Opinión

España, ¿nación de naciones?

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 01 de octubre de 2010
“Conjunto de personas de un mismo origen étnico y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común.” La cuarta definición que del término nación da el Diccionario de la Lengua satisfacía a un intelectual tan buido y amante del matiz como el descollante contemporaneísta José María Jover. En terreno tan lábil y polémico, el carácter y de armoniosa conjugación que, para él, ofrecía dicha acepción, bastaba para tenerla como mejor opción entre las varias barajadas y defendidas a la hora de clarificar posturas frente al hoy muy controvertido vocablo.

Partiendo de tal definición es claro que se resuelven algunas de las dificultades que obstaculizan la aceptación del ser y la identidad sustancial de España como nación de naciones, pero no desembaraza por completo el camino para llegar a una asunción sin reservas peraltadas de la definición. El inolvidable autor de Historia de una polémica y semblanza de una generación –tal vez uno de los quince libros de historia más sobresalientes del novecientos hispano- estaba, como es sabido, antes y después, bien acompañado en su concepción de la patria española: Unamuno, Maravall, Carlos Seco Serrano, Tusell, A. Elorza…; mas en la extensa lista faltaban nombres tan excelsos y significativos como Menéndez Pidal, Madariaga, Sánchez Albornoz…, quienes hundían los inicios de España como realidad histórica en época anterior a la conquista romana de la Península; y, como realidad estatal, la visualizaban plenamente configurada con el gobierno y dominio de los unificadores visigodos. Una y otra realidad, la histórica y la estatal, trascendían y superaban, en opinión de los últimos, la nacionalidad proveniente del elemento lingüístico y etnológico, haciendo inútiles y artificiales –y en más de un extremo confusos, añadirían…- el concepto y expresión de España, nación de naciones.

En sus bibliotecas y seminarios, intelectuales y profesores podrían quizá acercar posiciones y afinar argumentos; pero como tertium gaudens, invitados de honor de los palacios de los príncipes o banderizos ardidos, será vano esperar de sus reflexiones luz esclarecedora en la disputa. Mientras más alejada esté de la política la discusión teórica del magmático tema, más posibilidades existirán de alcanzar una elaboración doctrinal rigurosa; sin la que todo intento de aplicar al cuerpo vivo de la sociedad española una nueva redistribución territorial del poder estará condenada al fracaso, si se desea, claro está, descartar de plano cualquier fórmula de ruptura de una convivencia plurisecular. Pues, pluriseculares sí han sido la vivencia y vigencia del concepto y realidad de España, pero plurinacionales, no. En la vida corporativa y gremial de la Baja Edad Media y Alta Edad Moderna, el uso de la palabra nación se empleaba sin referencia política alguna y sin que jamás comportara su empleo alusión a la soberanía temporal que correspondía a los jóvenes Estados-nación, llamados a ser los protagonistas indiscutibles de la gran historia europea de los últimos quinientos años, y a los viejos principados, en vías de lento pero irreversible desahucio por el correr de los tiempos.

Tales son el testimonio y la enseñanza de la Historia a la hora de entablar la discusión sobre la noción de España como nación de naciones, controversia que responde o enmascara a la de dar por concluso, no obstante su corta andadura y sus aún muchas virtualidades inéditas, el Estado de las Autonomías y despejar el terreno para unos nuevos y por completo desconocidos en nuestros pagos estructura y diseño federales del mapa y el armazón jurídico-administrativo de lo que durante miles y miles de años se llamó y entrañó como patria de los españoles.

En los días románticos se soñaron, en la reviviscencia y repristinización de los tiempos del medievo, muchas naciones. Ausente o desconocida la dimensión política y soberana de nación en la época revivida con inmenso aplauso por Walter Scout, Víctor Hugo o, más casera y entrañablemente, Gil y Carrasco, sus intérpretes y doctrinarios del momento la visionaron también, más o menos consciente o subrepticiamente, en clave política.

Sin embargo, sólo dos de las naciones soñadas cristalizaron en el Viejo Continente en sólidas realidades soberanas: el reino de Italia y el Imperio Alemán, sobrevivientes sin mayor dificultad a la desaparición de los Saboya y Hohenzollerns. Otras, a la manera de Polonia, con títulos para haber seguido el camino de Italia y Alemania, debieron esperar al final de la primera guerra mundial, e, incluso, una de ellas, Irlanda, a 1922, para alcanzar el por entonces preciado estatuto de nación soberana de los destinos de un pueblo.

De esta manera, la nación de Breogán o la permanecieron en el limbo de la ensoñación, pero con indirecta, a las veces, y siempre considerable incidencia en la conformación de la convivencia española modelada en Cádiz. Con toda su roborante personalidad, el País Vasco no fue en ningún momento de la España anterior a la implantación del régimen liberal una nación con atributos de poder. Más discutible es el caso de otra de las más importantes comunidades españolas en todo tiempo, Cataluña, que en los días bajomedievales se erigió en la pieza esencial de la Corona de Aragón, en la que se incluyera en 1137 con el casamiento entre el conde de Barcelona D. Ramón Berenguer IV y la reina-niña -(tenía, según bien se recodará, un año en el instante del desposorio)- D ª. Petronila, hija del rey-monje Ramiro II. Naturalmente, no es el caso aquí de discurrir sobre, en la etapa indicada, deslumbrante trayectoria del Principado como vanguardia y pulmón de los tres reinos que constituían la Corona de Aragón, cuya cabeza reivindicó inalterable y exitosamente la potestad de que las Cortes se celebraran en solar aragonés; circunstancia, obvio es, de la mayor trascendencia para el asunto debatido. Mas aun estimando a Cataluña como una nación en la acepción más divulgada hoy y estereotipada en el imaginario colectivo, no por ello ha de validarse la definición de España como una realidad plurinacional en la conjugación efectiva de diversas soberanías temporales. Tras el matrimonio de Isabel y Fernando en 1469 –“tanto monta, monta tanto…” , “flores de Aragón, dentro de Castilla son…•-, el nombre y el concepto de Reino de España subsumieron todas las identidades y soberanías preexistentes; sin que el casamiento del gran Fernando con Germana de Foix viniese a ser otra cosa que un avatar sobre el que, habida cuenta de la psicología y carácter del viudo de Isabel I, resulta arriesgado conjeturar e ir más allá del mero hecho del pronto fallecimiento de su único hijo.

El estado-nación surgido en la fecha acabada de citar, muy anterior al fin de la guerra “de las Dos Rosas” con la que Inglaterra iniciara su carrera bajo la misma enseña jurídica y territorial, y previa igualmente a la Francia de Luis XII, con cuyo gobierno el gran país de los galos, muy diverso y rico en todo –gentes, climas, paisaje físico, tradiciones…-, se colocara también en la misma coyuntura histórica, fue por entero unitario en el poder soberano de sus dirigentes. ¿Se permitirá al articulista que por vez primera en su, hèlas, muy dilatada trayectoria periodística cometa la descortesía –en aras de la brevedad exigida imperiosamente por el medio- de remitir al curioso lector a uno de sus libros recientes –Ensayos contemporáneos- para un tratamiento historiográfico algo más condigno de la materia del que en las presentes líneas resulta agible intentar?

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