Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 01 de octubre de 2010
Cuando cierta derecha se duele de que las mujeres de Cándido Méndez y de Ignacio Fernández Toxo no hagan con arcaicas agujas caseras de economía de guerra jerséis de punto para sus sendos maridos, como antaño, en los tiempos heroicos, los hacía la gran mujer de Marcelino Camacho a su santo marido, se está comportando como el fariseo que desea imponer a otros una moral y pureza que jamás se le ocurriría autoimponerse. Y un análisis psicológico básico de estas críticas la llevaría a una definición de bajeza moral infinita, tan infinita que daría miedo una escrupulosa exposición sobre ella. La verdad es que da un poco asquito que los únicos argumentos que tienen algunos derechistas antiliberales contra estos líderes sindicales no muy morigerados sea el torpe navajazo biográfico, la etopeya de informe detectivesco. Si estos son los únicos argumentos contra los sindicatos y la huelga que se le ocurre a la derecha verbalizar, entonces la derecha es más tonta que lo que se necesita en estos momentos cruciales de la Historia de España. Incluso esa derecha no liberal ha llegado a criticar acerbamente el gesto elegante de la Corona de no realizar actividades sociales ese día para no generar conflictos. Izquierda en manos de mediocres y derecha estólida. Tal para cual. Ambas partes sin atisbo de grandeza moral alguna. Por otro lado, no se entiende muy bien que la derecha satanice la huelga general cuando ésta se hace básicamente contra el desastre económico a que nos ha llevado este mal gobierno de Zapatero. Diríase que con su posición combativa y montaraz la derecha está salvando la cara al Presidente, causa primera y principal de la Huelga General del 29 de Septiembre.
La huelga ha sido mala porque revela un espíritu que se resiste a afrontar medidas duras y sacrificios absolutamente urgentes y necesarios que debemos hacer todos los españoles para salir de esta grave crisis. La huelga es mala porque revela que vivimos tiempos en que no podemos soportar nuestros males ni tampoco sus remedios. En la elegante prosa de Livio diríamos: “Haec tempora quibus nec vitia nostra nec remedia pati possumus”. La huelga ha sido mala porque se ha convocado sin que la gran mayoría de los trabajadores diera su aquiescencia, y eso ha hecho un daño hipostático a las organizaciones sindicales, que son absolutamente imprescindibles en una sociedad abierta, más aún cuando la cuestión social será siempre permanente ( la codicia del hombre forma parte de su naturaleza herida ), y la cuestión política es absolutamente transitoria, esencialmente caduca. La huelga ha sido mala porque en ella faltó por completo esa epicidad obrera que imprime un estilo sobrepersonal al acontecimiento, que excluye cualquier vanidosa subjetividad burguesa. La huelga ha sido mala porque la gran masa trabajadora no la ha seguido en absoluto, con lo que la sociedad española ha vuelto las espaldas a sus sindicatos de los siglos XIX y XX. Y los sindicatos son ahora precisamente, con la crisis que se nos prolonga, más necesarios que nunca. Claro, que también podría significar una oportunidad para el mundo sindical de despojarse de las prebendas y privilegios que un Estado intolerablemente intruso les había concedido, y así volar pobres pero libres, con una libertad que les vuelva a llenar de fuerza moral, como en los Años 60 y principios de los 70. Esta Huelga General ha estado envuelta en melancolía, en añorante sopor, con una sensación de vacío que nos debe remitir una vez más a la exigencia rigurosa de valores y de significados que tenían los viejos sindicatos de Marcelino Camacho ( San Marcelino ) y Nicolás Redondo, y que ahora andan en la trastienda, desconocidos por todos los españoles menores de 50 años. La ausencia de memoria y de conciencia de conflicto moral hace que los españoles de hoy, hebetados como Belén Esteban, parezcan una multitud más allá del bien y del mal, amorfa e incolora, sin pecado y sin felicidad, inocente y vacua.
La gente debería saber que el sindicalismo se hunde en la noche de los tiempos de la civilización europea, creada básicamente por griegos, romanos, judíos y germanos, y que es más viejo que el canoro parlamentarismo que inventó Chaucer con sus pájaros y que liberalismo inglés. En las puertas de Timisoara, en 1514, la nobleza derrotó a un líder de los gremios artesanales, de los “collegia opificum”, György Dózsa, que fue colocado desnudo en un trono de hierro candente, mientras le arrancaban la carne viva con unas tenazas. Aquella nobleza no pudo acabar con el sindicalismo, el corruptor Zapatero tampoco.
Por otro lado, desde 1906 ( Carta de Amiens ) la teoría de la huelga general ha impregnado el pensamiento del movimiento obrero, en el sentido de que en ese “Día de Gran Fiesta Nacional” se concentran con frenesí, como un menhir de dignidad en el tiempo de una Historia de pecado, todos los anhelos de justicia de los hombres libres. El 25 de febrero de 1941 los holandeses organizaron una huelga general contra la detención y la deportación a campos de concentración de 425 jóvenes judíos por las fuerzas alemanas de ocupación el 23 de febrero. En respuesta, los nazis impusieron un estado de sitio que siguió en vigor a lo largo de toda la guerra.
Desde entonces toda huelga general que fracasa tiene algo de cortejo triste, algo de esa impotencia moral con la que Sísifo, fatalmente, sube diariamente la roca del destino cruel del hombre.
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