José Antonio Sentís | Miércoles 20 de octubre de 2010
La remodelación ministerial emprendida por Zapatero es bastante menos amplia de lo que parece (pues, de hecho, se resume en una persona), pero sí es muy significativa, por los mensajes que transmite.
Lo importante, por encima de cualquier otra consideración, es la cesión de las principales parcelas de poder gubernamental a Alfredo Pérez Rubalcaba, el más importante de los activos políticos de Zapatero, a alguna distancia del otro de sus pesos pesados, José Blanco.
En la decisión de Zapatero de ascender a la Vicepresidencia política al que fuera ministro en el final de la era González puede haber pesado su deseo de rectificar un error. Porque fue precisamente el alejamiento de Rubalcaba de los focos mediáticos de los que disponía cuando era portavoz parlamentario del PSOE, así como el de José Blanco cuando era el portavoz del partido, el que marcó la decadencia de la iniciativa política de Zapatero. Desde que colocó de ministros a estos dos hombres (en la creencia de que su potencia de fuego político no era ya necesaria, y les podía premiar con una cartera), el Gobierno y su partido han ido cuesta abajo y sin frenos, porque Zapatero se hundió en la crisis que no supo anticipar ni gestionar.
Ahora, Zapatero intenta una jugada de última hora. Responsabilizar a Rubalcaba de la recuperación de la imagen presidencial. Y para ello cuenta con la sobresaliente capacidad de comunicación de éste, que es justo la cualidad de la que no disponía en el Gabinete, pues ni la tenía Fernández de la Vega y ni siquiera le quedaba a él mismo, extraordinariamente desgastado ante la opinión pública.
Lo interesante de esta misión es que puede dar lugar a dos escenarios. Si Rubalcaba tiene éxito, el propio Zapatero puede seguir. Y, si no lo tiene, sería Rubalcaba el que tendría que aguantar el trago de la sucesión en circunstancias tremendamente desfavorables.
En cualquier caso, la decisión era, seguramente, la única posible para Zapatero, una vez arrinconado por todos los flancos. El de la opinión pública, que le había abandonado mayoritariamente ante sus vacilaciones, contradicciones y engaños en la gestión pública, tanto en lo que se refiere a la crisis, como en el propio desarrollo institucional de España (Estatutos o Justicia), como en sus desafío a la lógica ciudadana con sus provocaciones y sus genialidades, desde la memoria histórica a su concepción discriminatoria de la igualdad.
Puesto que Zapatero se sabía en desventaja si se analizaba su gestión pública, su única posibilidad táctica era el empleo de la política pura. La propaganda, el mensaje, la señal psicológica para los suyos dubitativos y para los contrarios crecidos. Un político profesional y experimentado como Rubalcaba podía ser, al menos a corto plazo, la respuesta, porque quizá es el único que puede poner buena cara cuando Zapatero pierda las autonómicas catalanas y las próximas municipales y regionales. Porque es de los pocos políticos que pueden violar una jornada de reflexión, como la del 13 de marzo de 2004 y no ser reprobado por ello, sino admirado por su ingenio y eficacia.
Los demás mensajes de Zapatero son bastante simples.
El primero, expresar con nitidez a su partido, el Socialista, que decir “sí” a Zapatero, como es el caso de Trinidad Jiménez, abrasada en Madrid por su derrota ante Tomás Gómez (cuya única virtud era haber dicho “no” a Zapatero, en palabras precisamente de Rubalcaba), es mérito para un ascenso, en este caso al Ministerio de Exteriores.
El segundo mensaje es decir a su partido que algo va a cambiar, que algo no se estaba haciendo bien. Y, para ello, en lugar de destituir a Leire Pajín, simplemente le da una patada hacia arriba y pone en su lugar a Marcelino Iglesias como número tres socialista. A fin de cuentas, el Ministerio de Sanidad, prácticamente transferido, es un departamento simbólico y, sirve sobre todo para colocar a gente fiel, sin que exija grandes responsabilidades. Ni gran preparación.
Los fieles, pues, premiados, porque el César sigue siendo el César, si es que alguien en el PSOE, sea Tomás Gómez o Barreda, podía dudarlo.
El tercer mensaje es a la vieja guardia socialista. Salvemos, pues, a Ramón Jáuregui, una persona templada y experimentada, que puede dulcificar desde su responsabilidad en el área de Relaciones con las Cortes una etapa parlamentaria que puede ser muy dura en este final de ciclo legislativo. Y no tanto porque pueda entenderse con el PP (cosa lógicamente impensable) cuanto que lo pueda hacer con las minorías nacionalistas a las que ha fiado Zapatero su supervivencia política, que hoy votan a Zapatero y mañana pueden destriparlo.
El cuarto mensaje es a la contestación por la izquierda y a la sindical. Ahí entra Rosa Aguilar, la ex alcaldesa comunista y ahora integrada sin militar en el PSOE; y, sobre todo, Valeriano Gómez, un histórico de UGT y ahora asesor de Zapatero, cuyo ingreso en el Gobierno puede ser contradictorio, pero eficaz. Porque, por una parte, ha defendido la reforma laboral, y tendrá que hacerlo con más intensidad ahora en el Gabinete; pero, por otra, estaba mano a mano con los sindicatos en la manifestación tras la Huelga General de septiembre. Es decir, que Zapatero ha venido a expresar a su clientela que es compatible estar a favor y en contra de la reforma, y que ambas cosas pueden ser defendidas por los mismos, en una interesante metáfora del conocido relativismo presidencial. Y decirle a los sindicatos que pueden estar enfadados, pero tienen que echarle una mano para que gane las elecciones, que para eso son de la familia.
Es una consideración habitual afirmar que no hay gran crisis de Gobierno que no incluya un cambio en la política económica. Zapatero, sin embargo, ha mantenido la cabeza económica (porque, a fin de cuentas, él mismo la asumió con una cierta falta de prudencia) y ha cambiado la política. Luego no estamos ante una gran crisis, sino una finta táctica para potenciar lo que se le da mejor a este líder socialista. La maniobra electoral. Y, con Rubalcaba, lo tiene garantizado, sea como debelador del PP o como negociador con Eta.
El principal punto débil de esta jugada, bastante desesperada, puede ser la tozudez de la situación económica, puesto que el plan de Zapatero no contempla ni por casualidad la recuperación (la propia Elena Salgado ha reconocido que seguiremos en el veinte por ciento de paro el año que viene). Y tampoco lo tendrá fácil Zapatero en mantener la estabilidad política, puesto que los nacionalismos ya conocen de sobra que pueden arrancar más soberanía territorial a mayor debilidad gubernamental, y querrán aprovecharse de los despojos socialistas, por si pierden éstos el poder.
Pero Zapatero todo esto lo sabe, y que no lo tiene sencillo. Y ha hecho lo único que podía. Encomendarse a Rubalcaba, para ver si le resuelve el actual entuerto, ya sea como portavoz del Gobierno para tener un atril permanente contra el PP; o como ministro del Interior, que manda a esa Policía que tanta información explosiva maneja de los albañales políticos; o incluso como responsable del CIS, pues la percepción sociológica también contará. Y, si con todas estas armas en la mano, Rubalcaba no puede con el PP, que se quede él en el trámite de desahucio del chiringuito.
TEMAS RELACIONADOS: