Viernes 01 de octubre de 2010
La lucha contra el doping es y debe seguir siendo una de las prioridades en todos los ámbitos del deporte. Máxime, en el de alta competición, donde sus protagonistas llegan a convertirse en iconos mediáticos y, por ende, en modelos para la juventud. Ha de quedar meridianamente claro que el que hace trampas acaba pagando por ello un precio muy elevado. Bien lo saben deportistas de medio mundo, como Marion Jones, Ben Johnson o Marco Pantani entre otros muchos, que pasaron de héroes a villanos al saberse que habían consumido sustancias prohibidas. Pero no parece el caso de Alberto Contador, el mejor ciclista del pelotón internacional y uno de los mejores de la historia, que ayer daba una rueda de prensa para defenderse de un presunto “positivo” en uno de los controles llevados a cabo durante el transcurso del último Tour de Francia.
A primera vista, las explicaciones de Contador parecen creíbles. El mismo, no obstante, entiende que haya quien no acabe de creerle. Es comprensible, dada la experiencia de casos anteriores en los que sus protagonistas negaban hasta la saciedad lo que finalmente acababan siendo evidencias irrefutables. Sin embargo, hoy en día los métodos para detectar sustancias prohibidas han evolucionado de manera sustancial. Por fortuna, cada vez es más difícil hacer trampa, lo cual es bueno para la salud del deporte. Pero una cosa es extremar la vigilancia y otra muy distinta los excesos de celo. Dichos excesos pueden manchar de forma indeleble la reputación de un deportista. Por ello, es imprescindible no acusar hasta tener pruebas consistentes. Y desde luego una cantidad de clembuterol en sangre de 0,000.000.000.015 mg. se antoja demasiado ridícula como para emprender caza de brujas alguna. Es imprescindible que prosiga la lucha contra el doping, pero no a costa de dañar irreparablemente la reputación de un deportista.
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