crítica
Viernes 29 de octubre de 2010
Karl R. Popper: Después de La sociedad abierta. Escritos sociales y políticos. Edición de Jeremy Shearmur y Piers Norris Turner. Traducción de Ferrán Meler Ortí. Paidós. Barcelona, 2010. 509 páginas. 39 €
Los textos reunidos en este volumen son trabajos inéditos de Karl R. Popper. No ofrecen en realidad gran novedad con respecto a lo ya publicado por él en vida, pero resultan interesantes y oportunos. Popper es uno de los grandes pensadores de su generación. Nacido en 1902, el acontecimiento central de su vida fue la II Guerra Mundial. Ésta fue, al menos en parte, una confrontación ideológica, donde además de los intereses nacionales se dirimieron cuestiones relativas a la mejor manera de organizar la sociedad. A causa de las grandes diferencias ideológicas entre los vencedores, las discrepancias no terminaron con la derrota del fascismo, sino que se prolongaron hasta 1989. La política internacional –y en alguna medida la nacional– estuvo dominada por el enfrentamiento entre el mundo llamado libre y el mundo gobernado por el comunismo. Dentro de Occidente fue un combate desigual en la medida en que, si bien a nivel político hubo una decisión inequívoca a resistirse ante la expansión del comunismo, en la opinión pública pesó, sobre todo en determinados ámbitos intelectuales, la injusticia de la sociedad capitalista y la posibilidad de nuevas experiencias socialistas inspiradas y alentadas por la Rusia de Stalin o la China de Mao. El papel de Popper –cuya orientación reformista fue desde el principio clara– se erigió como uno de los grandes defensores de una sociedad abierta frente al totalitarismo de la socialización, y por ello su obra ha dado pie a grandes discusiones.
La obra de Popper en general, y los textos que aquí se presentan, tienen que ser leídos en este contexto. Su trabajo en el campo de la teoría del conocimiento sobre la falsación le consagró como unos de los críticos más importantes del neopositivismo, pero su preocupación política fue muy importante, entre otras cosas por consistir en una aplicación de su visión de la epistemología. El libro decisivo para su carrera fue La sociedad abierta y sus enemigos que le permitió volver de Nueva Zelanda a Europa y convertirse en catedrático de la London School of Economics. En los textos que se incluyen en esta obra, podemos asistir a la lucha que su autor emprendió por defender su propio pensamiento contra las críticas que suscitó. Es interesante, por ejemplo, la correspondencia con Carnap, uno de los grandes teorizadores del neopositivismo que le pide –y recibe– aclaraciones sobre el carácter progresista de su trabajo.
Con todo, se presta su obra en general y estos textos en particular a una lectura que trasciende los detalles de una biografía. Se trata de una reflexión que valora el carácter abierto de las democracias liberales y la racionalización que permiten; por ello, reflexiones que pertenecen al contexto de la guerra fría guardan aún hoy su valor. Como neopositivista se opuso a la sistematización de la Historia que Hegel y Marx presentaron. Y al hacerlo anticipa la conciencia actual, mucho más abierta a admitir la contingencia de los hechos, que predomina en nuestro tiempo. Se acepta –como él pretendió– que no se puede hablar de un sentido de la Historia de una forma inequívoca como pensaron Hegel y Marx. Y también tiene vigencia la voluntad de tratar las cuestiones sociales como problemas que admiten un planteamiento claro y soluciones –hipótesis– racionales, es decir, abiertas a discusión. Por ello, mientras que el totalitarismo acude a formulas sistemáticas u holísticas, el uso de la razón, por el contrario, valora el esfuerzo por encontrar en contextos concretos soluciones que, siendo falibles, están destinadas a ser sustituidas por otras en el curso del tiempo. En este espíritu acierta a describir una constante de la práctica política de nuestro tiempo.
Popper se ve a sí mismo como racionalista, pero de ninguna manera piensa que la sociedad en sus problemas pueda llegar a soluciones definitivas. Lo característico de una sociedad libre es la realidad de una discusión permanente de aquellas cuestiones que plantean de alguna forma problemas a los ciudadanos. A principios de los 80, Rorty habló de la filosofía como la conversación de la Humanidad. Una idea semejante se da en Popper, no tanto en el contexto de una conversación teórica que en última instancia tiene que resultar inconclusa, sino más bien como el esfuerzo por resolver los problemas colectivos que en términos generales se ve acompañado por logros reales. Para él es claro que la sociedad abierta cambia y progresa aun cuando las soluciones sean falibles.
Desde este punto de vista, es fundamental la virtud de la tolerancia. Uno de los textos más importantes del tomo que comentamos es el que se dedica explícitamente a la misma. Logra Popper formular esta actitud distinguiendo tres principios: la disposición a admitir que uno puede estar equivocado, la voluntad de discutir planteamientos ajenos al de uno y la confianza de que en esa confrontación se encuentre la posibilidad de acercarse a la verdad. Este principio que se da especialmente en la práctica de la ciencia, también debe imperar en general en la sociedad. La tolerancia sería el correlato del uso de la razón.
La gran claridad de las propuestas de Popper puede llevar a ciertas formas de malentendido. Si nos alejamos de las discusiones que caracterizan la ciencia, nos encontramos en el mundo de la opinión pública, que no siempre llega a conclusiones acertadas. Popper, por ejemplo, es muy consciente de que Hitler llegó al poder con refrendo popular y que él mismo tuvo que salir exiliado de Austria meses antes de que tuviera lugar la unificación de los dos países. En ese sentido, el mundo de las democracias permite encontrar lo peor, pero también lo mejor: figuras como Churchill llevando a su país a resistirse al dominio nazi, o sociedades como la estadounidense imponiendo a sus políticos la retirada de Vietnam –por emplear los ejemplos del propio Popper–. Pero quizá sea demasiado drástico en su apelación a la razón, al no tener en cuenta la importancia de los prejuicios inherentes a la instalación del hombre actual en su contexto social. En este sentido, hay otros métodos que pueden describir mejor la perspectiva del individuo en la sociedad actual. La ventaja del planteamiento de Popper es que sus conclusiones se traducen bien a las reflexiones que acompañan una política que afecta cada vez más a la sustancia de nuestras vidas.
Por Jaime de Salas
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