Martín-Miguel Rubio Esteban | Viernes 22 de octubre de 2010
Abuchear al poder político es uno de los grandes dones que concede la libertad política. Durante unos instantes entra una brisa fresca de la alegría que producen las alas vitalizadoras de la oropéndola de la libertad en el corazón del ciudadano, normalmente habitante de un limbo mortecino, de una realidad indiferente y larvaria, con deseos y sentimientos adormilados. Durante unos minutos el ciudadano no se siente súbdito, y hasta es feliz con ello. Sólo por el derecho a abuchear al poder político merecería hacerse una revolución, pues en ese derecho de etimología turca se fundan y resumen muchas más libertades de lo que pueda creerse. Hasta en la cerrada y oligárquica Esparta, los ciudadanos, reunidos en la “apélla” o asamblea, podían abuchear, según Tucídides, a los éforos, a los reyes, a los harmostaí y a todo tipo de magistrados. Pero a la Ministra Carme Chacón no le gusta que las excelsas y bien caverniculadas orejas del Presidente, de pie como un rey homérico sobre su carro, hayan podido oír los abucheos implacables del pueblo de Madrid proferidos contra su alta persona de exquisita sensibilidad con ocasión del Día de la Hispanidad o Día también de las Fuerzas Armadas, e intenta ahora, con untuosa y temblorosa deferencia, confundir los abucheos al Presidente con los malos modales de una turbamulta fascista contra los caídos por la patria. Pero no es verdad, porque esa identificación es imposible. La diana de los denuestos era sólo Zapatero, incapaz de realizar todos sus grandiosos designios. Y no hubo turbamulta fascista; sólo ciudadanos cabreados que increpaban al peor Presidente de Gobierno que registra nuestra historia, ya rica en nulidades políticas. Lo fascista es querer identificar a la patria y sus caídos con el poder político de turno. Eso ya lo hicieron Ceaucescu, Antonescu, Dimitrov, Stalin, Popescu, Horthy, Franco, Mussolini, Hitler, Salazar y treinta presidentes latinoamericanos. Y tal tontería no ha colado jamás en el sano juicio del pueblo. Es así que la ministra radicalmente zapaterista ( la mediocridad debe siempre la vida entera a la caprichosa gracia del poder político ) quiere ahora crear un protocolo que haga imposible los abucheos en estos actos, o que la libertad política sea cosa vitanda en determinados tiempos. Se trataría de crear espacios y tiempos sagrados contra la libertad de los ciudadanos, en donde no penetre el maloliente aroma del poder popular. ¿Y por qué no suprime ya la Sra. Ministra la libertad política y nos evitamos problemas? Se podría levantar un Museo de la libertad política, y el que quiera abuchear que entre allí y se desahogue, y quien quiera ser libre que vaya y entre en el Museo. La libertad política quedaría reducida y domesticada, pero ¿quién podría decir que no existe en España? La Sra. Ministra quedaría encantada. También podía la Sra. Ministra, a fin de exaltar la sensación de dominio del primer prócer, realizar el vacío humano a su alrededor, despoblar la ciudad de Madrid, como hacía el sultán Muhammad Tughlak con su Delhi. Tampoco oiría de este modo el Presidente las iras del pueblo, sólo su ciclópeo amor propio desbordándose dentro de una pared de cristal, que separa de los sonidos del mundo.
La Sra. Ministra desea aniquilar la libertad que tiene el pueblo de abroncar a sus malos gobernantes y, a la vez, aniquila del Ejército las armas que pueden matar mucho. Se parece en eso a Shih Huang Ti, el emperador chino que dudaba entre destruir o construir, y que se dividió equitativamente entre las dos pasiones contradictorias edificando la Gran Muralla y haciendo quemar todos los libros.
Me entristecen, en fin, las palabras obsequiosas de la Sra. Ministra, pues hasta ahora me parecía una mujer valiente y espabilada.
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