Opinión

Revisionismo atlántico

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 04 de octubre de 2010
El pasado día 3 Alemania ha conmemorado el 20º aniversario de la reunificación, una apuesta personal del entonces canciller Kohl, que tuvo que superar muchas resistencias –las más notables las de la declinante Unión Soviética y las de la Francia de Mitterrrand- y para la que fue necesario que la Alemania Occidental volcase sobre sus hermanos del este miles de millones de marcos. Un complejo proceso que todavía no ha terminado, si tenemos en cuenta que los salarios del este se sitúan un 20 por ciento por debajo de los del oeste, el paro es allí del 12 por ciento –el doble del que existe en el oeste- y que la riqueza media de una familia en el este es el 20 por ciento más baja que el de una del oeste. Lo más notable, sin embargo, es que esta Alemania reunificada tiene cada vez menos que ver con la que hace veinte años recuperó su unidad, por segunda vez en poco más de cien años. La nueva generación de alemanes, tanto los del oeste, los “wessis”, como los del este, los “ossis”, son muy distintos a sus padres y a sus abuelos.

Los primeros se han sacudido el complejo de culpa, fruto del nazismo y de la derrota, que produjo el abandono de cualquier veleidad nacionalista, sustituida por el europeismo a ultranza. Si los alemanes de hace cuarenta años se sentían, ante todo, europeos y apostaban decididamente por el atlantismo, estos de ahora han recuperado el orgullo de su identidad nacional y, como fue secularmente tradicional en Alemania, miran hacia el este y ven a Rusia como un socio fiable. Los del este se quejan de las desigualdades que sufren y no valoran su pertenencia a la UE, en la que entraron de golpe y sin dificultades. Algunos no acaban de entender que, si están comparativamente mal, no es porque ya no hay allí comunismo, sino porque lo ha habido. Y ciertas costras tardan en limpiarse del todo.

Por razones totalmente distintas, Sarkozy –que al inicio de su mandato parecía querer arreglar la deteriorada relación de París con Washington- acaba de insistir en que Rusia ya no es un enemigo sino un socio y propone un nuevo marco económico y de seguridad entre Europa y Rusia. Una propuesta que, sin decirlo, es contraria a lo que significa el atlantismo. En el fondo de esta actitud están los sustanciosos negocios franco-rusos, el más notable de los cuales es la venta a Rusia de varios buques portaeronaves Mistral. Una venta que ha suscitado, como era de esperar, la contrariedad de los Estados Unidos, pero también las de Georgia y los estados bálticos que ven en la operación un reforzamiento de las pretensiones rusas de someter a estos países a su zona de influencia. La apuesta de Sarkozy no se limita a esta venta de material de defensa sino que incluye la celebración de un Año Francia-Rusia durante el cual se llevarán a cabo no menos de 400 eventos culturales y un intercambio de visitas de alto nivel. Como cuando la guerra de Irak, Alemania y Francia pretenden entenderse con Rusia lo que, inevitablemente supone un alejamiento de los Estados Unidos y un debilitamiento del vínculo transatlántico.

Claro está que, sobre todo desde la llegada de Obama a la Casa Blanca, se percibe también en Washington un desentendimiento respecto de una Europa que al Presidente americano parece interesarle cada vez menos. Los Estados Unidos miran cada vez más hacia su oeste, esto es hacia el Pacífico y Asia que, aunque no nos guste a los europeos, se perfila cada vez más como el centro de gravedad mundial en el nuevo siglo. Obama, además, no entiende la compleja estructura de la UE, no le entusiasma la “relación especial” con el Reino Unido y prefiere entenderse con China, que es su principal acreedor y con una India, cargada de posibilidades de futuro. En realidad, no se trata de una tendencia nueva en los Estados Unidos, donde hace ya años se decía aquello de ”el sol sale por el oeste”. Los futuros conflictos y la lucha por la hegemonía mundial se van a librar en Asia, y Afganistán es sólo el principio. Para los americanos, Europa está siendo ya poco más que un parque temático donde se viene de vacaciones. Y no se aprecia demasiado a unos países que no saben defenderse, como mostraron durante el siglo XX, y que, con el pretexto de que hay que mantener el llamado “Estado de bienestar”, prefieren trabajar cada vez menos y ganar cada vez más, como se ha visto en las recientes movilizaciones sindicales, en diversos países europeos, incluida España. La foto de la camiseta con ese lema, “trabajar menos, ganar más”, se ha reproducido en toda la prensa americana como muestra de una actitud que allí no se puede entender, en unos países sumidos en la crisis más grave del último medio siglo.

El desacuerdo transatlántico ha llegado al delicado terreno de la seguridad colectiva y afecta de lleno a la OTAN, que trata de aprobar en la cumbre de noviembre en Lisboa su nuevo concepto estratégico. Los liberales alemanes –socios de Merkel en el Gobierno- pretenden que en ese nuevo concepto estratégico figure una apuesta por el desarme nuclear total, en línea con la propuesta que hizo Obama al iniciar su mandato. La cuestión está dividiendo profundamente a loa aliados, pues mientras se pronuncian por ese desarme nuclear Alemania, Noruega y los tres países del Benelux, toman posición en contra los aliados del este, encabezados por Polonia, que no acaban de fiarse del gran vecino ruso y Francia, que no quiere prescindir de su “force de frappe” heredada de de Gaulle. A Lisboa habrá que llegar con estas discrepancias resueltas. Todo esto muestra que el vínculo transatlántico no pasa por un buen momento. Y me parece que no puede haber muchas dudas de que si ese vínculo se afloja o desaparece el mundo cambiaría, y no precisamente para mejor.

TEMAS RELACIONADOS: