Opinión

Arenas movedizas en el oriente musulmán

Víctor Morales Lezcano | Viernes 08 de octubre de 2010
Que la administración Obama viene pisando “arenas movedizas” a lo largo y ancho del Oriente musulmán, es una evidencia que a nadie se le escapa. Por ejemplo: las conversaciones de paz israelí-palestinas que patrocina desde septiembre la secretaria de Estado, Hillary Rodham Clinton, están siendo sometidas tanto a las presiones del sector ultra en el gabinete Netanyahu como a las del movimiento radical Hamás en el precario gobierno de Gaza.

La misma incertidumbre planea sobre el Iraq post-bellum, donde parece como si Nuri K. Maliki estuviera a punto de coaligar las tendencias políticas, religiosas y tribales iraníes -incluida la que lidera Moktada el-Sadr, de orientación chií-. Habrá que hacer votos para que el desestructurado Iraq de hoy tenga un gobierno que inicie la reconstrucción material y moral de ese malhadado país.

Aquí y ahora, hay que referirse una vez más a la guerra en Afganistán. Definitivamente, se trata de la guerra más prolongada de las que ha mantenido Estados Unidos en el Oriente musulmán (2001-2010). Una guerra que, además de amenazar con prolongarse, está empezando a cuartear el núcleo militar -y civil- involucrado a fondo en la erradicación de los talibanes, de sus santuarios más emblemáticos, como Helmand, Kandahar, y, prácticamente, de toda la frontera afgano-paquistaní.

La expansión imperial, como nos enseña la vieja, sabia y amoral musa (Clío) de la Historia, siempre ha caído bajo el cumplimiento de la ley de la “mancha de aceite”, que desde su epicentro logra, paulatinamente, expandirse hasta llegar a los bordes de otros territorios próximos, y, por lo general, también insumisos. La “mancha de aceite” extiende la frontera imperial hasta sobrepasar el umbral de la resistencia.

Véase, por enésima vez, el juego peligroso que sostienen los ejércitos estadounidense y paquistaní en la frontera y desde dentro de Paquistán mismo, un país de la Zona aliado de Washington en la guerra contra la insurgencia talibán.

No faltan opiniones que vienen planteando la cuestión-clave: ¿no es el gobierno de Islamabad mitad aliado, mitad contrincante, de la causa gubernamental que Occidente defiende en Afganistán?. Porque el hecho es que , no obstante recibir este aliado cerca de dos billones de dólares anuales en concepto de ayuda, parece no haber perdido la fijación geoestratégica que se supone allanará el control (no el dominio, ¡ojo!) del futuro político de Afganistán que se dicte desde Kabul.

Un país como Paquistán -“polvorín” temible donde lo haya, y potencia nuclear en el centro de Asia- no es estado fácil de lidiar, ni para Estados Unidos ni para sus vecinos territoriales -India, en particular-, desde su fundación en 1947.

Ciertos “descuidos” por parte de las fuerzas aliadas destacadas en Paquistán, cometidos por ingenios aéreos teledirigidos -es decir, sin necesidad de ser humanamente pilotados- han llevado al cierre de la frontera afgano-paquistaní, al corte de suministros al ejército americano establecido en Paquistán, y a la suspensión de la visita que se había previsto entre Leon Panetta, director de la CIA, y el jefe de Estado Mayor del ejército de Paquistán, general Ashfaq Parvez Kayani. Esta “interrupción” de un encuentro de alto nivel nos da la medida de lo vital que es el retropaís paquistaní para la guerra que Estados Unidos y sus aliados han abierto contra la insurgencia talibán en tierras afganas.

Del uso inteligente del factor fronterizo noroccidental, nos parece que depende, con mucho, que Barack Obama pueda ver cumplido su designio de acabar con la más prolongada de las guerras americanas en el Oriente musulmán durante el transcurso de un año-calendario, a computar a partir del pasado mes de agosto. ¡Inch´ Allah!

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