Luis Alberto de Cuenca: El reino blanco. Visor. Madrid, 2010. 168 páginas. 20 €
La obra del recientemente nombrado
académico de Historia Luis Alberto de Cuenca,
El reino blanco –título tomado de
Le livre de Monelle de Marcel Schwob–, editada a principios de 2010, conoce ya su segunda edición; hecho insólito en un libro de poesía. En la presentación de la obra en la Residencia de Estudiantes, la excelente poeta Amalia Bautista señaló, muy acertadamente, cómo Cuenca, representante de la generación del lenguaje, se caracteriza por ser maestro de poetas y también maestro de lectores. En su momento, al comentar La caja de plata, una de las obras más rotundas de Luis Alberto, señalamos en otro lugar su carácter de poeta esencial en el concepto “hoderliniano” del término.
El reino blanco reúne, distribuidos en diez secciones, noventa poemas escritos entre 2006 y 2009 que reflejan la gran madurez poética y literaria de su autor. La primera sección, “Sueños”, reúne cinco poemas que mezclan –una constante en Cuenca– el humor con la tragedia, la ironía con la muerte. En la segunda, el poema que le da inicio, “Lo que somos (II)”, es de una profundidad heideggeriana:
Somos tiempo y espacio,
aunque nuestra presencia
en uno y otro sea,
cuantitativa y, sobre todo,
cualitativamente hablando,
mera expresión de ausencia,
mueca de despedida.
No vamos a hablar de métrica, porque Cuenca las domina todas. Magnífico el soneto titulado “La llaga” y otro, alejandrino, “Qué es lo que puedo hacer” (“Qué es lo que puedo hacer para que no te rompas / en pedazos…”), es admirable. La tercera sección, “Puertas y paisajes”, mezcla lubricidad con humor, erotismo con desenfado. Estupendos los que nos narran amores lésbicos como “Flora y Fauna”, “Primavera y Estío” y “Safo y Faón”.
No podían faltar los haikus, quince, asonantados, a los que se unen –conjunción genial– cinco seguidillas. Viene luego “Tríptico de Foxá” y tras él, “Caprichos” que es una sección dedicada a las mujeres que rezuma sexualidad. “Homenajes” agrupa las grandes aficiones del poeta; hay entre sus poemas uno muy bello y borgesiano, “Uno y todas”:
La besé o me besó, no sé muy bien
quién inició la fiesta, y nos hicimos
a la mar del amor, como si fuésemos
Ulises y Penélope, o Ulises
y Nausícaa, o Ulises y Calipso,
porque yo no lograba ser más que uno
y ella, en cambio, era todas las mujeres.
“El cuervo” es sección de una única composición en que se narra la lectura de
The raven. Luego, el poeta nos asalta con sus “Recuerdos”. El día concluye y concluye el libro con un “Paseo vespertino” en el que está presente Alicia, la amada del poeta. La vida es breve, como un “Suspiro”:
Éramos otra vez los dos primeros
habitantes del mundo, y no sabíamos
qué hacer con tanto amor.
Por Alberto Sánchez Álvarez-Insúa