Opinión

La excelencia de los premios “Príncipe de Asturias”

Sábado 23 de octubre de 2010
El teatro Campoamor de Oviedo volvía a quedarse pequeño un año más durante la gala en la que se hacía entrega de los premios “Príncipe de Asturias” a personas tan dispares como el escritor libanés Amin Maalouf, el equipo arqueológico de los Guerreros de Terracota de Xi’an o una representación de los integrantes de la selección española de fútbol, ganadores del último mundial. El prestigio de estos galardones va en aumento año tras año, y eso es algo de lo que todos nos debemos alegrar. En todo este tipo de premios suele haber con cierta frecuencia alguna polémica relativa tanto a los méritos de los premiados como a la idoneidad de los nominados. No es éste el caso. Si por algo se han distinguido tradicionalmente los “Príncipe de Asturias” es por haber atinado a la hora de reconocer trayectorias tan encomiables como las de Nelson Mandela, Luc Montagnier o Luis María Anson, entre otros.

De ahí que no acabase en entenderse bien los tira y afloja entre Real Madrid, Barcelona y la organización para que los jugadores que militan en estos clubes y que ganaron el Mundial este pasado verano pudieran estar presentes ayer en Oviedo, como así fue. La postura de Mourinho y Guardiola es hasta cierto punto comprensible, ya que han de velar por sus intereses deportivos. Pero dichos intereses no sufren menoscabo con un viaje relámpago plenamente justificado. La sencillez, el espíritu de equipo, el compañerismo y una indudable calidad he llevado a grupo de jugadores que conforman la selección española de fútbol a ganar una Eurocopa y un Mundial en apenas dos años. Sus valores merecen tener un escaparate tan digno como bien representado. Así, Barcelona y Real Madrid tienen que tener claro que se deben a su público; un público que valora mucho más que los Casillas, Xavi y compañía viajen unas horas a Oviedo para recoger un galardón tan importante que algunos bolos infumables en recónditos países con un afán meramente recaudatorio. Afortunadamente, al final ha imperado la cordura. Lo suyo es que lo hubiera hecho un poco antes, sin necesidad de polémicas tan estériles como artificiales.

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