El Teatro Bellas Artes de Madrid tiene el lujo de acoger durante un mes la magistral interpretación que José María Pou hace de Orson Welles en una obra que relata los últimos y nostálgicos días de la vida del cineasta. El actor tiene fama de perseverante y concienzudo trabajador, tanto que él mismo se asusta de su búsqueda de la perfección. Verlo actuar no tiene precio, como tampoco disfrutar de su charla, sus recuerdos y sus lecciones de vida y oficio. Por Elena Viñas
Vuelve a interpretar a Orson Welles. ¿Entusiasmado como la primera vez?Es un reencuentro para una despedida porque las funciones de Madrid van a ser las últimas. Creo que un personaje no debe ocupar demasiado tiempo de la vida de un actor porque hay mucho por hacer y personajes por interpretar. Orson Welles es muy absorbente, como si estuviera vivo y me estuviera chupando la sangre y la energía. Me deja muy agotado, más, incluso, que uno de Shakespeare. Cada vez que dejo reposar el personaje un tiempo, siempre hay algo que me sorprende. Tiene una explicación lógica. Cuando me acerco al personaje al que dejé tres meses antes, soy tres meses mejor actor de lo que era. En consecuencia, el reencuentro siempre es bueno.
¿Fue Orson Welles un hombre difícil de comprender?Sí. El texto que interpreto incide en el aspecto humano de Orson Welles, concretamente en el fracaso a final de su vida y en el hecho de no haber podido hacer lo que quiso. Está la persona con sus inseguridades y sus miedos; el aspecto de él que más me gusta interpretar. Encarnar al Orson Welles brillante y extrovertido se puede ver en cualquier sitio, pero de lo que no hay oportunidad es de verlo en sus momentos de angustia y como un niño desvalido. Él decía que empezó en lo más alto con “Ciudadano Kane” y, desde entonces, no dejó de ir cuesta abajo. Fue víctima de una falta de entendimiento entre los productores y el concepto artístico que tenía. Creían que gastaba demasiado dinero en las películas y que empleaba mucho tiempo en rodarlas. Él, por su parte, exigía una total libertad para poder hacer su trabajo. Esa queja es, sin duda, propia de un ser humano.
Sentir frustración es duro para cualquiera, pero ¿es una sensación especialmente amarga para el artista?Por supuesto. El hecho de no poder trabajar en libertad es frustrante porque uno no puede alcanzar el nivel de excelencia que quiere. Hay trabajos que pueden hacerse en solitario. Orson Welles lo decía: “Ojalá en lugar de haberme dedicado al cine hubiera sido pintor”. El hándicap de Welles fue que había poquísima gente de la industria de Hollywood que creyera en sus productos porque eran desmesurados. Fue un visionario con una capacidad desbordante, así que creo que era excesivo para la industria del momento.
Llegó a Europa en busca del apoyo que no halló en Estados Unidos…Sí, pasó 10 años en España, de la que era un enamorado. A los 18 años estuvo viviendo en Sevilla, donde tomó clases de toreo, un aspecto de su vida poco conocido.
José María Pou interpreta a Orson Welles en el Teatro Bellas Artes (Foto: Manuel Engo)
¿Le afectó que no lo entendieran en su país?Se fue de Estados Unidos porque tuvo problemas a raíz de hacer “Ciudadano Kane”. El magnate William Randolph Hearst, a quien retrató en la película, emprendió una campaña contra Welles para boicotearlo. Tenía tanto poder que productores y empresarios hacían caso de lo que decía. Llegó un momento en el que hubo, incluso, implicaciones de tipo político. Su mujer Rita Hayworth lo denunció por comunista, algo insólito. Tuvo tantos frentes abiertos que se vino a España. Fue una decisión afortunada porque aquí encontró a Emiliano Piedra, un modesto productor, quien logró sacar adelante una de sus obras maestras, “Campanadas a medianoche”.
¿Encontró consuelo en España?De alguna manera, sí. Pudo rodar “Campanadas a medianoche” como él quiso, además de “Una historia inmortal”. Fue feliz viviendo aquí. Encontró en un productor independiente la comprensión y el apoyo que no halló en la industria mastodóntica de Hollywood. Aún así, tuvo suerte. El Hollywood de ahora es mucho peor que el que le cerró las puertas.
Ha debido aprender mucho gracias al teatro...Sí. Es una reflexión que llevo haciendo toda mi vida. Los actores tenemos una suerte inmensa. Crecemos como seres humanos con cada trabajo que hacemos. Cada personaje te obliga a bucear dentro de ti mismo y a psicoanalizarte para encontrar aquellos rasgos de tu personalidad que pueden servirte para el personaje. Te llevas sorpresas increíbles y descubres cosas que no sabías. Así, los actores nos ahorramos dinero en psicólogos y psiquiatras porque nos conocemos mejor que nadie. Trabajar con textos de los más grandes te da también un conocimiento profundo de la vida, siempre que entres a fondo en tu profesión. Hay ciertos actores, a los que respeto, que consideran que tienen que aprenderse el papel y nada más. A mí me gusta meterme de cabeza en mis personajes, sobre todo en teatro. Para mí es lanzarse a un océano de olas y ver qué aparece.
¿Es absurdo pensar que la interpretación tiene límites?Hay unos límites que debe imponerse uno de acuerdo con el código moral de cada uno. Me han hecho alguna vez la pregunta de si interpretaría a Hitler, por ejemplo. Yo digo que lo encarnaría siempre que la película o la obra de teatro denunciara los crímenes del nazismo, así que la ética y el compromiso del actor con determinados temas es el límite fundamental. Si me preguntas sobre las capacidades de los actores te diría que no hay límites. Si hubiera alguno, aunque suene paradójico, quizá sea cuando se llega a tal grado de perfección que ya no parece una interpretación y se convierte en la realidad misma. Dejaría, entonces, de ser un trabajo creativo. Es un tema muy largo, pero es fantástico hablar de ello.
¿Es injusto afirmar que donde un actor verdaderamente se hace respetar es sobre un escenario? De entrada sí porque eliminaría a enormes talentos que sólo hicieron cine. Es verdad, por otra parte, que el aprendizaje diario del escenario y el contacto con el público te dan un conocimiento de tu oficio que no te aporta sólo la práctica diaria ante la cámara. Creo que en el teatro se puede obtener una gran cantidad de experiencias y conocimientos. El valor de una pausa, de un silencio o la constatación en el minuto exacto de si tu trabajo funciona no te lo dan el cine ni la televisión.
Así que el teatro tiene una magia especial…Cuando me preguntan si me aburre interpretar al mismo personaje durante tres años respondo que nunca encarno el mismo personaje. Hago la misma función, el mismo texto y hasta los mismos movimientos, pero cada día soy una persona distinta, por lo tanto no repito nunca lo mismo. El José María de hoy no es el de ayer. No hay duda de que el teatro es el único de los tres medios en el que el actor se siente totalmente responsable de su trabajo. En el cine o la televisión repites varias tomas de una escena y no puedes decidir cuál de ellas va a llegar al público porque es el director quien lo decide. No eres, por tanto, el responsable último de tu trabajo. En el teatro, en el momento en que asomas la nariz y el público te ve ya eres absolutamente dueño de ti mismo. Eres tú el que hace los planos cortos, los planos generales o un zoom del público hacia tu cara con una pausa o un silencio. Eso es un placer inaudito. Conseguir el éxito en el teatro es mucho más gratificante.
¿Actuar en Londres o Nueva York es uno de los deseos que le queda cumplir?Me gustaría, pero soy muy realista. Londres tiene una tradición teatral muy arraigada que obliga a quien se sube al escenario a pronunciar un inglés perfecto. El público exige a los actores que la dicción y la pronunciación sean impecables, cosa que no ocurre, por cierto, en España. Pasa, incluso, que el público británico difícilmente acepta a los actores americanos. Les ponen muchos peros porque no hablan inglés, como ellos dicen, sino americano. Estoy seguro de que si hubiera decidido con 17 años irme a Londres a ser actor, a lo mejor lo hubiera conseguido. En estos momentos es muy difícil trabajar allí. Es una oportunidad que, curiosamente, no ha surgido nunca, aunque creo que es por una cuestión de casualidades. En Nueva York es más fácil trabajar que en Londres porque no hay ese nivel de exigencia, además la ciudad es un crisol de acentos. Si en algún momento llega, me haría muy feliz, pero no me lo he propuesto.
¿Escribir un texto teatral sí? Sí, pero porque me gusta mucho escribir desde que tenía 14 años. Empecé pensando en escribir antes que en ser actor. De hecho, mi vocación era ser periodista. Tengo un espíritu crítico quizá desmedido y un afán de perfección enfermizo. Por eso, todo lo que he escrito lo he roto y lo he tirado porque veía que lo que redactaba no estaba a la altura de los grandes materiales teatrales que leo. Cuando caí en aquello, le di un derrotero a mi vocación de escritor a través de la traducción, que ha llegado a apasionarme porque me permite satisfacer mi vocación de escritor. Es un trabajo que me ha dado muchas satisfacciones y al que me dedico menos de lo que me gustaría por falta de tiempo.
José María Pou interpreta a Orson Welles en el Teatro Bellas Artes (Foto: Manuel Engo)
Los comienzos marcan la trayectoria profesional. En su caso, pienso en la influencia de su padre y la de directores como José Luis Alonso. José Luis Alonso ha sido el más grande director que ha habido en este país. Mi infancia me marcó mucho en el teatro, pero de manera inconsciente. Nací en un pueblecito cerca de Barcelona que tenía un grupo de teatro de aficionados. Mi padre dirigía uno. El domingo había que ir a misa por la mañana y por la tarde al teatro. Con el tiempo he recordado que hubo algo mágico en aquella época que me marcó muchísimo. Cuando tenía 5 ó 6 años, los sábados, después de comer, mi padre me dejaba acompañarlo al teatro para montar los decorados. Me sentaba en el patio de butacas y allí me quedaba quieto cuatro o cinco horas viendo cómo iba haciendo magia con la escenografía. Creo que a partir de aquello se aposentó en mí ese gusano por el teatro.
¿Su padre lo vio actuar?Sí. Mi padre murió con 80 años y pudo ver gran parte de mi carrera. Al fallecer, encontramos en uno de sus armarios enormes cajones llenos de recortes de noticias de periódicos con mi nombre impreso, fotos que él mismo tomaba y hasta hechas a la pantalla de la televisión. Fue muy emocionante, he llorado muchísimo. Recuerdo también que en una de mis primeras funciones de teatro universitario que, además, dirigí, le pregunté si iba a venir a verme y me dijo que no podía. Me ponía muy nervioso su presencia, así que pensé que así sería mejor. Al terminar la representación, cuando se encendieron las luces de la sala, lo vi escondido detrás de la cortina de la puerta del fondo. Aquello me pareció entrañable. Significa que él sufría tanto como yo.
Tuvieron, entonces, una admiración recíproca…Sí, seguro. He tenido unos padres maravillosos que me han dejado hacer lo que los productores no le dejaron hacer a Orson Welles.
El recuerdo de su padre le emociona.Me emociono mucho y fácilmente. Los actores tenemos un nivel de sensibilidad que es necesario para nuestro trabajo. Puedo ponerme a llorar en dos minutos. A veces, se me pone un nudo en la garganta cuando veo el telediario y lloro cuando veo una buena actuación en vivo.
Sin embargo, su aspecto de hombre serio y de voz penetrante hace pensar lo contrario…Uno viene condicionado por su físico. Me considero una persona con mucha capacidad de trabajo y energía. De hecho, ahora estoy haciendo cinco cosas al tiempo, entre ellas dirigir dos teatros. Como le pasaba a Orson Welles, lo que subyace debajo de esa apariencia es un niño grande, que se ilusiona como cuando tenía 12 años. Soy más ingenuo, divertido e infantil que lo que la gente cree, aunque sé que la imagen que doy es otra.
"Su seguro servidor: Orson Welles" en el Teatro Bellas Artes de Madrid del 18 de octubre al 14 de noviembre.