Lunes 11 de octubre de 2010
Como siempre sucede en las organizaciones integristas, la Generalidad de Cataluña entiende que mandar es prohibir y ahora impide con su coacción que ningún profesor castellano hablante pueda dar clases en las Universidades de Cataluña. Cual si se tratase de un notario, se obliga al profesor que acuda a dar clases a que necesariamente pase un nivel C de lengua catalana, cuando es lo cierto que ningún alumno serio ha indicado jamás que si se le imparten las clases en castellano no entiende cabalmente la lección. Es pues un problema artificial y añadido desde la Administración, que quebranta una íntima libertad de ser y de pensar con objetivos muy claros; a saber, primero separar al profesorado en Cataluña del resto, desanimando al profesorado que se expresa en castellano a concurrir a una plaza en Cataluña. Y, además, naturalmente, impedir la competencia de quienes puedan venir de fuera, tanto que, si Einstein quisiera ser profesor en Cataluña, se le dificultaría el acceso, haciendo así más paleta y cateta, si cabe, a la Universidad. Universidad que es, precisamente, institución perteneciente a lo universal y donde lo fundamental sería abrirse al máximo a todos e incorporar a los cerca de 500 millones de castellano hablantes en todo el mundo; en fin, ser vanguardia de una sociedad abierta y no cerrada.
Para la Generalidad, los individuos no cuentan. Imponen su ideología o su desideología, ya que ésta se ciñe a la tosca deformación de cualquier libertad hasta retorcerla, convirtiéndola en irreconocible y grotesca. La intimidad, la autonomía de la voluntad, la personalidad, quedan así a manos de cualquier decreto o reglamento, y sin ninguna resistencia ya. Ahí, donde más recóndita es la libre determinación de cada persona, ahí están con su puño cerrado para imponer el modelo del “buen catalán”, cuando, en realidad, están erosionando gravemente la cultura y la ciencia catalanas.
Esto cada vez se parece más a la construcción de un régimen autoritario. La creación de una sociedad cerrada y no abierta, en la que los individuos sean máquinas reproductoras de la voluntad política y administrativa, es el sueño – pesadilla en realidad – que ha impuesto el tripartito. Igual sucedió con el Estatut, del cual, estos lodos son consecuencia. Acogido con absoluta indiferencia en el momento de su creación y poco votado, pese al monopolio práctico en que se desenvolvió la votación, luego, con todos los medios que han podido los del tripartito y sus apoyos – cientos de millones de euros a disposición del victimismo -han generado una hispanofobia tribal y reaccionaria que han instalado, de momento, en la Cataluña oficial-.
La democracia del tripartito en Cataluña ha consistido, al final, en amenazar las libertades individuales, erosionar el Estado de Derecho y regresar a un ambiente reaccionario, propio del Antiguo Régimen. De tal suerte que quienes no cumplen fielmente los parámetros personales, incluso en los ámbitos más íntimos, que establece la Generalidad con su asfixiante patrón, tienen dificultades para desenvolverse cultural y académicamente hablando. El acoso oficial del castellano, es una acción política típicamente talibán, simétrica a lo que el franquismo hizo con el catalán hace medio siglo. Todo ello, lleva a la falsificación de las preferencias. Nadie jamás ha tenido el menor problema de comprensión cuando se han pronunciado conferencias o impartido lecciones en castellano en Cataluña.
La democracia sin Estado de Derecho acaba siendo una dictadura porque habrá votaciones pero no elecciones, con Hitler o con Chávez. Es urgente recuperar la personalidad y cierta fortaleza moral, para decir, desde ese Estado de Derecho, que también expresarse es un derecho fundamental. Quizá el primero. En este sentido, puede que no fuera casual que la “libertad de palabra” (isègoria), el derecho de todos a intervenir (parrhésia), que es el término que utiliza Herodoto para caracterizar el régimen político ateniense, precediera a –y estuviera en el origen de- la democracia; al punto que Eurípides, en Las Suplicantes, hace el elogio de la democracia ateniense con las palabras que abren la Asamblea: "¿Quién quiere, quién puede dar un consejo sabio a su patria?; ¿puede alguien imaginar una igualdad más bella?" -concluye el poeta. Hay, pues, un derecho subjetivo perfecto a utilizar la propia lengua en cualquier ámbito, lo cual, está siendo desconocido en el Principado.