Juan José Solozábal | Jueves 28 de octubre de 2010
No es verdad que todas las autopistas sean iguales. No lo es la de Bilbao- Behobia, al menos cuando, en esta mañana de finales de Octubre, fría pero transparente, con una luz que deja ver perfectamente el fondo de montañas a lo lejos, desde Vizcaya pasamos a Guipúzcoa. La carretera bordea el interior del País o lo penetra con un corte tan incisivo como limpio. Nada que ver con esos paisajes partidos, reducidos por la lengua absurda de la ruta que los destroza y los hace perfectamente intercambiables, pues , de verdad, no sabes, donde estás: ¿Las Landas?, ¿Marsella?¿Milán?,¿Dresde?, ¿Nuestra Mancha?.
El Otoño está tardando en llegar, todavía más que en la meseta: se hacen de rogar los ocres en los robledales, y conviven por lo demás con el verde de los hayedos. Los helechos todavía sin caduquear, enhiestos como en primavera casi.
Bien es cierto que la autopista, entre rocas, hace pagar la intrepidez de su trazado : hay que conducir con cuidado, atendiendo a la severidad frecuente de las curvas en buena parte del recorrido. Por supuesto el tráfico, aun en estas fechas, resulta excesivo e impone una concentración que acaba por fatigar al viajero. La autopista se construyó en los últimos años del franquismo y vino a sustituir a una carretera que atravesaba tantos bellos pueblos: Orio, Zumaya, Elgoibar, Durango, Amorebieta, Galdácano, pero que hacía el viaje inacabable. Pocas veces íbamos por carretera: cogíamos el ferrocarril de vía estrecha, y si podíamos utilizábamos el compartimento salón: no acortábamos la duración del trayecto desde San Sebastián a Bilbao, que sobrepasaba cumplidamente las tres horas, pero mientras tanto podíamos acabar de leer una novela, escribir a la novia lejana , o preparar los exámenes del día siguiente.
Le pregunto a mi mujer que me acompaña, ¿Vamos a Loyola?¿Entramos en Deva? ¿O bajamos al puerto de Guetaria, atravesando el pueblo, por debajo de la Iglesia, varada cerca del agua, casi como la de Pasajes de San Pedro, mirando la capilla iluminada por la candela? Pienso, como casi siempre que atravieso estas tierras, igual me da cuando vengo de Castilla por el otro lado, descendiendo Echegárate, entrando después en el Goyerri , en la severidad del paisaje guipuzcoano que quizás explica la firmeza de las convicciones, en lo religioso o lo ideológico, de los moradores de estas tierras.
Muchas veces he recordado, hasta que con los años la imagen casi ha desaparecido, el huerto al que nos asomábamos cuando íbamos a Loyola a hacer ejercicios. Quedábamos confinados, con catorce o quince años, por primera vez en una habitación, pues seguramente no habíamos dormido sin nuestros hermanos nunca: las celdas no eran pequeñas, pero asfixiaba la soledad, quizás también lo abrumador de los Ejercicios, todavía plenos de la religiosidad barroca ignaciana. Resultaba reparador contemplar desde la ventana el amplio huerto, bien cuidado, que “los maestrillos” (jesuitas en agraz) leyendo sus breviarios recorrían a unas decenas de metros, y cuya presencia nos distraía de nuestras preocupaciones. He sabido que el huerto ya no existe: se ha convertido en explanada, parece, a partir de la visita de Juan Pablo II a Loyola hace unos años.
No, bajemos, querida, a San Sebastián, como hacía cada día José de Arteche cuando iba, en su “viaje diario” desde Zarauz. Pensando , como él, y como tantos, en un nuevo tiempo para todos, tan despejado y claro, como el de esta bella mañana….
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