Álvaro Ballesteros | Martes 26 de octubre de 2010
Recordarán algunos que en mi columna de la semana pasada les hablaba aquí del fracaso internacional del Zapaterismo, intentando explicar cómo una política exterior errática había conseguido hundir nuestra imagen internacional y degradar profundamente el valor de España en el mundo del siglo XXI.
Mis comentarios de la semana pasada coincidieron en el tiempo con la nueva remodelación del gobierno Zapatero que ustedes ya conocen y que muchos han comentado en los días pasados. Excepto para los más fanáticos zapateristas y para los analistas en nómina del PSOE, creo que es obvio que esta última remodelación gubernamental ha tenido como objetivo intentar frenar la caída libre de popularidad de un Premier perdido en la inmensidad de la política española y europea, siendo el más claro ejercicio del “cambiarlo todo para que no cambie nada”. Máxime aún si el pretendido cambio se presenta con el eslogan de que “se trata de un cambio de caras, pero no de políticas”. Y si no se cambian las políticas, ¿qué importancia tiene que se cambien las caras? Y si se pretenden cambiar las políticas (aunque sea por la puerta de atrás y hurtándole a la sociedad española un debate esencialmente inherente a la democracia parlamentaria), ¿por qué no se oye por ningún lado un “mea culpa” gubernamental, ni una autocrítica que justifique el cambio de ministros y genere la confianza de que ahora sí nuestro país puede ir por mejor camino?
Sí. Ya saben ustedes la respuesta. No hay autocritica porque este gobierno es inmune a ella, no hay cambio de políticas porque nuestro desnortado Premier cree aún que todo cuanto ha hecho ha estado bien. No hay un debate público porque quien nos gobierna hace gala de la misma soberbia y falta de humildad que se le achacaba a Aznar cuando era Zapatero el que estaba en la oposición.
En el ámbito de la política exterior, la destitución de Moratinos y su sustitución por la ex-titular de Sanidad, Trinidad Jiménez, se anunció igualmente como un cambio de caras sin cambio de políticas, de modo que dicha sustitución, por muy bienvenida que sea (tras la funesta gestión del confuso Moratinos, el “abraza-dictadores”), no presagia ningún cambio a mejor. Ello es así por razones tan obvias como que Zapatero no ha asumido la necesidad de corregir una acción exterior profundamente errónea. El hecho también innegable de que a esta legislatura le queda ya menos de año y medio hace más difícil aún de comprender el nombramiento de la propia Jiménez: una Ministra que necesitará todavía meses para ponerse al día en multitud de ámbitos de su nuevo Ministerio y de la acción exterior nacional, por lo que España parece haber quedado fuera de juego.
No pretendo entrar a juzgar el perfil de la nueva titular de Exteriores para asumir dicho puesto (aunque poco bueno se habla en Madrid de su época de Secretaria de Estado para Iberoamérica), ni tampoco juzgar lo de que haya sido “recompensada por su lealtad ciega a Zapatero, tras el batacazo de las Primarias del PSM”. Al fin y al cabo (y dejando a un lado la más que positiva destitución de Moratinos), lo cierto es que en la situación actual de este gobierno, encarada ya la recta final de la peor legislatura que se recuerda y sin asumir un cambio activo de políticas, parece dar igual que el Ministerio de Exteriores estuviese encabezado por la Sra. Jiménez o por cualquier otro exponente del PSOE. El tiempo de esperar que los conejos salgan del sombrero mágico ha pasado ya.
Es si acaso el momento de profundizar en el análisis de lo que se ha hecho mal y de preparar la futura acción española en materia exterior, asumiendo por propia supervivencia nacional que la etapa post-Zapatero ha comenzado ya (con el cadáver aun en caliente).
Para empezar a tomar contacto con la realidad, no hay mejor consejo que el de abrir los ojos para intentar entender la situación en la que nos hayamos, tanto a nivel español como europeo. Hay algunos documentos ciertamente relevantes que nuestros políticos harían bien en leerse, como el último informe del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores (el ECFR en sus siglas en inglés) llamando la atención sobre la amenaza de la consolidación de la división multipolar de una Europa cada vez más débil, en un mundo en el que otros actores se consolidan vertiginosamente como puntos de referencia a tener en cuenta.
Aunque criticada por algunos analistas como una institución polémica “de corte paleoatlantista neoliberal” cuyo planteamiento es “excesivamente británico”, lo cierto es que el Consejo Europeo de Relaciones Exteriores es uno de los think-tanks europeos más interesantes a día de hoy, y su informe titulado “El Espectro de una Europa Multipolar” constituye un aldabonazo que busca despertar a una UE alicaída y en peligro, para que ésta asuma su situación real y actúe en consecuencia: desactivando nuevos ejes en Europa, buscando una cohesión real, desarrollando una nueva relación con Rusia, asumiendo la importancia de la titánica Turquía, y adoptando las reformas necesarias para que la UE sea un actor en el siglo XXI, no como hasta ahora. Se convierte este documento en uno del que se pueden extraer muchos consejos para la nueva Ministra de Exteriores y más aun para “su amo” en la Moncloa, que parece ser quien lo decide todo en base a su sapiencia divina.
También haría bien la Ministra Jiménez en leerse la carta que le dedicaba José Ignacio Torreblanca el pasado 25 de octubre en la web del propio Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, cuya oficina en Madrid dirige él. Es una carta muy interesante, si bien creo humildemente que Torreblanca yerra a la hora de explicar la degradación de nuestro país como actor internacional, achacándola a “la crisis económica y financiera” y no al errático abanico de actuaciones internacionales impulsadas por Zapatero desde 2004. Creo también que (en la muy difícil coyuntura a la que nos ha llevado la irresponsabilidad internacional del Zapaterismo) sería esencial que la Ministra asumiese que su tarea principal es la de defender los intereses nacionales de España en el exterior, desde la perspectiva de que no se puede pretender la defensa de los intereses de la UE cuando no se ha hecho aun el ejercicio de identificar y defender los propios intereses de España como país, con todo lo que ello conlleva. Creo pues que Torreblanca se vuelve a equivocar cuando le recomienda a la Ministra que “no se desgaste en pequeñas batallas bilaterales que poco aportan a España y que terminan por dañar su imagen internacional. Deje por tanto atrás los Cubas, Kosovos, Venezuelas y Gibraltares: son importantes, pero no prioritarios. El mundo es mucho más grande. La verdadera agenda internacional está en otros sitios: en la no proliferación nuclear; en evitar la emergencia de esferas de influencia en Europa; mantener a Turquía en nuestra órbita; lograr que China no divida a Europa; prevenir el colapso del Sahel, y, sobre todo, en construir una Europa que realmente funcione internacionalmente”.
En mi opinión, la verdadera agenda internacional de España en este momento debe ocuparse de recuperar el terreno perdido en los últimos años, de salvaguardar los intereses del Estado amenazados en diversos escenarios, de reconducir las relaciones con muchos de los peores regímenes del globo, y de corregir la imagen de España como actor débil en la lucha contra el terrorismo internacional. Asumir las prioridades mencionadas por Torreblanca cuando está todo manga por hombro en la agenda exterior española, equivale a perderse en diatribas universalistas difícilmente criticables pero que nos siguen dejando con la casa por barrer. Donde sí acierta de lleno Torreblanca es en aconsejarle a la nueva Ministra de Exteriores que afronte el profundo problema “de la fragmentación de la acción exterior del Estado” para intentar coordinar e integrar “las tres D: defensa, diplomacia y desarrollo”. Una apuesta estratégica esencial para un Estado como el nuestro que gasta tanto en ellas sin conseguir ser un actor clave global y en ningún escenario. La otra recomendación que se le hace a la Ministra en la mencionada carta es la de que “si es posible, rescate la agenda de promoción de la democracia y los derechos humanos del cajón donde se le olvidó a su predecesor”. No deja de ser chocante lo del “si es posible” y más aun cuando hablamos un gobierno liderado por alguien como Zapatero, que se ha llenado la boca hasta la saciedad con discursos (poco sentidos, desde mi punto de vista) de defensa de los Derechos Humanos, apoyo a los más débiles, etc.
Sí, Ministra Jiménez, desvincúlese de la agenda de abrazos a dictadores de su predecesor y vuelva a poner sobre la mesa en su Ministerio la promoción real de la democracia y los Derechos Humanos. Le estaría haciendo usted un gran favor a nuestro país al limpiar un poco nuestra imagen y sobre todo al aportar un poco de coherencia a nuestra acción exterior. Preocúpese más de apoyar a la oposición democrática maltratada en Cuba, que de darle oxigeno a la tiranía de los Castro. Reconozca que enviar al exilio español a los activistas democráticos cubanos no equivale a “liberar prisioneros políticos” ni a “flexibilizar la posición” de la dictadura castrista. Intente poner un poquito de coherencia entre sus compañeros de gobierno para que no se sigan dando medallas a los responsables marroquíes que invadieron Perejil en 2003 y que aun amenazan la integridad territorial española; y trabaje, si le deja “su amo” de la Moncloa, para que podamos recuperar como españoles la capacidad de sentirnos orgullosos de nuestra acción exterior. No es poco para quien tiene un mandato tan breve por delante, pero creo sencillamente que vale la pena.
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