Opinión

España llega tarde al Nobel de la Paz

Domingo 10 de octubre de 2010
Tras hacerse pública la concesión del Premio Nobel de la Paz al disidente chino, Liu Xiaobo, muchos fueron los países que urgieron a Pekín para que liberase de inmediato al galardonado. Un brindis al sol, ciertamente, por cuanto se daba por sentado que las autoridades chinas no sólo no iban a mover un ápice su política represiva, sino que iban a reaccionar de modo airado. En cualquier caso, Estados Unidos, Francia, Inglaterra y otros muchos hicieron de la defensa de los derechos humanos causa común y así lo hicieron constar.


No fue el caso de España. Exteriores ha tenido que salir al paso de quienes acusaban al ejecutivo español de haber solicitado la liberación de Lui Xiaobo demasiado tarde con un comunicado en el que, con fecha 29 de junio de este mismo año, se pedía a las autoridades chinas que excarcelasen al reciente nobel. Olvida el señor Moratinos que esa petición se hizo en el marco de la Presidencia Europea, o lo que es lo mismo, en nombre de los 27. Lo que ahora tocaba era hacerlo a título individual, y es en lo que el negociado de Miguel Angel Moratinos ha vuelto a dar muestras de su ineptitud. ¿O no es eso únicamente?


Pocos departamentos de Exteriores ha habido con una gestión tan calamitosa. Cierto es que detrás de todo ello está quien diseña las líneas maestras de la posición española en el plano internacional, que no es otro que José Luis Rodríguez Zapatero. Pero se echan de menos los tiempos en que la política se hacía desde los ministerios y no sólo desde Moncloa. En el caso de Exteriores, Moratinos ha dejado su impronta en la vergonzante postura mantenida ante Marruecos, Cuba o Venezuela, en detrimento de unas relaciones como es debido con Estados Unidos y los países punteros de la Unión Europea. Es lo que sucede cuando priman los intereses espurios por encima de los nacionales. Se empezó calamitosamente creando una tensión disfuncional e innecesaria con los EE.UU. con una idea delirante de lo que es la política internacional que más parecía orientada por sondeos que gobernada por intereses. Después, se ha intentado reparar el entuerto de tanto despropósito, con un giro de trescientos sesenta grados, por el cual la política exterior española parece dictada por las grandes empresas del IBEX, lo cual es indudablemente de capital importancia pero no lo es todo. La política internacional de un país democrático exige también firmeza y principios, antes que sondeos e imágenes. Sin ellos, se corre el riesgo de perder las dos cosas: el dinero y el honor. Desde luego, si hubiese un premio por la excelencia en la gestión de las relaciones internacionales, Moratinos jamás lo ganaría.