Opinión

Nadiuska, un juguete roto

Juan José Alonso Millán | Lunes 20 de septiembre de 2010
La Gran Vía de los años setenta del siglo pasado era una fiesta. No estaba tan de moda como ahora, pero era la calle del cine. Las películas lo llenaban todo con sus grandes cartelones, verdaderas obras del arte pop. La calle contaba con más de treinta salas y en la actualidad hay solo tres. La gente paseaba ojeando escaparates y las putas entraban a trabajar en los lujosos cafés o bares americanos. Las salidas de los cines eran un mar de gentes, una especie de Times Square pero con SEPU. Un día me sugirió Nadiuska, “Vamos a la Gran Vía” y comprobamos que, había más de cinco películas suyas en cartel. La calle estaba engalanada con la imagen de aquella judía bellísima, que llenaba de luz el paseo más castizo de Madrid.

Por esta época llega a Barcelona, procedente de no se sabe dónde, una alemana-austriaca-rusa-judía, que se hace llamar Nadiuska. Acompaña a un textil vendedor de ropa de marca, llamado Rafael Martínez. Ella pasea el muestrario por la Costa Braca, cuando Dalí pintaba por allí. Decir que la rusa era guapa con veinte años, resulta una simpleza: Tenía los ojos más grandes que había visto en mi vida y una sonrisa que hubiera hecho estremecer a Julia Roberts, si hubiera nacido. El más profesional de los representantes de actores de la época fue Damián Rabal, hermano de Paco. Entre sus artistas estaban: Paco Fernando Rey, Concha Velasco, José Sacristán, Perla Cristal, Asunción Belaguer y muchos más. Damián conoció a Nadiuska y la fichó para su equipo. Su destino: la gran pantalla. Se la presentó a un joven llamado Vicente Escribá y ella abandonó el textil para incorporarse al rodaje de la primera película del director valenciano. Damián se encargó de dotar a Nadiuska de un misterio oculto, este fue el arcano mejor guardado. El pasado de Nadiuska no existía y jamás perdió su acento teutón. Enseguida pasó a ser protagonista y estrella, ayudada por un cuerpo de escándalo, en aquel momento que se llevaba el destape. Además, la cámara la quería. Las luces la amaban y retrataba de cine.

Nadiuska del 74 al 77 se convirtió en la estrella de este país. Rodaba sin parar y sus películas no fallaban, eran lo que se llamaba taquilleras. Por eso ganaba la pasta a espuertas. Los periodistas la adoraban. Era el perejil de todas las salsas. Se ganaba a todo el mundo por su simpatía y sobre todo era, una de las personas más generosas que he conocido. El dinero solo servía para gastarlo. Coleccionaba los amantes que le daba la gana y gustaba de una moral demasiado para la época. Todo iba bien, pero a Nadiuska le faltaba algo para ser feliz del todo, quería ser española. Pues vaya una cosa, pensará usted pues para ella no era una tontería. La fórmula, era comprar un marido español, para así, obtener la nacionalidad, y se compró a un modesto chatarrero de San Martín de Valdeiglesias, por un millón de las antiguas pesetas. Naturalmente a la media hora se separaba de su marido. Este escándalo para el personal fue el comienzo de su declive. Nadiuska española, no se podía consentir, pues hasta ahí podíamos llegar. La española cuando besa… ganó multitud de premios, homenajes. Recuerdo uno en Florida Park en 1977, al que tuve el gusto de acompañar y acudió todo Madrid y cantó el maravilloso bolerista Pedro Vargas. Vivió un tiempo en la calle Serrano, al lado del restaurant MAYTE, siendo vecina y amiga de otra mujer de moda por entonces, Carmen Díaz de Ribera.

Al llegar las vacas flacas, buscó ganarse la vida con un restaurante asociándose con su pareja Jaime Noain en Torremolinos. Aquello funcionaba bien cuando estaba ella, como no podía ser siempre, el negocio se fue al garete. Intenté que hiciera teatro. Se la presenté a Colsada y le montó una revista, que no funcionó. Mi amistad con Nadiuska fue siempre fiel e inolvidable, le escribí más de cinco guiones que fueron éxitos. Trabajó en México y Argentina y siempre fiel a su norma de no ahorrar, siempre gastar, gastar. El trabajo disminuye, la moda cambiaba y Nadiuska se fue apagando y la Gran Vía se quedaba sin su estrella. Los amigos desaparecían.
Los fotógrafos no existían. Damián Tabal y un servidor no la abandonamos hasta un punto. Damián moría un día, después de comer en Valentín con Justo Alonso y un servidor. Nadiuska empezaba a estar sola. Se sentía perseguida y buscó consuelo en el alcohol y otras sustancias.

Sin amor propio los excesos pasaron factura. Perdió la cabeza y ella misma fue su peor enemigo. Era dificilísima de ayudar. No quería. Huía hacia ninguna parte. Conoció la indigencia más absoluta. No se dejó ayudar de la profesión, ni de los pocos amigos que contaba, entre los cuales me cuento. Nadiuska desapareció, no recuera quien es. En la actualidad vive en una residencia por Villalba, bien cuidada. Me figuro que es feliz al no enterarse de nada. Y todo empezó, porque un día tuvo la osadía de querer ser española.

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