David Ortega Gutiérrez | Martes 21 de septiembre de 2010
Parece poco discutible que España no está viviendo unos últimos buenos años. Más bien lo contrario. La desilusión, el desánimo y la resignación acompañada por la desorientación, se han apoderado de nuestras sociedad civil, lo cual puede ser lógico y comprensible dada nuestra situación económica, política y, lo más preocupante, institucional. Pero a pesar de todo, y contra lo que puede ser la actitud mayoritaria, desde luego pienso que es una postura poco útil e inteligente. Como liberal convencido que soy, creo que la realidad hay que conocerla y admitirla tal y como es. El empirismo -base del pensamiento liberal- parte de la realidad de los hechos. Sin embargo, la esencia, lo distintivo del ser humano, radica principalmente en su capacidad para reaccionar y actuar frente a esa realidad. Tenemos una libertad relativa que viene marcada por nuestra, en términos orteguianos, circunstancia. Pero la grandeza de la vida está en cómo actuamos frente a ella, esto es, nuestra libertad y nuestra creatividad.
El ser humano es bastante complejo y está recorrido por muchas dimensiones que marcan su ser: intelectual, volitiva, desiderativa, emotiva, etc. Evidentemente somos seres racionales, pero también somos algo más que racionalidad. Creo que nuestra España actual precisa mucho de un buen pensamiento, de conocimiento certero de nuestra realidad y análisis serio de nuestras posibilidades para mejorarla. Necesitamos evidentemente de un proyecto de España, de unos objetivos claros de a dónde queremos llegar y cómo. En este sentido Unión, Progreso y Democracia (UPyD) se va consolidando cada vez más como un proyecto político que lento, pero sin pausa, va calando en la ciudadanía. Pero, como decíamos, la vida no es sólo pensamiento y racionalidad (proyecto), hace falta algo más. El proyecto obviamente es necesario, pero no es suficiente. Junto a él es imprescindible la ilusión y el ánimo que siempre hay que poner en las cosas importantes de la vida. Somos seres racionales, pero también son decisivos el coraje y las ganas que uno pone en las cosas. Yo estoy convencido -el estudio y conocimiento de la historia lo demuestra con claridad-, que las cosas siempre pueden cambiar. La España que hoy tenemos, y que a muchos no nos gusta, puede ser diferente pasados unos años. Todo depende de nuestra actitud presente, personal y colectiva: individual y como sociedad.
Creo sinceramente que no hay mal que por bien no venga, y que si cogemos la senda adecuada, todos podemos salir fortalecidos y aprender de lo que no debemos de volver a hacer: La política mediocre y cortoplacista, la falta de respeto por las Instituciones del Estado, la no preparación de personas que están en puestos relevantes, la corrupción como hábito admitido, la ausencia de proyecto político de envergadura para materias tan claves para España como nuestra educación, justicia o desarrollo territorial, el ya insufrible discurso de la derecha frente a la izquierda -o viceversa- como supraexplicación de todo lo que nos sucede…
Termino, necesitamos preparación, reflexión y acción frente a la mediocridad, improvisación y pasividad reinantes. No se están afrontando los graves problemas de fondo que tenemos, y ante esta realidad poco discutible, estimo que somos los ciudadanos quienes tenemos la ineludible responsabilidad de dar un paso al frente, sin mirar si el de al lado lo hace o no. Es un tema de responsabilidad individual y de madurez, cada uno desde su esfera personal y profesional. Es un camino largo, no fácil, que requiere de mucha perseverancia, pero que creo que no tenemos más opción que comenzar a recorrerlo, y para ello hay que saber dos cosas: 1. Sólo lo pueden solucionar los ciudadanos españoles -no van a venir los alemanes o franceses a solucionarnos nuestros problemas-; y 2. El único camino eficaz -la queja constante no sirve para nada- es entrar en las Instituciones políticas sabiendo que, si queremos algo diferente, no se puede votar lo mismo de siempre.
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