Luis María ANSON | Sábado 23 de octubre de 2010
Desde el primer momento subrayé los despropósitos de Miguel Ángel Moratinos. Le bauticé como el “ministro desatinos” y el apodo tuvo éxito. Hombre de vasta experiencia y de ideología bien conocida, se plegó a las exigencias internacionales de un Zapatero ignorante y absurdo.
Dicho todo esto, la tenacidad, la honradez, la habilidad de Moratinos se fueron imponiendo y sería absurdo negarle éxitos tan relevantes como la excarcelación de presos en Cuba.
Y lo que es más importante. Por una vez Zapatero dijo la verdad y en una declaración pública afirmó: “Moratinos es una buena persona”. Así lo creo yo. Sus reacciones ante las críticas, su mirada sobre el mundo de los desfavorecidos, su falta de presunción personal, le convierten en un político, rara avis, en el que predomina la bondad.
Moratinos es, en efecto, una buena persona, un político experto, un diplomático de mano izquierda muy hábil, un servidor que enternece de la política y la persona de Zapatero. No se merecía ni el desdén ni el maltrato el presidente dadivoso. Necesitaba el líder socialista el ministerio de Sanidad para Leire Pajín y no quería dejar fuera de juego a su favorita, Trinidad Jiménez. Así es que sin decir una palabra a Moratinos, sin dialogar, sin negociar, le escabechó de un plumazo, al viejo estilo franquista, para instalar en Asuntos Exteriores a su predilecta, error que puede hacer mucho daño a España. Moratinos, en fin, ha probado el amargo sabor de la política de Zapatero que le ha maltratado de mala manera y sin piedad.
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