desde otra orilla
Martes 12 de octubre de 2010
Lleva Mario acompañándonos desde hace ya algunos años en esta aventura que es la vida. Nos deslumbró con “La ciudad y los perros”, cuando primero le descubrimos, y de repente, arrebatados por su verbo y su capacidad narrativa, nos sentimos alumnos del colegio militar Leoncio Prado, y paseantes curiosos de una Lima brumosa, y supimos de la estratificación social de la sociedad capitalina, y la brutalidad de las enseñanzas castrenses, y la promesa no siempre realizada de la juventud, y las relaciones de poder y sumisión entre gentes apenas humanas. Eran también los tiempos en que los apellidos de los “perros” eran los mismos de nuestros amigos peruanos residentes en Madrid, en testimonio de la realidad de una ficción que en realidad no lo era tanto. Aquel joven y todavía ignoto escritor peruano que, luego lo supimos, vivía en España, se convirtió de repente en arquetipo de una fascinante capacidad literaria y al tiempo de una vigorosa reclamación ética. Y Lima, la ciudad que el escritor nos describía con tan poderosa capacidad evocativa que creímos llegarla a conocer al milímetro, incluso para aquellos que nunca, antes o ahora, la hemos conocido, se transformaba en la ciudad de nuestros sueños adolescentes, de nuestras esperanzas, de nuestros temidos fracasos.
Y luego hizo que nos preguntáramos, junto con el protagonista de “Conversaciones en la Catedral”, si también nosotros nos habíamos j…., y cuándo se había producido el desgraciado acontecimiento y si la vida nos condenaría a la misma angustiosa introspección en torno a la mugrienta mesa de una taberna que, poder de sugerencia, se nos antojaba, otra vez, que solo podía ser limeña, mientras transcurrían los años de plomo de la dictadura de Odría y el horizonte no parecía llegar mucho más allá de las neblinas que ocluían el cielo allá, en el puerto del Callao.
Nos enamoramos un poco más tarde de la tía Julia con la misma fuerza contestaria que en ello había puesto el que llegaría a ser su joven marido y deseamos para la dispar pareja la felicidad eterna que seguramente la fuerza de las cosas no permitiría que llegara a fructificar, mientras seguíamos con inquieta curiosidad las andanzas del escribidor, a la vez elemental y sabio, retrato sublime de la literatura involuntaria que se esconde en la narración callejera y en el dramón radiofónico por entregas.
Mario Vargas Llosa fue pronto el nombre literario de referencia para todos aquellos que, casi al mismo tiempo que él mismo, entrábamos con ganas en las turbulencias del universo, allá por los sesenta del XX. Y nos había dado tanto desde el principio que nos acostumbramos a esperar con impaciencia de revelación y a devorar con fruición mística todo lo que después quisiera ofrecernos, la épica de “La guerra del fin del mundo” o “La casa verde”, los laberintos eróticos de Pantaleón y sus visitadoras, don Rigoberto, la madrastra o, ya más tarde, la niña mala, o los desgarros de Lituma o de Mayta. Maestro a la vez del lenguaje y de la estructura Vargas Llosa nos hablaba de gentes y de cosas, de sufrimientos, alegrías y pasiones que, nunca demasiado lejanos en el tiempo, nos sonaban a próximos, comprensibles abarcables y, a su manera, pedagógicos. La de Mario era una literatura carnal, satisfactoria, explosiva, próxima. La nuestra.
Pero el escritor peruano pronto vino a desarrollar otro y amplio abanico de aficiones, desde la poesía y el teatro hasta la imaginativa critica literaria, desembocando sin tardar en una poderosa voluntad testimonial que, abandonando juveniles tentaciones revolucionarias, le acabarían por convertir en un firme, persistente y coherente portavoz de la libertad, los derechos humanos, la democracia, en un critico inmisericorde del nacionalismo y en un no menos acerbo enemigo de todas las formas dictatoriales, a derecha o a izquierda del espectro politico. Tenía su lógica que el Vargas Llosa ciudadano comprometido con la libertad aspirara a la presidencia de su país para, en propósito harto loable, arrancarle del ciclo infernal que oscilaba entre generalotes de antaño con ínfulas tercermundistas y socialdemócratas dados al latrocinio y la incompetencias. Fuimos muchos los que pensamos que la pérdida de tan poderosa voz literaria podía quedar compensada por los beneficios ilustrados que recibirían los peruanos de tan cualificado liderazgo, pero el populismo, en la forma de un japonés al que los locales llamaban chino, vino a truncar la esperanza de un futuro mejor y la vocación política del artista. El ejercicio se saldó con una presidencia, la de Fujimori, que como se sabe, acabó como el rosario de la aurora, y con un libro, “El pez en el agua”, una excelente narración política, en la que Mario recupera la voz literaria para analizar sin asomo de amargura y con espíritu autocritico los incidentes del fallido intento. Eso, al menos.
Trabajador infatigable, de aquellos que espera transpirando que le llegue la inspiración, no ha dejado de escribir, de pensar, de viajar, de curiosear, de dejarse ver con todos aquellos que le buscan, de dialogar con todos los que su voz desean escuchar. Porque a diferencia de tantos de sus colegas, recogidos en la torre de marfil de su propia autosuficiencia, Mario Vargas Llosa, el ciudadano Vargas Llosa, es generoso con sus escritos, con su tiempo, con sus ideas, es cordial, educado, comprensivo, tolerante. Lo que los castizos, sin mas circunloquios, calificarían hoy como un gran tipo. Tan grande como escritor.
Llevaba el Nobel jugando al escondite con Mario Vargas Llosa desde hace unas buenas dos décadas. Mientras la prestigiosa Academia otorgaba sus favores a obscuros escritores minoritarios y experimentales, en los que no era difícil percibir una clara inclinación izquierdista, la poderosa creación del hispano peruano, de nuevo puesta de manifiesto en su hipnótica “Fiesta del Chivo”, quedaba relegada al limbo de nunca jamás y los que nos tenemos por sus admiradores y amigos recelábamos de las intenciones ocultas de unos jurados nórdicos en donde la única mano que parece existir es la siniestra. Este año nos hemos equivocado. Nunca es tarde si la dicha es buena y el Nobel llega, podría ser la máxima del momento. Que Vargas Llosa lo haya recibido con expresiones de llana humildad –es “el reconocimiento del español como lengua” ha dicho, mientras que añadía su agradecimiento a España y a los españoles, Carlos Barral, Carmen Balcells, que le acogieron al principio de su carrera literaria- es muestra añadida y fehaciente de los excelentes mimbres que componen la textura del personaje. Mario Vargas Llosa premio Nobel de literatura. Qué gran noticia.
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