COLUMNA SALOMÓNICA
Lunes 25 de octubre de 2010
Ayer, mientras ganduleaba con la televisión, un joven de los de pendiente en astillero, tatuaje antiguo y peinado matador, lanzó una frase que no oía desde la época en que no hice la mili: “hay que dejarse de tonterías —dijo- con la luz apagada, todas las mujeres son iguales”. Aunque la frase no me pilló desprevenido (todavía soy capaz de recordar el proverbio “sublata lucerna, nihil interest inter mulieres”), di un respingo temiendo la reacción de las señoras a las que iba dirigida. Para mi sorpresa, las cinco que allí había, todas perfectamente recauchutadas, guardaron silencio. ¿Será que a las señoras actuales no les ofende que se piense que todas, bellas o feas, resultan a oscuras indiferentes? La cosa me parecía imposible, pero luego, a la vista de su mutismo, pensé que esta indiferencia igual no era nada malo, sino un efecto de la revolución sexual, un logro. Diferenciar el sexo del amor y concebir el primero como una cosa mecánica quizá haya vuelto a las damas insensiblemente realistas. ¿Pensarán ellas lo mismo de los varones?
Mientras consideraba estas graves cuestiones, recordé que Casanova, el Platón de la carne, sostenía que, en efecto, y por lo que se refiere al goce material, no hay diferencia entre una mujer y otra si no las vemos (él sabía de lo que hablaba porque en cierta ocasión se acostó con una señora que le repugnaba convencido de que era otra que le atraía mucho y, para su sorpresa, no advirtió el cambio), pero sí la hay cuando anda por medio Amor, el cual ofrece un plus que perfecciona el goce sensible volviéndolo superior. Pese a ser un libertino, Casanova creía en el amor, no el amor romántico, basado en la predestinación de las almas, sino el amor galante, un género de amor para el que lo único definitivo en este terreno es la necesidad de buscarlo.
Tanto el amor galante como el amor romántico nacieron de las cenizas de Don Juan, aquel famoso depredador de mujeres que alcanzó su plenitud en la época en la que la defensa del individuo y el reconocimiento de la caducidad de los sentimientos pusieron en crisis el viejo modelo sacramental instaurado por la Iglesia. Frente a la burla donjuanesca, en la que la mujer era una víctima, la galantería auspició en el siglo XVIII una forma de entender las relaciones sustentada en la complicidad. Se trata, en suma, de compartir los goces de la sensibilidad, pero sin conferirle ningún significado trascendente.
Surgida en el ámbito de la aristocracia, donde el matrimonio no estaba vinculado a los sentimientos, sino al patrimonio, la revolución galante quedó truncada como consecuencia del triunfo de la burguesía. Desde la caída del antiguo régimen hasta la guerra mundial, esta clase impuso un estilo caracterizado por la práctica del positivismo en lo público y del romanticismo en lo privado. Luego, con la eclosión de las masas ese romanticismo fue convirtiéndose en algo ridículo. En esta situación quizá hubiera podido producirse un renacimiento del amor galante, única forma histórica de amor que ha aceptado su caducidad, pero el espíritu de los tiempos marchaba ya por otro camino. Ahora tenemos el amor, comprendido a la manera romántica, aunque en la versión kitsch hollywoodiense; y el sexo, entendido al estilo del joven televisivo, el tuppersex o la pornografía.
La galantería fue expresión de un estilo de vida hedonista, enemigo tanto de la soledad como de la castidad. El hecho de que ahora la palabra sea sinónima de urbanidad o cortesía, cualidades ligadas a la persona galante, revela que hemos olvidado una parte de su significado. Lo olvidado es la voluntad de gozar de la vida, entendida como fruición de lo efímero, no como posesión. Por eso era tan esencial para los espíritus galantes el juego de la seducción, un juego en el que intervienen todos los sentidos y especialmente la palabra, gracias a la cual se alcanza la compenetración de las almas. Cuando dos cuerpos se atraen sin mediar palabra lo que pasa entre ellos no tiene nada que ver con la seducción, sino con el instinto; algo más bien primitivo y, por tanto, insignificante.
Pero: ¿cómo es que no ha prosperado la galantería en un tiempo como el nuestro, tan hedonista y amante de lo efímero como aquél en el que ella nació? Un experto en la materia, Stendhal, relacionaba el declive de la galantería con el del arte de la conversación y el de ésta con la costumbre burguesa de que los esposos acudieran a todas partes juntos. La asfixiante omnipresencia de los maridos, dice Stendhal, tuvo dos efectos funestos: impidió el abandono del espíritu, sin el cual no hay malicia, buen humor o alegría; e introdujo un factor represor del ingenio, pues si dos seres, marido y mujer, se acompañan día y noche, es imposible no repetir a la larga las mismas historias. “¿Cómo insertar en el curso de la conversación, con el aire de improvisación que se necesita, las cosas picantes recogidas durante la jornada, si se está bajo la mirada de aquel que os acompañaba? Es imposible. En el momento en que el marido abre la puerta, el arte de la conversación huye por la ventana.”
El mundo ha cambiado mucho desde entonces y el diagnóstico de Stendhal quizá sea ya incomprensible. No es sólo el arte de la conversación lo que está en crisis, también lo está la cultura, nuestra cultura. El problema es que sin cultura no cabe ningún auténtico hedonismo. Cultivarse significa prepararse para recibir los estímulos más variados. El hombre vulgar, falto de cultura o provisto de un mero sucedáneo de ella, sólo puede ser estimulado directamente y lo único que aprecia es la inmediatez del estímulo. Para él da igual tener la luz encendida que apagada. Quizá sea esta es la razón por la que en nuestro mundo goza de tanto prestigio esa cosa tonta del orgasmo, la superchería de los sexólogos.
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