Opinión

Calvo-Sotelo: desinterés por sus ideas y por su tiempo

Juan José Laborda | Viernes 29 de octubre de 2010
La presentación en la Academia de Ciencias Morales y Políticas del libro “Leopoldo Calvo-Sotelo. Un retrato intelectual” tuvo mucho interés. Escribo este artículo el día siguiente, y los principales periódicos madrileños no recogen información alguna del evento. ¿Es otra manifestación del desinterés por la historia y por la cultura en estos tiempos del entretenimiento como paradigma moral? Uno de los presentadores de ese libro, José Varela Ortega, se refirió a Marc Fumaroli para comprender mejor las características intelectuales de Leopoldo Calvo-Sotelo. También Fumaroli, al igual que Harold Bloom, nos ha descrito cómo la servidumbre al mercado, del beneficio y de la publicidad ha trivializado masivamente las ideas y los sentimientos. La obra que se comentó en la Academia de Ciencias Morales tenía que ver con los libros y lecturas del segundo presidente del gobierno de esta época constitucional. Y algo así se considera como propio de aburridos eruditos. ¿Creen ustedes que importa poco saber qué leen o no leen nuestros representantes públicos? ¿Acaso no conmueve más al público conocer si su gobernante tiene sus mismos (y sencillos) gustos deportivos o culinarios (por ejemplo, las anchoas de Santoña)?

Ese volumen ha sido coordinado por su hijo Pedro Calvo-Sotelo. Se hizo en vida de su padre, y consistió en narrar la historia personal de un personaje clave en la transición democrática española, con el hilo conductor de los diez mil libros de su biblioteca privada. Una serie de autores, entre los cuales se encuentran Álvaro Delgado-Gal, Charles Powell, Carlos Bustelo, Jaime de Salas, Olegario González de Cardenal, José María Martínez-Val, Eduardo Martínez de Pisón, Antón García Abril, Jaime Siles y otros varios, han biografiado a Calvo-Sotelo desde los distintos temas que se encuentran en su amplia biblioteca.

Como explicó su hijo Pedro, su padre Leopoldo no fue un coleccionista de ejemplares librescos, sino un lector que entendió su existencia, y los problemas de su tiempo, buscando respuestas en la escritura impresa. No fue un especialista, propio de esta época, sino que su curiosidad tuvo algo de renacentista. Ingeniero de caminos (profesión clásica de los servidores públicos), sus necesidades intelectuales le llevaron a muchos campos: historia, política, teoría económica (más keynesiana que de Milton Friedman), matemáticas, biología, geografía, música, filosofía y teología.

Álvaro Delgado-Gal, en la presentación de la obra, relacionó su conocimiento de la física contemporánea y de la biología darwinista con su condición de creyente católico. Comparó un saber con el otro, y aventuró una hipótesis sobre la personalidad espiritual de Leopoldo Calvo-Sotelo. El despliegue de la física de Einstein era compatible con la existencia de Dios, que en el fondo explica con su Ser la armonía del Universo. Sin embargo, los descubrimientos de Darwin, y de sus continuadores en el evolucionismo, conducían directamente, según dijo Delgado-Gal, al epicureísmo filosófico, en otras palabras, llegaban lógicamente al ateísmo. Y este hecho debió preocupar a Leopoldo Calvo-Sotelo. En su biblioteca se encuentran no menos de 22 obras del jesuita Teilhard de Chardin (1881-1951), un paleontólogo prestigioso, que intentó armonizar el evolucionismo con la dogmática cristiana, aunque ese esfuerzo no le libró de que la Iglesia Católica prohibiese la lectura de sus obras. Aunque Calvo-Sotelo estuvo siempre dentro de la Iglesia, sin embargo, mantuvo su libertad intelectual. ¿Se situó en una actitud ante la ciencia que podríamos calificar como luterana? Cuando la razón conduce a evidencias contrarias a las verdades reveladas, la fe salva las contradicciones. Más o menos esa es una de las consecuencias de la justificación por la fe de los protestantes. Pero eso supone que el clero, o la autoridad del Papa, no tienen la facultad de decidir la bondad o maldad de los descubrimientos científicos.

No sé si Leopoldo Calvo-Sotelo prestó interés a los escritos de Lutero y de los demás padres fundadores de la Reforma cristiana. Lo que en este libro aparece como una convicción de su vida, fue su desconfianza al clericalismo de las opciones políticas que se justificaban en la doctrina católica.

El escaso éxito que tuvieron, dentro de la UCD, las corrientes democristianas, podrían explicarse por esa actitud reluctante cuando fue presidente del Gobierno, y anteriormente, cuando ejerció como primer portavoz parlamentario de la UCD. La rebelión crítica del sector democristiano al poco de presidir el ejecutivo, en los delicados momentos posteriores al golpe de Estado, parece que tuvo antecedentes ideológicos. Alberto Oliart, que entonces fue su ministro de Defensa, señaló la otra tarde que Calvo-Sotelo hizo aprobar la ley del divorcio porque siempre creyó que gobernaba para todos los españoles, y no sólo para los que coincidían con él en sus creencias en un dogma eclesiástico.

Fue un hombre representativo de su tiempo. Como explicó Varela Ortega al presentar ese libro, la transición fue un momento de pactos. Y Calvo-Sotelo protagonizó algunos de los más importantes: pactos de la Moncloa, la Constitución o los pactos autonómicos de 1981. Aquellos acuerdos, recordó Varela Ortega, no fueron claudicaciones ente los llamados “poderes fácticos”, sino la prueba de que la transición española fue autentica. Al fundar un Estado con leyes y con Derecho, la historia nos enseña que siempre hubo consensos originarios. Que hay que respetar. Pero hoy parece que esa obligación es cosa de eruditos que van a actos culturales poco divertidos.

TEMAS RELACIONADOS: