Juan José Solozábal | Jueves 07 de octubre de 2010
He recordado, al leer en los periódicos la información sobre la visita, tan oportuna y digna como siempre, de los Reyes de España a la bellísima ciudad de Cádiz, conmemorando el segundo centenario de la reunión, (primero en San Fernando y después allí) de las Cortes, la afirmación de Carlos Marx, tan poco marxista como falsa, “en la guerrilla actos sin ideas, en las Cortes, ideas sin actos”. Se trata, digo, de una grave simplificación, que privaba de significado a lo que aquellas Cortes iban a llevar a cabo cuando en la capital andaluza, además de otras actuaciones de gobierno, que procedían a desmantelar el Antiguo Régimen, dotaban a España de una verdadera Constitución: la Constitución de 1812.
Considero un error monumental insistir en la artificialidad de la Constitución, como si esta quedase desprendida de voluntad efectiva alguna y pudiese explicarse como actuación de una élite o minoría, un ramillete de abogados, intelectuales, comerciantes y clérigos, sin contacto con la España verdadera, refugiados en Cádiz, “por donde entraron en España, hombres, libros e ideas liberales”.
Hasta la Constitución de Cádiz, durante la Monarquía absoluta, sin duda, España ya existía como comunidad espiritual, como realidad territorial; pero sólo al asumir la soberanía se hace auténtica Nación. Es cierto entonces que es en Cádiz donde aparece la verdadera Nación, que en términos jurídico-políticos se define como sujeto constituyente. La Nación política que decide soberanamente sobre su organización, que se da una verdadera Constitución, se limita a confirmar lo que acaba de hacer al levantarse contra el invasor napoleónico. Como viera lúcidamente Diez del Corral, no había que inventar el principio de soberanía nacional, bastaba reconocerlo en el comportamiento colectivo en la crisis bélica. No importaba, frente a lo que parecía pensar Marx, que la mayor parte del pueblo español no luchara por los principios revolucionarios: de facto y formalmente, la Guerra de la Independencia suponía la asimilación de tales principios.
Es formidable pensar en esta primera lección de Cádiz: la soberanía como elemento indefectible del orden político. Es necio hablar de postsoberanía, pues sin soberanía no hay Constitución, y sin Constitución no hay vida política normal. El orden político sólo lo asegura la Constitución, trasunto, como viera Ortega, de la idea política de la comunidad. Y la Nación ¿qué es la Nación? La Nación es una unidad política, el conjunto de los españoles “de ambos hemisferios”, que se define por un vínculo de ciudadanía y no de naturaleza territorial, de casta o ideológico. Buena lección en unos tiempos envilecidos por la obsesión étnica, la de esta Constitución que equipara como españoles a los europeos y a los “americanos”, y que, lo digo de paso, frente a otras fórmulas, justifica que hablemos nosotros, a nuestra vez, de la América española.
Es una idea de Nación, la de la Constitución de 1812, bien potente, genuinamente ideológica o política, sin adherencia a particularismo alguno, cuya novedad revolucionaria arrasa con cualquier tipo de lealtad privativa anterior. Es cierto que no se presenta como rectificación de las antiguas leyes, lo que explica, que no se considerase en un principio incompatible, por ejemplo con los fueros vascos. Era, dice Vicens, tal Ley Fundamental más “española en el fondo de lo que aparece en la forma”, así mantenía la monarquía como forma de Estado, adoptando las “oportunas providencias y precauciones”.
La Constitución de 1812 es una Constitución parangonable a las existentes en su tiempo, a la que acaba con la Monarquía absoluta francesa (1791) o la que funda los Estados Unidos de América(1787). Como tales grandes Constituciones establece una planta de instituciones de acuerdo con el principio de separación de poderes y reconoce, de manera dispersa pero innegable, una declaración de derechos, “ los derechos legítimos de todos los individuos que componen la Nación”. Pero sobre todo la Constitución de Cádiz inaugura nuestro constitucionalismo liberal, mostrando en la adecuada perspectiva dos nociones fundamentales en el orden político de nuestros días, se trate del concepto de Nación o de la idea de soberanía.
No es otra cosa que la elucidación de este tipo de cuestiones, el objeto de la inteligente reflexión de Manuel Aragón en su ensayo sobre la Constitución de Cádiz, que encabeza la última entrega de los renovados Cuadernos de Alzate, cuya lectura cordialmente les encarezco
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