David Felipe Arranz | Jueves 23 de septiembre de 2010
Estos días él está en boca de todos porque el cine se ha atrevido a empezar a “ordenar el océano” (si nos permite el préstamo don Dámaso Alonso). Lope Félix de Vega Carpio (1562-1635), una de las cimas de las letras españolas, es el personaje principal de la película Lope, del brasileño Andrucha Waddington, con guión de Jordi Gasull e Ignacio del Moral y que cuenta en el reparto con el actor argentino Alberto Ammann –de moda tras ganar el Goya al actor revelcaicón por su papel en Celda 211–, y las intérpretes femeninas Leonor Watling, Pilar López de Ayala y la gran Sonia Braga, que venía prodigándose últimamente en series de televisión brasileiras y que fue reconocida internacionalmente por El beso de la mujer araña y Un lugar llamado milagro.
Coincidí la semana pasada con Gasull en el programa “El color de la tarde” de Radio Inter, quien comentó estar muy satisfecho con su trabajo y despertó mi curiosidad por la película, pues añadió que su intención fue seguir la estela abierta por John Madden con los clásicos del Siglo de oro a partir de Shakespeare enamorado (Shakespeare in Love, 1998). Este extraordinario y popular largometraje que se alzó con siete Oscars, incluyendo mejor película, actriz secundaria, guión, vestuario y 13 nominaciones, plantea los años jóvenes del Bardo de Avon durante la gestación de Romeo y Julieta, en el Londres de 1593. El guión de Shakespeare enamorado lo firmó, junto a Marc Norman, el maestro Tom Stoppard, uno de los más reconocidos dramaturgos ingleses, autor de Rosencrantz y Guildestern han muerto, una delicia shakespeariana que el propio Stoppard adaptó al cine.
Los amores de Lope con Elena Osorio –Filis– e Isabel de Urbina –Belisa, su primera mujer–, en torno a los cuales gira la trama, no coincidieron en el tiempo –como proponen Gasull y Del Moral– y, sin embargo, la tentación de contraponerlos para enriquecer la trama ha sido una razón artística de peso. “Esto no es un documental, es ficción libremente inspirada en la vida de Lope de Vega”, ha afirmado el director en la rueda de prensa. Los puristas protestarán –los mismos que le reprocharon a Anthony Mann y a Philip Yordan su falta de ajuste con el Rodrigo Díaz de Vivar histórico–, sin olvidar que el resultado cinematográfico es la visión personal que del personaje histórico construyen cineasta y guionistas, que la literatura –ante todo– sugiere, antes que certifica; y que esa otra disciplina se llama historia, no cine ni literatura. El caso es que Waddington se ha interesado milagrosamente por nuestras letras de los Siglos de oro: es la suya una apuesta arriesgada y valiente ante el panorama cinematográfico que se nos presenta, refractario a los clásicos, y que ha conocido hitos recientes como El perro del hortelano (1996), escrita por Pilar Miró y Rafael Pérez Sierra –del mismo Lope que acaba de glosar el equipo de Waddington–, con excelentes resultados.
“Yo siempre de la envidia perseguido, / extranjero en mi patria y desterrado”, dice en La Jerusalén conquistada quien hubo de sufrir la envidia de ingenios más estériles que el suyo, como se sabe por el libelo la Spongia, verdadera esponja que quiso borrar la obra del Fénix de la faz de las letras. Atreverse con el genio de turbulenta vida que se embarcó en 1583 con el marqués de Santa Cruz a la conquista de las Azores contra Portugal, que escribió La hermosura de Angélica a bordo de uno de los buques de guerra de la Armada Invencible, que combinó los amores de incontables mujeres con su ordenación sacerdotal en 1614, que desde la cárcel siguió insistiendo en difamar en verso a la Osorio –que se casó con Francisco Perrenot– aumentando su pena de destierro de cuatro a ocho años y que creó el teatro nuevo entre damas bobas, villanos en su rincón y castigos sin venganzas, merece nuestra admiración. El Fénix fue un poeta visceral, dramaturgo y actor fascinante (encarnó al caballero Carnaval en Valencia) que, en definitiva, es más una literatura que un hombre –en palabras de Ezra Pound–. “Su propia conducta vital [fue], escandalosa, horrible, seductora, loca y abigarrada como la más divertida de sus comedias”, según el hispanista Kart Vossler. Proteico Lope. Brioso Lope. Impetuoso Lope. Grandísimo Lope. Sus últimos disgustos tras una vida apurada hasta el límite fueron la locura de Marta de Nevares –su último amor–, la muerte de su hijo Lope Félix en el lejano Caribe y el rapto de su hija Antonia Clara por Cristóbal Tenorio (de revelador apellido). Atestigua su amigo Montalbán que un día antes de su muerte, el 27 de agosto de 1635, le dijo “que la verdadera fama era ser bueno, y que él trocara cuantos aplausos había tenido por haber hecho un acto de virtud más en esta vida”.
Aún no sabemos si la película rivaliza verdaderamente con el modelo aducido por Gasull, el oscarizado de Madden: encerrar en celuloide la fuerza proteica del primer Lope, Monstruo de la Naturaleza que diría Cervantes, es como obligar al viento a que tome refugio en una pequeña caja de madera. Sin embargo, el resultado de ese esfuerzo, sea cual sea, resulta cuando menos sorprendente. Haber conseguido que las gentes de hoy introduzcan en su discurso cotidiano (aunque sólo sea por unos días) y junto a la reforma laboral del Gobierno y las luchas internas de los partidos políticos, las andanzas del autor de Fuenteovejuna y El caballero de Olmedo es, como mínimo, parangonable a ordenar el océano, el piélago crespo de quien había nacido –según sus propias palabras– para amar o aborrecer.
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