con el arranque de la “década prodigiosa” y un desarrollismo visible también en una industria editorial de muy acentuada expansión. Pero el que antes de concluir el franquismo el Diccionario conociese su cuarta botadura al público expresaba que éste se guiaba, en muy anchos sectores, por los criterios y mantenía la misma axiología cultural que en los días de su estreno. Si en dictadura los principios de rigor y pulcritud que lo alentaron conservaron toda su vigencia, podría pensarse con mayor razón que se guardarán en democracia. ¿Fue así?

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