Martes 05 de octubre de 2010
La noticia de la muerte de una persona por culpa de la mala información brindada por su GPS, más allá de su carácter anecdótico, debería servirnos para reflexionar acerca de la excesiva confianza que depositamos en la tecnología. No es nuestra intención adoptar una retrógrada y anacrónica postura respecto a los avances tecnológicos que tanto ayudan y tan bien han hecho y hacen a la humanidad. Las comodidades que nos permiten las nuevas tecnologías y su papel como herramientas que hacen posible una vida mejor están fuera de toda duda.
Sin embargo, también es cierto que el factor humano, con lo que conlleva de intuición y capacidad de actuar y rectificar en consecuencia a los cambiantes factores externos es una herramienta que cada vez dejamos más de lado. Mirar antes la pantalla del ordenador que la ventana para saber qué tiempo hace o perder más tiempo observando paisajes a través del visor de una cámara que directamente con nuestros ojos, son dos costumbres más que extendidas hoy en día. Nos olvidamos que también somos capaces de disfrutar, tomar decisiones y vivir sin necesidad de una tecnología que medie entre nosotros y la realidad que nos rodea. La mediación de la maquina parece tranquilizarnos, como si el enfrentamiento directo a la vida se nos hiciera temible.
Se nos olvida que las maquinas son falibles, instrumentos tontos que, a pesar de ser capaces de realizar en segundos operaciones imposibles o de poseer memorias y procesadores a años luz del cerebro humano, carecen de esa capacidad de reflexión imprescindible para vadearse en un mundo que no está hecho a la medida de un ordenador que no entiende de caos. La tecnología ha de ser un complemento a nuestra inteligencia, intuición y sentidos, pero nunca el sustituto de los mismos. No, al menos, en medio un cambiante e imprevisible cual es la realidad.
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