Opinión

Los nuevos públicos del teatro

Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 08 de octubre de 2010
El gran dramaturgo y polimático escritor y artista polihístor Francisco Nieva, el clásico vivo más importante de nuestra radiosa Literatura española, se quejaba, o quizás simplemente informaba, el otro día en un periódico nacional de que las clases burguesas y medias, antaño entendidas y buenas hermeneutas sobre los misterios que acontecían en la escena, daban la espalda al teatro actual, porque ya nos les hace reír ni llorar, y buscan géneros “menores” en donde la risa o el llanto se les posibilite.

En principio, la búsqueda de la risa y la del llanto compasivo y simpático fueron el fundamento de los dos grandes géneros teatrales, el de la “comoedia” ( o la canción de la aldea, como esa cantinela en que las viejas de nuestros pueblos, aún hoy, sentadas en sus sillas de enea en la calle o espacio público, despellejan de forma implacable con sus acerbas críticas a vecinas o vecinos ), y el de la “tragoedia”, o la canción del macho cabrío ( Tespis) de la que ya Aristóteles estableció que genera un llanto piadoso y “simpático”. Pues que las pasiones que despiertan la tragedia ( piedad, temor, ira, grandeza o sentimientos morales elevados ) nos llevan con frecuencia al llanto, en tanto que las que inspira la comedia ( desprecio, ridiculez, fealdad – la máscara cómica es algo feo y retorcido sin dolor, radicalmente clasista y despreciadora de la plebe – provocan la risa. Por eso, los grandes protagonistas de la tragedia han sido los dioses, los héroes, los reyes, los nobles y los ricos, en cuanto que son los únicos que pueden pasar propiamente de la dicha a la desdicha. En tanto que la plebe, los esclavos, los hambrientos y las putas son los grandes protagonistas de la comedia en cuanto que en ellos es imposible el paso de la dicha a la desdicha, ya que son sustancial y esencialmente desdichados, y desdichados hasta la indignidad. Por eso, quizás, se ha dicho, con bastante juicio, que la tragedia es progresista o de izquierdas, y la comedia es de derechas y esencialmente reaccionaria. Y si vemos quién era el corifeo ( es decir, el empresario teatral ) de las obras de Ésquilo, por ejemplo, y quiénes los sponsors de Aristófanes, por ejemplo, ese juicio aparentemente inaudito nos pavorosamente lúcido. El llanto del teatro, sí, en cuanto mímesis del dolor hispostático de la existencia humana, es de izquierdas, y la risa – parece increíble – de derechas, que si llega a la carcajada se hace casi reaccionariamente golpista.

Pues bien, cuando Francisco Nieva dice que hoy la risa y el llanto las suscitan géneros menores, entendemos que no son menores por su morfología dramática, sino por la deleznable calidad de sus facturas teatrales, que podrían convertir el vodevil más bufo y la novela radiofónica más cursi y empalagosa en géneros grandes en relación a los infumables textos que en la actualidad constituyen ese teatro “serio” subvencionado. Ya lo dijo Boileau: “así como nuestro siglo es fértil en autores bobos, también lo es en admiradores necios, y un autor necio siempre encontrará a alguien más necio que le admira”. Las clases medias y algo cultas ( nuestro sistema educativo es lo que es ) huyen temerosas de nuestro teatro inconsistente a los cañaverales del pequeño arte ( descendiente del encantador “Mimo” del Imperio Romano ) que nunca ha sido pretencioso. Y las Ninfas, junto a Pan, se ocultan de espanto bajo las aguas. Y menos mal que las clases medias y algo cultas ya no van a rendir pleitesía a la mamarrachada. En el abandono del actual teatro está la salvación del teatro. Por otro lado, el teatro, en relación con la cantidad de pueblo convertido en público, será siempre minoritario. Ya en la antigua Roma, en el supuesto de que estuvieran llenos a la vez hasta la última grada de la summa cavea sus tres grandes teatros, el de Pompeyo, el de Balbo y el de Marcelo ( cosa que nunca ocurrió ), esos tres teatros todo lo más podían albergar 60.000 espectadores, cifra mínima si se la compara con las casi 300.000 plazas que tenía el Circus Máximus. Y seguramente Trajano tradujo el deseo de la gran mayoría de sus súbditos cuando en el año 112 quiso obsequiarles con unos “ludi” extraordinarios y les pagó el circo treinta días ininterrumpidos ( 9.000.000 de entradas ), mientras que sólo durante una semana el teatro ( 420.000 entradas ). Es decir, veinte veces menos de asistentes al teatro que al circo. Y eso que entonces todavía se representaba a Plauto, Terencio, Pacuvio, Vario, Ovidio, Pomponio Baso o incluso aún el arcaico Ennio. Es decir, no era la cartelera que hay hoy en Madrid.

Por otro lado, el teatro ha sido profanado por la ignara insensibilidad de muchos que lo cultivan. Y es que si no se reconoce en el teatro sus orígenes sagrados y mágicos se traiciona el milagro radiante del teatro. Nunca podemos olvidar que el teatro entró en Roma como un recurso apotropaico de los ámbitos religioso y mágico a fin de conjurar y disolver la peste que diezmaba a los romanos. El Senado conjuró el miedo a la muerte mediante los histriones, subulones y ludiones etruscos que con sus danzas y sus procaces chistes y argumentos salaces se subieron al primer escenario desmontable – el primer teatro – y acabaron con la epidemia y mortandad con aquella risa sagrada y descontrolada que provocaron y que con ella calmaron o apaciguaron la cólera de los dioses. Una cosa que nace así y tiene tan maravillosos efectos terapéuticos del alma y del cuerpo debe ser respetada con la producción de textos dramáticos buenos, elaborados con oficio y celo.

Y hoy no hay tragediógrafos y comediógrafos españoles vivos que elaboren textos dramáticos buenos; esto es, con oficio y celo. Apenas media docena de autores, entre los que se encuentran mis admirados Paloma Pedrero y Alonso de Santos, provocan que uno baje a Madrid al teatro. Y es que el llanto y la risa del hombre han huido del teatro sin emociones que hoy se perpetra en España.

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