Enrique Arnaldo | Jueves 14 de octubre de 2010
Hizo un paréntesis en su agenda centrada día y noche“en trabajar por el interés de Bolivia” para vestirse de corto, con camiseta verde y pantalón blanco, y dar patadas a un balón en un campo de fútbol de césped artificial que se inauguraba en la capital situada a mayor altitud del mundo. A la espalda se hizo grabar nada menos que el número 10, que no es el de la matrícula de honor, sino el de los grandes como Schuster, Velázquez, Messi, Zidane o Maradona. El Presidente dispone.
Acostumbrado a imponer su mortal voluntad, este hombre-entregado veinticuatro horas diarias al servicio de sus conciudadanos- había soñado con marcar un gol legendario por la escuadra después de driblar a todos los defensores rivales. Evo es la reencarnación del hombre del Renacimiento: político, sindicalista, orador, nacionalizador, pedagogo... y futbolista. No hay arte que se le resista y mucho menos el del regate, gracias a sus finos tobillos y unas rodillas que para sí hubiera querido Eric Rohmer al filmar “Le genou de Claire”.
Pero hete aquí que su marcador, un simple concejalillo, no se arredró ante el carismático líder. Imbuido por los valores deportivos plasmados por Coubertain, no se permitió correr la banda a su antojo. Cortaba sus pases tras intuir hacia qué lado iban. Impedía sus incursiones diagonales cerrándole el paso. El Presidente se iba calentando. Una persona tan prudente, tan mesurada, tan ponderada, tan respetuosa con los demás (y con el pluralismo), notaba que su cabeza se convertía en un horno. Su corazón era un llanto pues no podría realizar el sueño de su niñez: festejar el gol mirando al cielo (que esta mas cerca, por cierto, de La Paz que de Madrid), con ambas manos haciendo el signo de la victoria. El supergol de la historia que le situaría en el escalafón por delante del de Pelé.
Evo, paladín de la libertad, y maestro de la elocuencia, comprobó que su rodilla flexionaba a la perfección. Pidió la colaboración de su compañero, el número 8, que se colocó a la espalda del defensa para tapar la visión y, levantando su presidencial rodilla, con la fuerza de que es capaz un enrabietado líder, la soltó contra los h... (o c...) del concejalillo. Éste, aparentando estar retorcido de dolor (pues fue un leve toquecillo) se revolvía cual sanguijuela en el césped, en una clara acción de simulación que obligó al imparcialísimo árbitro a expulsarle del terreno de juego. Evo sonrió pues aunque tampoco marcaría después el gol habría conseguido, una vez más, demostrar sus poderes, sus presidenciales poderes.
El concejalillo paceño se veía exiliado en el desierto del Sáhara y, claro, inmediatamente pidió perdón por su osadía de tratar de tú a tú al gran Evo, cuya imagen futbolera quedará para siempre como patrimonio histórico de la humanidad.
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