Opinión

La universidad y el plan Bolonia

José María Herrera | Sábado 16 de octubre de 2010
El plan Bolonia echará a andar definitivamente este curso. Sus partidarios creen que beneficiará a la universidad española. Aseguran que no puede ser de otra manera ya que lo han adoptado los países de nuestro entorno, y los países de nuestro entorno, como ustedes saben, rara vez se equivocan. Desgraciadamente, algunos no hemos olvidado el timo de la reforma del bachillerato. También entonces se trataba de emular a los países de nuestro entorno, aunque luego supimos que esos países estaban en otra cosa. Parece que la historia vuelve a repetirse. Las universidades de postín continuarán cultivando de hecho el viejo estilo. El resto, incluidas todas las españolas, de cabeza al plan. Aquí no preocupa mucho qué consecuencias pueda tener tanto cambio: al fin y al cabo nuestra universidad no está condiciones de empeorar.

A los universitarios suele gustarles remontar su historia a la Academia platónica. Platón fundó aquella institución como una alternativa a la política. Se trataba de abrir un espacio en el que fuera posible la libertad, donde la verdad no estuviera supeditada a los intereses circunstanciales. La universidad medieval luchó por este ideal, y aunque sólo alcanzó a rozarlo, estudiantes y profesores gozaron de prerrogativas legales en absoluto insignificantes. Fue su dependencia creciente de la Iglesia y los reyes lo que hizo que la actividad erudita e investigadora se trasladara durante el renacimiento a las sociedades científicas y a las academias. Las universidades recuperaron en gran medida su libertad durante los siglos XIX y XX. Entonces produjeron sus mejores frutos y se acercaron como nunca al ideal platónico. En algunos lugares, hasta hace poco, la independencia universitaria llegaba al extremo de que la policía no entraba en el campus sin expresa autorización de los rectores.

No hay que ver en esto aislamiento de la universidad o falta de compromiso con la sociedad, sino respeto de la sociedad por la tarea universitaria. Ese respeto permite la buena marcha de la actividad académica y pone de manifiesto el buen funcionamiento político de un país. Son los países sin política los que tienen por lo general universidades más politizadas. Recuerden la España de Franco. Una universidad politizada es por definición una mala universidad. Aquí aún pagamos las consecuencias.

El plan Bolonia es lo contrario de la politización. No se trata de convertir a la universidad en el escenario donde son dirimidos los conflictos públicos, sino de que sea ella la que se abra a la sociedad, a sus intereses y necesidades. El objetivo parece desde luego muy razonable, aunque está por ver si no supondrá el fin de la propia universidad. Los tiempos cambian y nada impide llamar así a unos centros educativos cuya misión es suministrar especialistas a la comunidad, pero no debe olvidarse que la misión esencial de la universidad no es acreditar profesionales de alto nivel, sino luchar por liberar el conocimiento de la tiranía del entendimiento vulgar. A mucha gente esto probablemente le sonará elitista y antidemocrático, pero la ciencia, qué le vamos a hacer, no tiene más remedio que serlo.

El entendimiento vulgar se caracteriza por su superficialidad. Las premuras de la vida cotidiana no le permiten introducirse a fondo en los asuntos. Tampoco es algo que en realidad le interese porque al entendimiento vulgar lo que le importa es responder a las urgencias del entorno, no profundizar en ellas. Esto no quita que quepa también una mirada distante y reposada. La universidad ha sido durante siglos el lugar donde cabía este género de mirada. Las personas acudían a ella no sólo para informarse de lo que se sabe tal y como se sabe, sino para formarse a fin de poder ir más lejos. “Formación” es el nombre del saber en cuanto que ha sido incorporado a la persona y la persona ha sido transformada por él. “Información”, el saber que no deja huella, el saber, por así decir, de usar y tirar. Hasta hace poco era clara la diferencia. Una persona puede estar bien informada acerca de los últimos avances de la física y, sin embargo, no estar formada para examinar críticamente esa información.

Con el auge de la llamada sociedad de la información la distinción ha empezado a diluirse. La sociedad actual está sometida a cambios vertiginosos y las personas sienten la urgente necesidad de adaptarse a ellos. La pretensión universitaria de poner el saber al margen del devenir real parece anacrónica. Desde un punto de vista político se llega a pensar incluso que semejante propósito va en contra de los intereses generales. Por eso el entendimiento vulgar ha levantado contra el antiguo estilo académico la nueva pedagogía, una ideología disfrazada de ciencia cuyo grito de guerra es “aprender a aprender”.

El discurso pedagógico, como expresión del entendimiento vulgar, descansa en el convencimiento de que lo que se trata no es de formarse para tomar distancia crítica de las verdades socialmente establecidas –tal fin podía tener sentido en la época en que aún imperaban los prejuicios, no en un mundo diáfano como el nuestro- sino de adquirir competencias que nos permitan adaptarnos a la realidad y que nos proyecten mejor en el sistema productivo. El plan Bolonia ha hecho suyo este planteamiento y, por eso, insiste en que es necesario fortalecer por encima de todo el vínculo entre el mundo empresarial y la universidad. El fin de la formación no es contribuir a hacer a las personas más libres -¿acaso no somos ya suficientemente libres?- sino más eficientes desde el punto de vista profesional.

La eficiencia consiste en saber sacar partido a lo que hay, incluidos los hombres. Naturalmente, parece muy lógico que quien contrata a cierto personal, sobre todo si está altamente cualificado, espere de él el máximo rendimiento. Las universidades, como dispensadoras de títulos, deben garantizarlo. Y no sólo garantizarlo, también convertirse ellas mismas en instituciones eficientes, rentables socialmente. El problema es si esto es posible sin renunciar abiertamente al cultivo desinteresado del saber, fundamento de una cultura para la que el conocimiento implica siempre ir más allá de donde alcanzaron los maestros.

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