Los Lunes de El Imparcial

Perdido en el laberinto

crítica

Sábado 09 de octubre de 2010
Enrique Vila-Matas: Dublinesca. Seix-Barral. Barcelona, 2010. 327 páginas. 19 €


A pesar –quizá renuncie nada más empezar a la conjunción concesiva y, en este ejercicio de corrección infinita que es la escritura, creativa o crítica, poco importa, abogue por un sustituto causal–, o precisamente por su rendida devoción hacia Joyce, Vila-Matas construye en Dublinesca una enorme paradoja de mundos paralelos que mucho debe a Cervantes y su inmortal creación quijotesca, casi al modo de un enorme y redivivo Retablo de Maese Pedro que, tamizado por aires irlandeses, desplegara más vivo que nunca una de las obsesiones temáticas de nuestro autor: las vías que ofrece la ficción escrita en una sociedad, la nuestra del XXI, empeñada en aniquilarlas en pro de mundos virtuales. En efecto, una paradoja protagonizada por Samuel Riba, editor barcelonés que, cumplidos los sesenta, decide vender una editorial que, lejos de reportar beneficios, le ha llevado casi a la ruina, en su búsqueda incesante, nunca del todo bien satisfecha, de un autor genial que otorgara, quizás, justificación a una trayectoria volcada en la palabra ajena. Porque, a fin de cuentas, Riba ha vivido, hasta su madurez, en una alteridad polimórfica que ha colocado su yo en un lugar subsidiario e irrelevante: en la literatura de los otros, envidiada en sus accesos de virtuosismo; pero también en el otro Riba, artificial y ostentoso, creado a golpe de alcohol, a modo de un caparazón social con que pretendía ocultar inseguridades múltiples; en el otro vivido a costa de su propia mujer, ángel custodio a lo largo de su existencia y que, ahora, harta de no respirar para sí misma, se busca en el budismo; y hasta en un Riba, inventado y neurótico, que busca obsesivamente en Google la presencia de sí mismo, o quizá de ese otro que quisimos que fuera y que realmente no es.

Vila-Matas, queriéndonos mostrar el proceso de asesinato a que el yo, como entidad absoluta, es sometido en la postmodernidad –un extremo del que se ha abusado, sin la brillantez de nuestro autor, en la narrativa española de última hornada–, coloca a su personaje, Samuel Riba, en un estado límite, de renacimiento tras el ocaso alcohólico y profesional, a fin de atestiguar la imposibilidad, en el hoy y en el ahora, de la recuperación absoluta de tal entidad, casi al modo del don Juan liminar de Zorrilla ante su propio entierro. Claudicante, el viejo editor generará, ahora sí, un mundo literario propio, si no verbal sí inconsciente, que le transporta a un Dublín irreal donde habrán de celebrarse los ficticios funerales por la era Gutenberg; metonimia, al fin, de los suyos propios y, por extensión, de los de todos aquellos que lucharon por la palabra creadora.

El haz paradójico se nutre, y no es novedad para Vila-Matas, de un monólogo ininterrumpido como forma privilegiada de exhibir el abismo personal que padece Riba, salpicado, en justa correspondencia con su oficio, de un enorme laberinto intertextual, hecho forma en citas que aquí y allá resuenan en su cabeza, en imágenes extractadas de su biblioteca personal y hasta en seres, tan pronto presentes como desaparecidos, que transportan al lector –siempre selecto, a lo Juan Ramón Jiménez– a los mil y un pasillos de la palabra antedicha –desde Borges hasta Joyce, pasando por Faulkner y Kafka–, lugares quizás anteriormente transitados, y ahora iluminados a través de los ojos de Riba o, mejor, del propio Vila-Matas, que, una vez más, no defrauda en el desarrollo de una poética constante y exigente en el sometimiento del lector a una tensión nunca fallida de aprendizaje y reconocimiento.

La lectura de Vila-Matas es, una vez más, un ejercicio intelectual –en el más amplio y más positivo sentido del término– que reconcilia al lector de fondo con su condición de tal. En el Mal de montano (2002) la trayectoria del barcelonés parecía haber llegado a su punto álgido, mediante la peripecia de un narrador con la intención de convertirse en literatura –asumiendo la condición de relato escrito por su hijo–; sin embargo, llegarían después París no se acaba nunca (2003), especie de autobiografía ficticia del propia Vila en sus años gabachos, y la incuestionable Doctor Pasavento (2004), en la que aborda, de nuevo, el conflicto de la identidad y de la impostura, a través de un narrador con pretensiones de desaparecer. No era extraño que el pespunte de esta trama plena de coherencia condujera a una nueva perspectiva en la anulación de un yo, endeble y falaz, al tiempo que contundente, encarnado en Riba, este editor frustrado que, casi sin querer, y gracias a su monólogo total, crea un mundo paralelo, rebosante de literatura asumida y bien –muy bien– filtrada.

Por Emilio Peral Vega

TEMAS RELACIONADOS: