Pablo Larraz Andía y Víctor Sierra-Sesúmaga: Requetés. De la trincheras al olvido. Prólogo de Stanley G. Payne. Epílogo de Hugh Thomas. La Esfera de los Libros. Madrid, 2010. 956 páginas. 34,90 €
“Entre los requetés había gente de todas las razas: carlistas-carlistas, no éramos todos, ni mucho menos”. Lo afirma Eduardo Bustindui, capitán de la 1ª Compañía del Tercio Oriamendi, y uno de los más de sesenta testimonios recogidos en el voluminoso
Requetés.
De carlistas y de hombres y mujeres que los rondaban, o de individuos que tuvieron que sumarse al requeté porque la
brutalización de la política les llevó a ello, trata el libro que, a dos manos, han elaborado Pablo Larraz Andía y Víctor Sierra-Sesúmaga. Al abrir las tapas de la lujosa edición de La Esfera de los Libros, el lector tendrá a la vista un fresco, espléndido, extendido y lleno de matices. El soporte del mismo lo constituyen las piedras de la memoria de los abuelos –y, a través de ella, la de los abuelos de los abuelos– que han sido rescatadas del silencio. Todo empezó atendiendo distraídamente a las conversaciones de los mayores, en las terrazas de los cafés o en las trastiendas de Pamplona, y siguió escudriñando en los desvanes de la casa familiar. A esas alturas estábamos ya ante un empeño historiográfico, investigador. Esa memoria familiar se remontaba en el pasado hasta los tiempos de algún pretendiente que respondía al patronímico de Carlos –ventajas e inconvenientes de los linajes seculares– y se concretaba sobre unos años, los de la República y los de la Guerra Civil española de 1936, en los que el carlismo devino, una vez más, trágico protagonista.
La gestión de la propia identidad, de la cultura que les era propia, no siempre fue fácil para los carlistas. La integración en el Movimiento Nacional no estuvo exenta de tensiones y, probablemente, de nuevas frustraciones. Los ancianos voluntarios de Carlos VII, que aparecen en las hermosa fotografía reproducida en las páginas 326 y 327, tocados con las boinas respectivas, pero que dudan acerca de cuál de sus brazos es el que tienen que levantar para saludar con la mano extendida a los vecinos que componen la parada, ilustra mejor que todas las explicaciones posibles el contraste entre las luchas del siglo XIX y las tempestades bélicas del Novecientos. En cualquier caso, se trataba de una guerra que, a la altura de 1939, habían ganado. Más tarde, en los años 1980, en democracia, en la época en la que el nieto indaga, los veteranos tradicionalistas “nunca eran protagonistas de documentales, libros ni películas”. Las cosas cambiarían con los libros de referencia de Julio Aróstegui y de Javier Ugarte, pero Larraz y Sierra-Sesúmaga siguieron empeñados en rescatar –de la omisión o del recato, que de las dos cosas hubo– al recuerdo. Lo hicieron recogiendo entrevistas ya hechas y complementándolas con muchas otras de inéditas. Pergeñando relatos, animando a ejercicios de memoria que se plasmaban en relatos cerrados. Tarea urgente, la de exigir ese verbalizar la experiencia, dadas las premuras del tiempo y la edad de los supervivientes. Lo hicieron, asimismo, en formato gráfico y en la textura del testimonio oral. Éste último se substancia en primera persona. Lo que le confiere, a la lectura, un gran interés. Del muestrario de fotografías es difícil la valoración sin caer en el ditirambo. Literalmente, es espléndido. Facilitan el empasto y, aunque sea en blanco y negro, la gama de colores que da brillo y garantiza la perennidad de la obra.
La estructura que se ha dado a
los testimonios, la ordenación de los mismos, su agrupación, responde a las experiencias o, por mejor decir, a la experiencia básica, al eje que articula el relato por parte del requeté en cuestión. Catalanes y vascos, castellanos y navarros –muchos navarros–, gentes de otras regiones de España. Recordando cómo, desde el punto de vista de Lola Baleztena –las
margaritas no están ausentes del ejercicio de memoria–, “vino la República, y con ella se desencadenó la furia revolucionaria”. Desfilando, en tiempos republicanos y atendiendo a la movilización de guerra. En el frente y en la retaguardia, mujeres y niños, heridos y amparados, bebiendo, fumando, leyendo, oyendo misa, rezando y combatiendo. Yendo hacia el frente y en las trincheras. En los hospitales. En las tribunas de oradores arengando a las multitudes.
Es cierto que, a partir de esta obra, sabemos cómo se ven a ellos mismos –católicos, algunos con formación, gente de orden, personas con oficio, cooperativistas cristianos, labradores – y de qué manera asumen esa experiencia disruptiva que significó, para universos en los que aparentemente reinaba la armonía –así lo recuerdan-, la República y la guerra, la revolución y la contrarrevolución. Lo que no sabremos, eso es evidente, es cómo les veían. Y es que, como señala Stanley G. Payne en el prólogo, sigue existiendo una distancia entre memoria e historia. Aunque ésta última no pueda –o no deba– prescindir de la primera, tiene que trabajarla, interrogarla adecuadamente, proceder a insertar los recuerdos en un relato contrastado.
No es ésta la intención última de
Requetés. Más bien, les decía, las de plasmar un fresco. En ese terreno, el libro es más que sustancioso. La ventaja de los frescos es que su durabilidad es muy alta. La del carlismo y, desde este momento, la de estos
Requetés.
Por Ángel Duarte