ENTRE ADOQUINES
Viernes 29 de octubre de 2010
No huele a flores en la madrileña plaza de Tirso de Molina. A cualquier hora del día, y especialmente por las noches, un profundo olor a orines, de canes y de hombres, a alcohol de muchos grados y a humos que no son sólo de tabaco, sorprenden fatalmente las narices de turistas y viandantes. Los primeros, consultan una y otra vez la guía de la capital que les ha recomendado acercarse a la céntrica plaza dedicada al dramaturgo Tirso de Molina, para pasear entre coloridos puestos de flores, aquellos que hace seis años el Consistorio convirtió en el núcleo fundamental de la urgente remodelación del lugar. Al llegar, estudian el mapa aún con más detenimiento. No puede ser que una guía les haya llevado hasta un lugar en el que, además, recomiendan sentarse en una de sus terrazas típicas para contemplar el bullicio del mercado madrileño de las flores, mientras se degustan las correspondientes tapas con cerveza o vinito, pero cuyo publicitado encanto no se percibe por ningún lado.
Algunos, los más cabezotas, por fin se atreven a preguntar si el lugar que buscan es ese, pero la mayoría entiende enseguida que aquel asfalto está ya tan empapado de orín, que, por mucho que diga su libro de viajes, la degradación del lugar aconseja todo lo contrario. Lo más recomendable es salir de allí ahora, porque, además del olfato, la vista ya ha identificado también que los múltiples rincones de la plaza esconden la presencia de tipos muy poco recomendables, quienes han empezado ya a mirar, con codicia y descaro, la cámara, el móvil y la mochila del turista, cuanto más despistado mejor, igual que el cervatillo rezagado de la manada al que no quita ojo el león.
Así como las obras de otras plazas y calles del centro de la capital han conseguido cambiar por completo su atmósfera, la dedicada a Tirso de Molina, aquella que nuestros padres y abuelos conocían como Plaza del Progreso, sigue reuniendo todas las características de ese antaño Madrid mugriento que no invitaba a pasear. La importante intervención urbanística llevada a cabo por el Ayuntamiento no ha sido capaz de desprender al lugar de oscuros habitantes que duermen allí las frías noches, juntándose, durante los fines de semana, con los amantes del ruido y el botellón, y durante todos los días, con los amantes del bien ajeno.
Los vecinos de Tirso de Molina, esa curiosa frontera de barrios entre Lavapies y Los Austrias, no han llegado a sentir el alivio de otros ciudadanos del centro de la capital que sí experimentaron una clara mejoría en sus calles y sus plazas, después de que el Consistorio rehabilitara edificios, plantara bolardos defensivos, asfaltara pavimentos descuidados, colocara terracitas y adornara las ensanchadas aceras con quioscos y banquitos. No, en Tirso de Molina sólo vivieron de esperanza mientras se adjudicaban los puestos de flores, imaginando, seguro, un ambiente bohemio y casual como el que rodea al coqueto mercado de las flores de Niza o al Campo dei Fiori, en pleno centro de Roma, la plaza a la que, quizás, más podría haber llegado a parecerse. En la plaza italiana, también rectangular y alargada, hay una estatua de Giordano Bruno, el religioso, filósofo, astrónomo y poeta napolitano condenado por herético, impenitente, pertinaz y obstinado a morir en una hoguera precisamente allí, en el romano Campo de las Flores. Una estatua oscura, que se alza misteriosa, con la cabeza cubierta por la capucha de la larga túnica del desdichado monje que proclamaba peligrosamente sus ideas sobre la pluralidad de mundos y sistemas solares, hasta que las mismas acabaron con su vida.
La estatua que de Fray Gabriel Tellez, más conocido por su seudónimo de Tirso de Molina, hay en la maltrecha plaza no tiene, desde luego, el misterio de la del héroe napolitano, pero su extensísima y genial obra, así como el hecho de que allí estuviera el antiguo convento de Nuestra Señora de la Merced, donde vivió durante años el religioso que gustaba de escribir comedias mundanas, le hicieron merecedor de que el lugar llevara su nombre, aunque nunca habría llegado a imaginar que tendría que compartirlo con la suciedad de insomnes noches de borrachera y alboroto, ni con mañanas de resaca, en las que los carteristas buscan hacerse de oro. Al menos, él ahora es de piedra. Quienes viven allí, de carne y hueso.
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