Jueves 30 de septiembre de 2010
La de ayer fue una de las huelgas más raras que se recuerdan. Para empezar, Gobierno y sindicatos parecían mantener en todo momento una suerte de entente cordiale para no incomodarse los unos a los otros que, en ocasiones, ha resultado casi ridícula por lo almibarada. Era vergonzante escuchar a Celestino Corbacho loando permanentemente la responsabilidad de los convocantes, a la vez que se negaba a dar datos reales de participación -salvo los de la Administración, por lo demás irrelevantes- por no colisionar con las abultadas cifras barajadas por UGT y CCOO. Además, daba la impresión de que ninguno tenía especiales ganas de convocarla, aunque a todos ellos les venía bien: al Gobierno, para vender que ha llevado a cabo una reforma laboral con huelga general incluida, y, a los sindicatos, para justificar su inacción durante todo este tiempo.
En lo que sí se pareció a anteriores convocatorias de huelga –anteriores a nuestro mundo del siglo XXI- fue en la profusión de incidentes. Lunas de comercios y vehículos destrozadas, cerraduras selladas con silicona y la impresentable actuación de matones parapetados tras el eufemismo de “piquetes informativos” agrediendo verbal y físicamente a quien tenía el atrevimiento de intentar ejercer su derecho al trabajo. A propósito de este tema, resulta llamativa la nula capacidad sindical a la hora de comunicarse con la ciudadanía. Porque si desde antes de verano llevaban machacando día y noche con la huelga, se entiende que el mensaje debería de estar ya suficientemente claro. En otras palabras, que no habría hecho falta “informar” a las puertas de los centros de trabajo.
¿Porqué lo llaman “información” cuando en realidad es “coacción”? Ayer hubo un buen número de personas que, queriendo trabajar, no pudieron hacerlo porque los piquetes se lo impidieron con métodos mafiosos. Especialmente grave fue el caso de la Comunidad de Madrid, donde la Delegada de Gobierno no consideró oportuno enviar policías nacionales a las cocheras de la EMT hasta bien entrada la mañana, y donde Telemadrid no pudo emitir porque a los sindicatos impidieron el ejercicio del derecho a la libertad de expresión. La mejor manera de medir el éxito real de una huelga pasaría por que quienes quisieran trabajar o quienes optasen por secundar el paro lo hiciesen libremente, sin coacción ni amenaza alguna. De ser así, posiblemente el índice de seguimiento habría sido mucho menor. Porque los incidentes de ayer, lejos de ser hechos aislados, fueron la tónica general de una jornada en la que ni Gobierno ni sindicatos salieron bien parados. Y el papelón que ambos hicieron deja en muy mal lugar la credibilidad de España a nivel internacional.
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