Opinión

Los árabes y la moderación (y 2)

José Manuel Cuenca Toribio | Lunes 25 de octubre de 2010
Acaso ningún episodio más significativo a la vez que crucial de la posición de las grandes naciones europeas respecto de la descolonización del mundo árabe, con cuya referencia terminaba el artículo anterior, que la crisis de Suez de comedios del otoño de 1956. En las horas preagónicas de la IV República, con una Francia hundida en su autoestima histórica tras Dien Bien Fu, el abandono de Túnez y Marruecos y la sangría incesable de Argelia, un socialista histórico, Guy Mollet, empatizó de inmediato con la propuesta del tory Eden para responder, manu militari, a la apropiación del Canal de Suez por el Raiss Nasser, con evidente violación de las normas internacionales. De facto, el fracaso político de la expedición punitiva anglo-francesa –con el respaldo instantáneo israelí- entrañó el fin de la presencia de ambas potencias en los territorios de la media luna.

Pese al simultáneo auge del ideario marxista en todas las disciplinas sociales del comenzado a llamar por entonces “primer mundo”, la literatura histórica ocasionada en Francia, Gran Bretaña y otras naciones occidentales –España, entre ellas- por la descolonización de los países árabes fue, globalmente, elegíaca e implacablemente fustigadora de los gobiernos que, al día siguiente de su instauración, manifestaron casi sin excepción una incoercible tendencia a la dictadura y la corrupción. Todo lo que de positivo alentaba en el credo del denominado “nacionalismo árabe” se opacó o desconoció por parte de la publicística europea más difundida y acreditada. Con ello, se perdió una inmejorable oportunidad para construir el inevitable diálogo entre el Viejo Continente y las naciones islámicas sobre firmes cimientos doctrinales, los más importantes, sin duda, en tanto que la acción diplomática de las cancillerías de las antiguas potencias coloniales tampoco amortiguaba diferencias y distancias en medida ostensible.

En líneas generales, se repetirá, cabe admitir la exactitud de la visión ofrecida al respecto por las elites político-académicas árabes asentadas en la órbita de la moderación. Es ya, sin embargo, mucho más dificultoso ratificarla en cuanto a su mantenimiento cara a los acontecimientos del 11-S o, desde España, el 11-M. En parte, estos y otros actos del terrorismo islámico se incubaron e incuban, según la opinión de los citados sectores, por la ahincada ceguera de Occidente frente a la racionalidad y justicia de los planteamientos que informan el comportamiento del Islam tanto en su vida interna como en su proyección exterior. La traición a dichos postulados por los talibanes y seguidores de Bin Laden se deturpan en manos de los medios europeos y americanos para diabolizar a todos los creyentes en el Corán, y el abismo se ensancha... Para los más alarmistas de los gobernantes y escritores árabes incardinados en un espacio de centro de hundirse otra vez los puentes tendidos por los moderados árabes con occidente, el resultado podría ser apocalíptico. El temor es mala base para el entendimiento. Pero aún así y aceptando lo difícil y plausible de la posición de tales minorías en un océano de maximalismo, sorprende el diapasón de su exigencia, limítrofe con el totorresismo por no decir el chantaje. Todos esos espacios de moderación y natural defensa y exaltación de los valores y creencias islámicos deben de fomentarse con ardor y sin pausa por los pueblos y poderes de la Modernidad, mas no hasta el límite de arrumbar los suyos propios.

Y esta es –hay que confesarlo con atrición- la tesitura en que, seguramente de modo involuntario, sitúan los moderados árabes y musulmanes colocan a sus interlocutores.

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